
El texto es parte del libro EL ÚLTIMO ÁRBOL, Cuentos de Navidad, que circula por estos días bajo el sello Planeta. La selección y el prólogo son de Mónica Maristain, escritora, periodista, agente literario.
Otros autores de este libro, que es también una excelente opción para estos días de asueto, son:
Héctor Abad Faciolince - Federico Andahazi - Edgardo Cozarinsky - Álvaro Enrigue - Rodrigo Fresán - Santiago Gamboa - Ana García Bergua - Francisco Hinojosa - Mónica Lavín - Norma Lazo - Elvira Lindo - Élmer Mendoza - Andrés Neuman - José Ovejero - Alejandro Páez Varela - Pedro Ángel Palou - Santiago Roncagliolo - Alberto Ruy Sánchez - Antonio Ungar - Juan Pablo Villalobos
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La cigarrera
Por Mónica Lavín
Mara sabía que el 24 de diciembre no era buen día para ir de tiendas. Pero a última hora la había poseído el deseo de recuperar la alegría navideña comprando regalos. Tal vez su escepticismo celebratorio se aceitaría si ella ayudaba con otra actitud. Una corbata a su padre aunque no lo viera hasta el Año Nuevo, un perfume para su madre, un juego de ropa interior para su hermana, un disco para su hermano, un dije para su cuñada, un florero para los Méndez, viejos amigos de la familia que solían aparecer a las doce de la noche y que era imposible echar de casa de su madre, aunque nietos y anfitriona bostezaran ostentosamente. Caminó deprisa por la avenida donde otros, como ella, aún saldaban sus pendientes y andaban por la banqueta a trote, copados de paquetes, con angustia o con alivio por el olvido solucionado. Los miraba curiosa, intentando recobrar el entusiasmo de otros años. Uno que otro con gesto de beatitud, de estar cercano a la paz de la Nochebuena, logró contagiarla. Así que entró marchosa al centro comercial. Pardeaba la tarde y su lista debía ser resuelta deprisa, pues también a última hora había decidido que no iría con el pelo recogido como ahora lo traía, que se lo lavaría y secaría para verse mejor. Se lo debía a sus hijos, aunque ese año pasaran solo un rato a brindar antes de irse a festejar con la familia de su exmarido. Se lo debía a su madre, que lloviera o relampagueara, se aderezaba y pintaba y se ponía la blusa de seda que guardaba para ocasiones semejantes. Llevaba zapatos bajos para que su andar fuera más efectivo, los mocasines ya gastados de la punta que se resistía a desechar. Algunos establecimientos ya estaban a oscuras: ópticas, heladerías, tintorerías. Un hombre daba un pisotón frente al Ultraclean que cancelaba la posibilidad de usar el traje para esa noche. Los escaparates de las tiendas para hombres la atraían; además, debía resolver el regalo de su padre. Hubiera sido más fácil entrar a la tienda de departamentos, pero pensar que allí estaban todos los regalos que necesitaba hacía del ánimo impuesto un mero trámite: ropa para damas, lencería, todo para el hogar. Entró a la tienda para hombres. Una camisa color vino le gustó para Joaquín, el suéter marino para Andrés, la campera de piel para Daniel. Preguntó por las corbatas al tiempo que tocaba la suave gamuza de la campera. Y se resolvió de prisa por la azul marino. Le pareció una tontería empezar por el regalo de su padre que no estaría esa noche. ¿Qué diría el analista? ¿Por qué empieza por los hombres de su vida?
Salió deprisa atisbando la tienda de perfumes al otro lado del pasillo. ¿Y si les regalara perfumes a todas? A Sandra, a su madre, a su hija, a su cuñada, a la novia de su hijo. Le daba un poco de pudor no haber puesto árbol de Navidad, ni nacimiento, ni la coronita aquella que había hecho con Lola cuando era pequeña y ella un poco más hacendosa. Pero quién sabe en qué caja de la bodega estaba todo aquello. Por eso los invitó a comer el 25 fuera de casa. “Estará todo cerrado, mamá”, insistió su hijo. “Y me iré pronto a casa de mis suegros”. La palabra suegros le había impactado. La conocía. Significaba futuro o pasado. Dependía. Agrado, descobijo, también dependía. Añoranza, indiferencia.
Le apeteció un cigarro. Se sentó en la banca con el menudo paquete para su padre de cara todavía al escaparte de artículos masculinos. Le gustaba comprar ropa de hombre, le producía alegría y hoy justo era lo que necesitaba. Encendió el cigarrillo y entre las volutas imaginó cómo se vería cada uno de los hombres de su vida, los instalados o medio instalados, los desinstalados, con las prendas. Alabaría su aspecto, los presumiría orgullosa. ¿Pero y si les incomodaba su regalo cuando ellos no habían pensado en comprarle nada? Un disco era siempre mejor alternativa para evitar el descalabro. ¿Era capaz de regalar desinteresadamente? ¿O mediría la magnitud de su interés por el gesto de asombro, el carraspeo de la garganta, el beso, el abrazo, la timidez con que ellos recibirían el obsequio?
Dio una chupada fuerte al cigarro que se consumía y sintió el efecto benefactor de la nicotina que apaciguaba su zozobra. Entrecerró los ojos dejando solo una rendija para que pasara el brillo de las luces de colores que adornaban los pasillos. La mesa era larga y pesada y atravesaba la sala de la abuela, pues la habían tenido que colocar de esa manera para que cupieran los invitados a la cena. Sonaban los villancicos porque la abuela tenía discos de 45 rpm que le habían traído de España. Habían escuchado historias alrededor de la chimenea mientras se asaban las castañas. La misma historia de la castañera del cuento que compartían los hermanos y los primos. Les gustaba que se repitiera año con año, que la abuela diera tapas de cazuelas para acompañar la canción que pedía percusiones y que los padres se fueran ablandando con las copas que se vaciaban y se llenaban intermitentemente. Descalzo, el tío Ramiro, que aún vivía con la abuela porque era soltero, empezó a caminar por el centro de la mesa, bailando algo mientras los mayores retiraban los turrones y los más chicos reían. La abuela lo miraba entre asustada y divertida; entonces empezó a llevar el ritmo con una de las tapas y cucharones que estaban en la sala, los padres con las palmas, los niños pegando a la mesa y el tío iba y venía, iba y venía hasta que se fue a sentar en un sillón, agotado, y escondió la cara entre las manos, solo frente a la chimenea.
Los pasos habían menguado alrededor de Mara, la tienda de ropa de hombre estaba apagada. Una fortuna, pensó. La hora la libraba de la batalla. Las dependientas salieron con sus paquetes también y echaron la llave. Una le dijo buenas noches y Mara contestó, apacible, como si con la salida de ellas, la prisa se le escabullera. Otro cigarrito y seguiría a los perfumes. Inhaló al tiempo que subía las piernas a la banca, estaba segura que no estorbaría a nadie. Quedaban unos cuantos compradores que caminaban muy deprisa. El olor a bacalao entró penetrante en su ánimo, le gustaba la combinación de aceitunas y chiles güeros, era como su familia, mestiza, tan pronto garibalderos como gaiteros. La otra abuela solía cantar siempre desde la cabecera de la mesa porque sus hijos le pedían que lo hiciera. Era un homenaje al bacalao y a los romeritos que la muchacha añadía porque cómo iban a faltar. Y cuando ella cantaba hacían callar a los más chicos que se aventaban migas de pan. Y sus hermanos y ella compraban algo para cada tío porque no era posible llegar con las manos vacías y salir con ellas llenas aunque fueran jabones, adornos para el pelo, calcetines que luego la mamá criticaba porque ella se había molestado mucho más en quedar bien con sus cuñados y sus nueras y sus sobrinos. Pero ella y sus hermanos solo regalaban a los tíos, a los hijos de la abuela que cantaba, porque eran los hombres de esa casa aunque no vivieran en ella y les parecía que era suficiente con una crema de rasurar para uno, una colonia para otro, un peine de carey y un pañuelo para el menor. Advertían que los dejaban en la mesa confundidos con las servilletas y los regalos y no sospechaban que los olvidaban para siempre. No vieron cómo empezó. Mamá contó que papá, al intentar limpiarle con la servilleta el vino que él mismo le había tirado a la esposa de su hermano Raúl sobre la falda, había armado un follón. La mujer decía que papá se había mandado; ellos solo sintieron el agitar de las sillas, los pasos firmes y vieron los golpes en el patio, la nariz sangrante de papá y dejaron los jabones y los calcetines de mariposas y se fueron a casa sin postre.
El silencio relajaba el ánimo de Mara quien se cercioró de que la tienda de regalos teñida de rosas y transparencias estuviera aún abierta porque no tenía deseos de incorporarse todavía. Carolina Herrera para la hermana, Eau Savage para el hermano, a los Méndez cualquier cosa, a veces ni iban, a la novia del hijo le compraría en Reyes, a la madre el Diorísimo que ya no usaba pero que a Mara le olía a la casa de adolescencia, tal vez lo usara de nuevo. Siempre se lo regalaba su padre, cuando le regalaba. A ella también le compraba perfumes. Le gustaba que los hombres le regalaran perfumes, que en la elección atinaran a un olor que le iba bien a ella o que delatara su deseo por que ella despidiera esa fragancia.
Encendería el último cigarro. Pasó una pareja que la miró. Los pies subidos, la cabeza recargada sobre su brazo en el respaldo de la banca. No era lo más usual para el anticipo de Nochebuena. Pero Mara sentía un entumecimiento de la voluntad y mientras expelía el humo en la oscuridad creciente vio las luces parpadeantes del último árbol de Navidad. Aquel que tanto se quejaba de tener que desarmar a solas sin la cooperación de la familia. Aquel que cada año era más difícil poner: por caro, porque los hijos iban y venían a sus fiestas y deberes, porque la mitad de las esferas estaban rotas, “porque la Navidad era una costumbre sajona que invadía la casa”. Se prometía que no lo volvería a poner y este año lo había cumplido en su casa nueva donde no había mesas largas ni olor a bacalao ni discos de villancicos. Bajo el árbol engorroso vio los paquetes: varios para los hijos, uno para él, otro para ella. Una sonrisa, un beso, la voracidad destripadora de los hijos abriendo cajas. En bata todos, con el solecito invernal entrando por la ventana, con el desvelo que invitaba a meterse a la cama de nuevo, otro rato, con el regalo cerca del pecho para dormir en paz.
El guardia no notó a la mujer que extendida en la banca se confundía en la oscuridad. Era hora de cerrar, era Nochebuena y en su casa a él también lo esperaban.
–Mónica Lavín. México, DF, 1955. Ha publicado cuento, novela y ensayo. Entre ellos: Ruby Tuesday no ha muerto (Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, 1997), Uno no sabe (2003) y La corredora de Cuemanco y el aficionado a Schubert (2008); las novelas La más faulera (1997), Café cortado (Premio Narrativa de Colima, 2001), Despertar los apetitos (2005), Hotel Limbo (2008), Yo, la peor (Premio de Novela Iberoamericano Elena Poniatowska 2010) y Apuntes y errancias (2009). Sus cuentos aparecen en antologías nacionales e internacionales. Colabora en radio e impresos. Es profesora-investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México en la Academia de Creación Literaria. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores.




