"Josefina era una mujer de vasta imaginación. Le gustaba contar historias de su infancia, era una verdadera 'storyteller'”, como se dice ahora. Foto: Especial

“Josefina era una mujer de vasta imaginación. Le gustaba contar historias de su infancia, era una verdadera ‘storyteller’”, como se dice ahora. Foto: Especial

Mi abuela Josefina era rezandera, pero nada mocha. Aclaro, porque si no, me viene a jalar las patas. Tenía sensibilidad y conocimiento para el arte, pasión por la literatura, buen gusto en los pequeños detalles de la vida. Desde luego se hubiera puesto furiosa si alguien la tachara de mojigata. A sus 103 años podía pasar del intenso rosario al debate apasionado sobre política (¡era una super amlover!). Fascinada abrió su mente a todos los temas novedosos en materia de ciencia, sexualidad, religión. Al final de su vida, indagaba muy interesada sobre arte contemporáneo; entendía más cosas que muchos “sabiondos” que conozco. Josefina era una mujer de vasta imaginación. Le gustaba contar historias de su infancia, era una verdadera “storyteller”, como se dice ahora. Las grandes novelas como Guerra y Paz o La Montaña Mágica que la apasionaron tanto, nos fueron relatadas como si ella fuera uno de los personajes.

Para la “criticadera” era buenísima, tenía un ojo voraz. Había que tener cuidado cuando sus ojos se entrecerraban y fijaban un blanco. El “filo” de Josefina había encontrado una víctima. Obligaba a correr a la autocensura frente al espejo. No soportaba la imperfección que se traducía en la fodonguez y el mal gusto. Su aguda forma de caricaturizar nunca mintió. En el catecismo del padre Ripalda que, por cierto, siempre consideró anquilosado, hubiera tenido un capítulo amplio acusándola de maledicente. Todo lo contrario. Josefina era incapaz de levantar un infundio; sus observaciones siempre fueron acertadas y sobretodo, verdaderas. Su obsesión por llenar de pinceladas de belleza la vida de los demás y la desmesura con la que acometió el rezo, eran una característica única. Desde luego ambas discrepaban. Su pasión desbordada por los santos, las vírgenes y las oraciones era honesta. Con la misma honestidad profesó un amor protector por Lady Di. Nunca entendimos por qué. Lucerito también era su consentida. Las defendía a capa y espada contra cualquier crítica. Para divertirnos le reclamábamos que las quería más que a su progenie. Josefina nos veía indignada y se arrancaba con una apología que iniciaba con el: “pobrecita de Lady Di” o “Es que la pobrecita de Lucerito”.

Sus dos predilectos del catálogo de oraciones eran la Preciosísima Sangre de Cristo y el Señor del Consuelo. Este era un típico Cristo de la Contrarreforma; ensangrentado y doliente con una corona de enormes espinas, vestía ropajes morados seguramente confeccionados con poco talento que mi abuela reprochaba, “ay mijita, cómo lo fueron a vestir así”. De rodillas el Cristo cargaba la enorme cruz representando La Pasión. Su capilla estaba a un costado de la Iglesia de la Profesa en el centro de la ciudad. Cada tanto, nos íbamos en el tranvía a visitarlo. Mi abuela le rezaba con absoluta devoción. Luego era medio pedinche y le hacía muchas demandas. Lo traía muy ocupado siempre. Incluso ingenió una fórmula perfecta, combo de alto nivel, la cajita feliz de cualquier devota: Estampita del señor del Consuelo + rezo de la Preciosísima Sangre de Cristo.

Después de visitarla o llamarla por teléfono, al despedirnos, siempre daba la bendición y decía: “Recuerda, mijita, Preciosísima Sangre de Cristo…” Una especie de gran escudo protector parecía cubrirte contra todo. Te volvías inmune gracias a la fe de la abuela. Luego tenía sus restricciones, “acuérdate que, a más de 120 kilómetros, el Señor del Consuelo se baja del coche”, continuaba con su bendición acostumbrada y su “Preciosísima Sangre de Cristo…” Como todos en la familia, mi hijo Fran recibió la bendición y la recomendación muchas veces. Durante un vuelo, el avión se empezó a mover horrible. Se abrazó a mi mamá y le dijo “Abue, ¿cómo era eso de la sangre preciosa de quién? Curiosamente, nadie se preguntó qué seguía después de una frase tan fuerte como Preciosísima Sangre de Cristo. Hasta que un día, mi madre nos dio a conocer la continuación:

“Preciosísima sangre de Cristo,

que solo representada en Egipto

libró a los israelitas del brazo fuerte de Dios,

líbranos y protégenos del hambre y la peste…

(aquí uno personaliza la oración con sus necesidades que podían ser absurdas, imposibles, ilimitadas)

Líbranos de todo mal, Amén.

Fue un descubrimiento, Josefina no eligió como suyo un rezo cualquiera. Esta joya en miniatura tenía altos vuelos literarios, incluso históricos. Remontarse a la peste y a las plagas de Egipto, le otorgaba niveles, no solo proféticos, sino que la investía de cierto “allure” antropológico a través de los legendarios pasajes bíblicos. Para poder imprimirle el crédito necesario, había que sumergirla en los acontecimientos reales. La fe sin un entorno histórico que la sostenga no causa el estupor para el que ha sido concebida. El sustentarla en hechos que han azotado a la humanidad constituye un blindaje insondable, pero a fin de cuentas comprobable. Se cree o no se cree. El repetir por años estos actos de fe los hizo únicos, verdaderos. Eran una respuesta a la angustia, al miedo que los seres humanos enfrentan sin importar la época.

Hoy ya no rezamos ni confiamos en las estampitas. Decimos que son supercherías y que quien cree en ellas debería avergonzarse. Pero en cuanto nos ocurre algo o, peor aún, cuando compramos un billete de la lotería, lo primero que decimos es, Dios quiera que me lo saque… Si Dios quiere y me la saco… Dios mío que me la saque… Diosito, por fa, se bueno y que me gane la lotería. Sin ningún temor a ser criticados, llevamos en nuestras carteras una estampita de San Antonio de cabeza, que alguien nos dio para conseguir novio, esa es la favorita. Y no se diga la de San Judas Tadeo el santo de los casos más difíciles.

Josefina nació en Tlacolula, Oaxaca. Cuando se casó con mi abuelo Jorge se fueron a vivir a la capital. No había cosa que más le gustara que regresar con nosotros a su pueblo. Juntas visitamos la Capilla de los Mártires dentro de la catedral. Toda repujada en plata, es un espectáculo. Pero lo que más me impresionó fueron los santos mártires degollados, deteniendo sus cabezas en las manos. Es de lo más perturbador y fascinante que he visto. Frente al altar, una india zapoteca, flaquita, pequeñita; una cosita de nada como diría Josefina, jovencita, muy pobre, cargaba un bulto que a todas vistas era su bebé. Lo apretaba con fuerza contra su pecho. Hablaba en su lengua a la virgen como si la estuviera reprendiendo. Yo no entendía qué le decía, pero me daba cuenta de la angustia de la mujer y cómo se la transmitía a mi abuela. En un arranque incomprensible, Josefina abrió los brazos, empezó a rezar en voz alta “Preciosísima Sangre…” con una devoción y una entrega que yo nunca había visto antes. Fue profundamente conmovedor, puedo decir hoy que no se trataba de un simple rezo. Era un acto de comunión que en mí quedó como una verdadera transfiguración.

Más tarde, aún emocionada Josefina me contó que esa mujer tenía a su hijo muy grave de lo que se conoce como diarrea verde. Una enfermedad que aún hoy mata a muchísimos niños. Las mujeres tienen una extraña costumbre, tratan de engañar a la virgen, “virgencita llévate al hijo de Agripina, ese si esta rete chulo, el mío mira que flaquito se ve, está bien feíto. No te va a servir para angelito, si ni alas le van a salir de tan verde hasta parece un lagarto, mejor llévate al otro”. Josefina me expresó su impotencia al no poder tener una fe ciega como la de esas mujeres y ser convincente en lo que pedía. “Si yo tuviera la fe de esa mujer ya hasta nos hubiéramos sacado la lotería mijita”. Luego me sonrío cómplice, obviamente lo de la lotería era buscar el humor en medio de la calamidad.

A mi celular, además de una descomunal suma de memes, denuncias por el mal Gobierno, absurdos testimonios de los “especialistas” que pueden acabar con el COVID-19, largos videos entusiastas y de un optimismo que más bien desmoraliza por chabacano, he recibido una cantidad absurda de cadenas de oraciones. De todo, es con lo que me quedo. El Presidente acaba de ser tachado con los calificativos más inauditos por mostrar las estampitas que la gente le regala para protegerlo. Creo sinceramente que él y mi abuela y todos los que hoy rezan tienen un derecho absoluto de poner lo que los rebasa en manos de un valor que consideran más alto. La función del rezo es mover energías, transformar la realidad a través de la voluntad de cada ser humano que se liga a otro formando una comunidad. Cada rostro, cada palabra de aliento, permiten el reconocimiento de una mirada, de todas las miradas. Sus resultados pueden ser discutibles. Según el gran escritor serbio Goran Petrovic, son indispensables y permiten que el milagro opere. En su libro El Cerco de la Iglesia de la Santa Salvación, narra como la iglesia está a punto de ser destruida por los invasores. Gracias a la oración de todos los monjes y del pueblo se eleva y queda resguardada y al final salvada. Yo creo en Josefina y en sus rezos, creo en las estampitas de Amlo y en la fe de la gente que lo quiere cuidar; creo en Goran y en su poderosa literatura. Cada quien, que crea en su santo.

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