Historia de unos días
Alejandro Páez Varela
Mira ese barco que se hunde
26/01/2026 - 12:08 am
"No son pocos los analistas que opinan que la salud mental de Trump se deteriora. Pero eso no justifica el suicidio colectivo de Estados Unidos".
https://www.youtube.com/watch?v=hSP1tflfVjw
Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío.
Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre.
—Martin Niemöller (NíMALA)
1946
Nota uno. Vinieron por mí
Al día siguiente del asesinato de Renée Nicole Good, madre de 37 años, en manos de un agente enmascarado del ICE, el Alcalde en Minneapolis escribió un artículo en la portada de The New York Times donde alertaba dos cosas: una, que el régimen democrático se ha roto en Estados Unidos y, dos, que la policía política de Donald Trump se ha convertido en un brazo de Estado para reprimir libertades civiles. No sólo es contra los migrantes, que de por sí ya es suficiente el horror: es contra todos los que se le opongan, dijo.
Y en un párrafo, Jacob Frey argumentaba:
“La falsa narrativa del gobierno de Trump sobre el tiroteo de esta semana y la demonización de la víctima son sólo parte de una mentira mayor. Quiere hacer creer al público estadounidense que la represión fuertemente militarizada del ICE en todo el país es un esfuerzo para mantener seguras ciudades como Minneapolis. No es así. Se trata de vilipendiar no sólo a los inmigrantes, sino a todos los que los acogen y sus contribuciones a nuestras comunidades. Al defender la mentira sobre este tiroteo claramente evitable en Minneapolis y negarse a permitir que las autoridades de Minnesota investiguen el crimen, el gobierno envía un mensaje a todo el país: si usted se presenta para ayudar a sus vecinos inmigrantes, o incluso si simplemente está presente cuando se los llevan, sus derechos no estarán protegidos por la Ley y su vida estará en riesgo”.
Pero Estados Unidos no entendió el mensaje que le enviaba este Alcalde, observador privilegiado en el frente de batalla. Y como no entendió el mensaje, entonces el párrafo se repitió, ahora en la vida de Alex Jeffrey Pretti, un enfermero asesinado a sangre fría por otro agente del ICE.
Trump y los halcones se lanzaron contra Pretti. La falsa narrativa no sirvió, pero no sabemos si las lecciones se están aprendiendo a velocidad suficiente. Y esa es la clave para nosotros acá, en México; para ellos allá, en Estados Unidos, y para todos alrededor del mundo. La lección de las últimas horas es que se tiene que aprender rápido, más rápido. Y ese aprendizaje debe servir para prever lo que viene. Eso es lo más urgente: prever lo que se viene o, al menos, intentarlo. Y lo que se viene no le va a gustar a nadie. Ni a los estadounidenses, ni a los canadienses, ni a los mexicanos, ni a nadie.
Para el sábado 24 de enero, el ambiente de Estados Unidos ya había cambiado, dramáticamente. Si el texto de Jacob Frey se titulaba “Soy el Alcalde de Minneapolis. Trump te está mintiendo”, 16 días después M. Gessen, otro articulista notable de The New York Times, afirmaba: “El terrorismo de Estado ha llegado”.
El abuelo de M. Gennen vivió en la Unión Soviética. Fue subdirector de un periódico desmantelado por la represión de Estado: casi todos sus colegas terminaron presos y él, curiosamente, salvó la prisión, la tortura y la muerte ingresando por su propio pie a un manicomio. En su texto, M. Gessen cuenta cómo opera el terrorismo de Estado a partir de distintas experiencias. Concluye que Estados Unidos va volando hacia el peor escenario para las libertades civiles. Y yo agregaría: dado el poder que tiene Trump, el peor escenario en su país no es nada comparado con lo que podemos sufrir los que estamos afuera.
Cuando pensamos en los regímenes terroristas del pasado, dice el autor, es tentador superponerles una narrativa lógica, “como si los líderes totalitarios tuvieran una lista de tareas de exterminio y la cumplieran metódicamente. Así, creo, es como la mayoría de la gente entiende el clásico poema de Martin Niemöller, ‘Primero llegaron’. Sin embargo, en realidad, quienes vivieron bajo esos regímenes nunca supieron qué grupo de personas sería designado enemigo del Estado a continuación”.
“En la época de Niemöller –agrega M. Gennen–, el terror lo ejercían la policía secreta y las fuerzas paramilitares —especialmente las SA, más conocidas como las Camisas Pardas—, cuyo trabajo consistía en infundir miedo en la población. En 1934, Adolf Hitler mandó arrestar a entre 150 y 200 miembros de la cúpula de las SA y ejecutar a sus principales generales, demostrando así que nadie era inmune a la violencia letal del Estado. Stalin llevaba a cabo purgas similares con regularidad. El terrorismo en sí no era el objetivo final de esos regímenes, pero nada de lo que siguió habría sido posible sin él. Las herramientas disponibles no son especialmente variadas. El Presidente Trump está utilizando todos los instrumentos: las cuotas de arrestos del ICE; la fuerza paramilitar compuesta por matones ebrios de su propia brutalidad; el espectáculo de violencia indiscriminada, sobre todo en las calles de la ciudad; la difamación post mortem de las víctimas. Es natural que nos cueste encontrarle lógica a lo que vemos. Existe una lógica, y esta lógica tiene un nombre: terrorismo de Estado”. Así concluye.
Nota dos. El rey loco
El 20 de enero pasado, la prensa de Estados Unidos difundió un análisis de Roll Call donde se desmenuzan las palabras que Donald Trump. Dice que ha pronunciado muchas más en público durante 2025 que en 2017, en su primer año como Presidente de Estados Unidos. Menos discursos, menos declaraciones programadas, menos conferencias de prensa, pero “ha concedido más entrevistas y participado en casi seis veces más de las llamadas ‘charlas de prensa’ o en declaraciones no programadas a periodistas” (que acá conocemos como “entrevistas banqueteras”).
Trump está hablando más y más sobre otros países. El tema de conversación más frecuente es China (y más que en 2017), dice este análisis, y habla mucho sobre Canadá, India, Ucrania, Irán, Israel y Venezuela. Y las menciones a México han disminuido.
Ahora, durante su primer mandato, usa más adjetivos y “juicios explícitos” en todos los ámbitos, tanto buenos como malos, interpreta The New York Times. Hoy habla mucho más de Biden y sus palabras más pronunciadas son, en ese orden: inflación, IA, huevos, gasolina, autopen (robot que replica firmas manuscritas con bolígrafo real), papas fritas, consejos, perforar, comestibles, cripto.
Total de palabras que habló en 2017: 805,938
Total de palabras que habló en 2025: 1,977,609
El tipo realmente ha soltado la lengua. Su palabra favorita: Mejor (best, en inglés); la segunda palabra favorita de Trump durante 2025: Más grande (biggest).
Susan B. Glasser, periodista de The New Yorker, dice sobre estos datos publicados por The New York Times: “Hay muchas conclusiones que se pueden extraer de esta asombrosa estadística, incluyendo la obvia, que nuestro líder ama el sonido de su propia voz, y la ligeramente menos obvia, que no tiene a nadie a su alrededor dispuesto o capaz de decirle que se calle”.
Más adelante en su texto, agrega: “Trump, por supuesto, también fue grosero, mentiroso y excesivamente, si no tan flagrante, prolijo en su primer mandato. La diferencia hoy, al presidir un gobierno estadounidense acobardado, cuyos pesos y contrapesos ya no funcionan como antes, es que su administración está mucho más dispuesta y es capaz de convertir sus palabras fantasiosas en realidades tangibles. El Presidente, ahora queda claro, padece el caso de logorrea más grave del mundo, y sin tratamiento”.
Tuve que buscar la palabra “logorrea”, por supuesto. En el diccionario es muy escueta la definición y en Wikipedia agrega más: del griego “logos” y “rheo”; “rheo” que es “fluir”. La logorrea es llamada también “hiperlalia”, un trastorno de la comunicación a veces clasificado como enfermedad mental, caracterizado por una locuacidad incoherente. Como sinónimos se usa “verborrea” o “incontinencia verbal”.
Es la salud mental del Presidente la que se desmorona, pero también la de su país. Es la salud de una nación poderosa la que peligra, pero también la nuestra y la de millones de nosotros que vivimos acá y allá. Cualquiera podría ver hacia Estados Unidos y decir: Mira ese barco que se hunde. Nada más que no es solamente un barco: es el Titanic. Y no se hundirá solo: arrastrará los remolques y tratará de impedir que los botes salvavidas se alejen del vórtice.
David Brooks, autor de varios libros y un profundo analista de la vida política de Estados Unidos, describía este viernes, antes del segundo asesinato, su mayor temor: que el remolino de agua agarre tal velocidad que haga imposible impedir que se trague al Titanic.
“Nos encontramos en medio de al menos cuatro desmoronamientos: el desmoronamiento del orden internacional de posguerra; el desmoronamiento de la tranquilidad nacional dondequiera que los agentes del ICE se pongan las botas militares; el desmoronamiento aún mayor del orden democrático, con ataques a la independencia de la Reserva Federal y los procesamientos amañados contra opositores políticos; y, por último, el desmoronamiento de la mentalidad del Presidente Trump”, dice.
Nota tres. Prepararse
No son pocos los analistas que opinan que la salud mental de Trump se deteriora. Pero eso no justifica el suicidio colectivo de Estados Unidos: nunca se nos olvide que lo eligieron por segunda vez, y que sus más cercanos no están enfermos y son exactamente iguales a él. Me queda claro que los que rodean a este hombre tan poderoso no sólo no le piden que se calle, de una vez por todas, sino que toman lo que dice, así sea producto de su juicio torcido, y lo potencian. Así como millones le potencian, y vean las redes sociales, sus groserías y arrebatos de Nerón.
El Primer Ministro de Canadá habló en Davos sobre diseñar un nuevo modelo para que las potencias más pequeñas luchen contra los abusos de las más grandes, como Estados Unidos. Trump tomó el reclamo y lanzó otro más fuerte, amenazante y lleno de adjetivos. Mark Carney habló de un nuevo orden mundial durante su estancia en China y Trump se dio por aludido, como si él mismo y su equipo no dijeran día y noche que venía un nuevo orden mundial, claro, con ellos a la cabeza.
“Canadá vive gracias a Estados Unidos. Recuérdalo, Mark, la próxima vez que hagas declaraciones”, dijo Trump, enojado. Y luego el Secretario de Comercio, Howard Lutnick, acusó a Carney de arrogante y dijo que su discurso, que le dio la vuelta al mundo, eran “lloriqueos”. Y hasta el Secretario del Tesoro, Scott Bessent, se puso como loco: “Creo que el Primer Ministro Carney debería agradecer a Estados Unidos, en lugar de pronunciar este discurso de propaganda”.
Resistirse al rey loco será difícil. Creo que la mejor resistencia es prepararse para lo que venga. Espero que los mecanismos democráticos internos de Estados Unidos lo frenen antes de un colapso, pero esa alternativa se deslava a diario.
El tipo puede bombardear México porque no mide consecuencias. Puede amenazar a China, a la Unión Europea y a Rusia al mismo tiempo y de hecho lo está haciendo. No mide consecuencias. Y su séquito es todavía peor que él.
El discurso de Martin Niemöller es triste no sólo porque dibuja un momento trágico para la humanidad, sino porque habla en pasado. Niemöller no hizo nada, sus vecinos no hicieron nada, los alemanes y los judíos no hicieron nada para frenar a Hitler en su momento, y entonces “vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre”.
Millones de nosotros estamos atados a ese tipo ridículamente coloreado de maquillaje naranja. Queramos o no, debemos estar preparados.
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