El hecho es que los estudiantes de hoy, de todos los niveles, sufrirán enormes pérdidas en su proceso de aprendizaje. Foto: Moisés Pablo, Cuartoscuro.

Ya es un tópico repetir que la crisis sanitaria desató una crisis económica sin precedentes y también se ha dicho suficientemente que la crisis económica –una gran depresión– se ha ahondado en México debido a las pifias del Gobierno, que condujeron al país a una recesión antes del impacto de la peste. Del manejo de la epidemia se ha escrito también muchísimo y todos somos víctimas cotidianas del tentaleo con el que se le ha enfrentado, empecinado el Subsecretario de Salud en su apuesta por la inmunidad de rebaño, atado de manos para modificar la estrategia ante la tacañería presidencial, pues el Jefe del Ejecutivo decidió no destinar recursos al control del contagio, terco en mantener sus programas y sus proyectos de infraestructura, aun a costa de asfixiar toda otra acción gubernamental.

Solo las fuerzas armadas han visto aumentadas sus fuentes, formales e informales, de recursos. Al modo egipcio o paquistaní, nos señala Fernando Escalante, el Presidente ha decidido encargarla al Ejército y la Marina todas las tareas que considera esenciales para su proyecto, con lo que se han vuelto constructoras, administradoras de puertos, policías. Todas aquellas pequeñas (y grandes) cosas en las que López Obrador quiere intervenir con un mando incontrovertible. La administración pública desfallece y la acción del Estado se deteriora en todos los ámbitos. La economía está ya en estado catatónico y la mortandad de la infección avanza sin freno. La ineptitud del manejo sanitario y económico es evidente y sus efectos hacen crujir a toda la sociedad.

Pero a esas dos crisis se le añade una de la que se habla menos: la educativa. En todo el mundo la interrupción de clases va a tener efectos malos para los estudiantes, sobre todo para los más pequeños, menos adaptables a un sistema virtual en el que se necesitan capacidades de concentración que se desarrollan con entrenamiento y con la edad. En buena parte del planeta, las clases seguirán suspendidas por lo que queda del año, lo que representa incordios y dificultades para los padres que van volviendo al trabajo fuera de casa y que deben resolver la atención y el cuidado de sus hijos. En todos ellos se sentirá un efecto sobre los resultados en el desempeño escolar de los educandos que de la noche a la mañana han cambiado de manea de aprender, sin contar necesariamente con las condiciones adecuadas para aprovechar las ventajas de los entornos digitales de enseñanza.

También se sentirán los efectos de la socialización interrumpida. Los niños encerrados en el ámbito familiar se han quedado sin todas las interacciones que ocurren tanto en los salones de clase como en los patios, los gimnasios, los comedores y los baños de las escuelas. Para bien y para mal, en la interacción escolar se generan mecanismos de intercambio social, de construcción de jerarquías, de respuesta a la violencia, de solidaridad y de amistad que son imposibles de reproducir de manera virtual, por más que los videojuegos, las aplicaciones de mensajería, los grupos de conversación y las reuniones virtuales hayan avanzado muchísimo y ya buena parte de la socialización se hiciera ya en línea antes del estallido de la pandemia.

Esos serán efectos que resientan todos los sistemas educativos del mundo. Pero en el caso mexicano, la crisis educativa, lo mismo que la sanitaria y la económica, tendrá efectos aún más devastadores, por las precariedades previas del arreglo estatal mexicano. Si la crisis sanitaria atacó a un sistema sanitario maltrecho y con serios problemas de calidad y cobertura, y la crisis económica va en camino de convertirse en la mayor depresión desde 1929, con un impacto muy distinto sobre los sectores más pobres por el cambio estructural que llevó a la entonces sociedad rural a una sociedad mayoritariamente urbana que depende en mayor grado de las exportaciones industriales que entonces, al mismo tiempo que se agudiza por los yerros económicos del Gobierno, que alejarán la inversión necesaria para la recuperación, la crisis educativa ha caído sobre un sistema educativo en ruinas.

El sistema educativo mexicano depende de profesores muy mal capacitados, no muy bien pagados, que trabajan en instalaciones destartaladas, con recursos escasos. Cambios y cambios en los programas escolares, hechos Gobierno tras Gobierno, que han resultado fallidos por la falta de capacitación del personal docente, enormes desigualdades entre entidades federativas y entre regiones, inversión insuficiente, problemas estructurales que provocan cuellos de botella como el que lleva a miles de estudiantes a abandonar la escuela alrededor de los 15 años, y un gran retraso en la adopción de tecnologías digitales de enseñanza–aprendizaje, han llevado al estado calamitoso de la educación en México. Sobre esas ruinas ha caído el chahuistle. Ahora, niños con formaciones muy desiguales y con capacidades insuficientemente formadas tendrán que tomar clases por televisión, con el resto de la interacción realizada con precarios recursos digitales. A eso se le sumará, en sus zonas de influencia, la nueva rebelión de la CNTE, que ya amenaza con boicotear el método adoptado para sacar adelante el inicio del próximo curso.

Mucho se puede criticar a la decisión de enfocar en las empresas televisivas los recursos económicos destinados al cambio tecnológico que las condiciones sanitarias han impuesto al próximo curso, sobre todo cuando uno de los consorcios beneficiados es el anterior empleador del actual Secretario de Educación, pero el hecho es que la posibilidad de que el curso usara preferencialmente a la Internet se enfrentaba a la precariedad de la red mexicana, sobre todo en las zonas más pobres, y a la falta de acceso a computadoras y dispositivos adecuados para tomar clases e interactuar por medio de plataformas con enorme potencial, pero para las que no hay acceso ni suficiente preparación por parte de los docentes.

El tema da para mucho. El hecho es que los estudiantes de hoy, de todos los niveles, sufrirán enormes pérdidas en su proceso de aprendizaje. Dentro de unos años, cuando se evalúen los conocimientos adquiridos en estos tiempos de peste, veremos efectos negativos en todos los países en los que el mal manejo de la epidemia ha llevado a largos cierres de los centros escolares, pero estoy seguro de que en México el daño será mayor que en otros países comparables, pues las condiciones de partida eran peores. Así, es probable que el país pierda al menos una década en el proceso de disminución de su rezago escolar. Veremos entonces jóvenes empobrecidos y mal educados en un país que se cae a pedazos.