
Ciudad de México, 7 de junio (SinEmbargo).– Ni la literatura. Ni la música. Sólo el cine. O sobre todo el cine. No se trata claro de una competencia determinada a dar un premio a quien más proteste contra la situación reinante, pero sorprende realmente notar cuán comprometido está el ambiente cinematográfico nacional, con la causas de los que sufren, de los que están solos, de los que mueren o desaparecen como racimos en México.
En el ámbito internacional, Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro han usado sus prestigiosas tribunas para contar el horror de los crímenes de Estado en nuestro país y clamar por un Gobierno que atienda los dramas de los habitantes de una nación cercada por el crimen organizado y la corrupción.
En nuestro suelo, desde actores famosos como Daniel Giménez Cacho y Damián Alcázar, pasando por directores como Carlos Bolado, son muchas las voces que se levantan para protestar por el grave momento social y político que vive México, sumado a una situación económica débil y que sin duda atormenta a los más desposeídos, que son la mayoría.
“Somos un país de consumidores, no de ciudadanos”, decía hace unos días el escritor Imanol Caneyada. En vistas de cómo están las cosas, a veces uno se pregunta si realmente se puede culpar a un pueblo que busca anestesiarse con las novelas de Televisa; aunque la gran pregunta en este caso es saber si las cosas mejorarán algún día, si es posible pensar en un futuro mejor para nuestro México.

LA NOCHE DE LAS QUEJAS
A pesar de que se transmitió por el oficial Canal 11, pocos medios dieron cuenta de la noche de los Premios Ariel, cuando muchos de los presentes usaron la gala de tribuna.
Allí triunfó la película Güeros, de Alonso Ruizpalacios (México, 1978), y se dejaron oír innumerables quejas en contra de la realidad desesperante que soporta una gran parte de la población mexicana.
En la noche de los Ariel, estuvieron presentes los 43 estudiantes desaparecidos de la Normal de Ayotzinapa, las protestas por los recortes de incentivos fiscales para la producción de cine nacional y las quejas por el sistema de corrupción blindado que atraviesa todas las áreas institucionales de nuestro país.
“En el extranjero me dicen que es en México donde están ocurriendo cosas. Eso me ha hecho sentir orgulloso de pertenecer al cine mexicano. Me parece que los recortes presupuestarios son una estupidez”, dijo el cineasta Alonso Ruizpalacios cuando recibió su premio como mejor director.
A su tiempo, la veterana actriz Blanca Guerra, presidente de la Academia, levantó una bandera por el cine nacional, “verdadero embajador de nuestra cultura” y en contra de la prevalencia de los productos comerciales provenientes de los Estados Unidos y que suelen ocupar todas las salas en nuestro territorios y que “manipulan el gusto de los mexicanos”.

No hubo prácticamente nadie que no se quejara por la situación reinante y otra vez el cine fue la gran tribuna política de la cultura mexicana.
Para el crítico de cine, conductor de televisión y productor teatral y cinematográfico Oscar Uriel, este hecho acontece porque el cine es un arma poderosa de comunicación. Entrevistado por SinEmbargo, el profesional afirma que “el cine tiene un gran efecto en el público, puesto que finalmente estamos hablando de un arte masivo”.
“Es un medio de entretenimiento que tiene un efecto inmediato. El cine sirve para comunicar ideas y mensajes. Es un arte colectivo, se realiza en comunidad y esto es un factor que convierte al cine en un canal de manifestación para la protesta y la queja. La pintura y la literatura, por ejemplo, son expresiones artísticas mucho más solitarias”, expresa.

“Tengo años trabajando en el cine y siempre he estado consciente de que la comunidad cinematográfica es muy expresiva en cuanto a sus opiniones e ideas. Pero tengo que decir también que lo que pasa ahora no es exclusivo del momento actual. Ha habido otras instancias en la realidad mexicana, donde el cine también ha hecho oír fuerte su voz”, explica.
“De todos modos, cada quién”, advierte. “Hay quienes también adoptan modas de protesta, pero como siempre en estos casos, la decisión es personal”, concluye.
LOS 43: UNA FUERTE MOTIVACIÓN PARA LA PROTESTA
Los 43 desaparecidos de Ayotzinapa han sido para la comunidad cinematográfica mexicana una fuerte motivación para la protesta, tal como ha quedado claro el pasado 27 de marzo, cuando la multitudinaria marcha nacional en pos de la aparición con vida de los estudiantes normalistas.
"El nivel de insatisfacción, de injusticia, de corrupción, de impunidad, ha llegado a niveles insoportables", dijo por entonces en una entrevista a CNN el director del cine mexicano Alejandro González Iñárritu.
"Lo que me preocupa es que hemos pasado de la descomposición social a la absoluta vorágine. Es un momento en el que se vive una ley como del viejo oeste, de llegar con la pistola a la cantina, y ver. Pase lo que pase, no hay ninguna estructura que lo detenga", lamentó, a su vez, el cineasta mexicano Guillermo del Toro.

Hasta en el rodaje de 007 en México, salpicado también por sospechas de corrupción en el sentido de que el equipo de producción habría recibido muchas prebendas para poder filmar en nuestro país, se acercaron familiares de los chicos desaparecidos para protestar por la falta de esclarecimiento del caso que ha puesto en vilo la organización institucional de nuestro país.
Los escándalos de corrupción y los graves crímenes contra los derechos humanos cometidos por lo que se considera un poder represor del Estado dan sustancia a una realidad nacional por demás complicada y de eso se hacen eco, precisamente, los trabajadores del cine, entre muchos otros gremios que también por supuesto han dejado oír sus quejas.
Un Delegado de Iztapalapa que choca con el automóvil que conducía en estado de ebriedad. No un coche cualquiera, sino una lujosa furgoneta propiedad de una empresa que recibió contratos del Gobierno.
Un asambleísta que debió pedir una licencia indefinida para ser investigado luego de que un diario local publicara una grabación donde negocia un contrato de digitalización de documentos, captura de datos y archivos a cambio de jugosas comisiones.
Una "casa blanca" presidencial que costó 8 millones de dólares, vendida a crédito por el empresario Armando Hinojosa, del Grupo Higa, contratista del Gobierno federal y socio de un grupo de empresas que ganó la licitación de un proyecto para construir un tren rápido de la capital a la vecina ciudad de Querétaro, por cuatro mil 300 millones de dólares.
Una lujosa casa de campo en un club de golf de Malinalco, Estado de Méxoco, adquirida por el Ministro de Hacienda.
Un Gobernador acusado de enriquecimiento ilícito en Chihuahua y muchos etcéteras construyen un estado de las cosas donde la corrupción se erige como el gran obstáculo para el progreso de una nación muchas veces inerme.
Y las voces de protesta no se callaron tampoco en la gala de los Premios Ariel 2015, donde palabras como 43, Ayotzinapa, Atenco, Guardería ABC, se pronunciaron como un clamor por parte de la comunidad cinematográfica nacional.
“Nos faltan 43, Aristegui no se calla aunque usted la quiera callar, señor Presidente. Justicia a la guardería ABC, Atenco no se olvida”, dijo la directora y actriz Giovanna Zacarías.
Los 43 estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos desaparecidos en Iguala, Guerrero, en septiembre de 2014, también fueron recordados por medio de un reloj que fue proyectado sobre el escenario dispuesto en el Palacio de Bellas Artes para la ceremonia y que marcó del 1 al 43.

Para el actor José Sefami, a quien vimos en la laureada Amores perros y quien en 2013 encarnó para el cine al pintor Diego Rivera, las cosas han alcanzado un punto de “cinismo brutal”.
“El cine tiene que ver con lo que sucede. El cine tiene que ser un espejo de la sociedad, tenemos por ende que ser consecuentes con lo que vemos y sentimos frente a la realidad de nuestro país. El cine es pluralidad y compromiso social, tiene que expresar los sucesos y nuestras posturas deben ser críticas”, afirma Sefami en entrevista con SinEmbargo.
“Me duele muchísimo la corrupción en México, es una de las grandes pesadumbres de todo mexicano. No nos dan alternativas, nos cierran todo el tiempo las posibilidades de desarrollo con un cinismo brutal”, concluye.
"Mi voz es muy irrelevante, la voz que es relevante es la voz de toda una sociedad que se ha manifestado y lo ha hecho de una manera muy firme. Una voz que está resonando en el resto del mundo y de una manera muy valiente”, dijo el cineasta Alfonso Cuarón al recibir el año pasado un premio en Nueva York.
“Hay que acordarse de que nosotros somos nada más una porción extremadamente minúscula de lo que es la sociedad mexicana. Hay que poner el foco en las condiciones en que está forzada la sociedad mexicana a vivir día a día. Eso creo que es mucho más importante”, afirmaba entonces el aclamado director de Gravity.
La modestia de Alfonso Cuarón, cuando dice eso que de su voz no es relevante, es contrarrestada por la opinión del crítico y docente de cine Gerardo Gil Ballesteros, para quien la voz de protesta de la comunidad cinematográfica nacional es más que relevante: congruente y combativa.
“El propio Premio Ariel nació de la protesta, impulsado por la necesidad de hacer una cohesión en torno a una cinematografía nacional que nos diera identidad. La verdad es que la comunidad cinematográfica en México siempre se ha caracterizado por tener una voz propia y por manifestarse firmemente frente a los problemas que acontecen en el país”, explica.
“En este momento de México cualquier persona pública que tenga un micrófono o una cámara a la mano y no proteste, está faltando a su responsabilidad como ciudadano y artista. El cine mexicano siempre ha sido muy contestatario y ahora no es más que congruente con su historia”, agrega Gil Ballesteros.
“En el caso de Alfonso Cuarón, de Alejandro González Iñárritu, de Guillermo del Toro, es muy válido además que usen los foros internacionales donde son convocados. Como mexicanos, tienen todo el derecho a contar lo que está pasando en su país de origen. No podemos cuestionar su derecho a opinar y a disentir. Descalificarlos porque no viven en nuestro país, me parece injusto para ellos y también para nosotros, los mexicanos en general”, agrega.
“Al contrario, que un artista se manifieste donde sea, para hablar de lo que acontece en su país no sólo me parece congruente, sino también loable”, afirma el experto.
Para Gil Ballesteros, el Premio Ariel es expresión de una comunidad mínima, puesto que no ha conseguido “calar en el gusto popular, todavía”, no obstante lo cual valora la noche de la gala “donde se mencionaron el caso Aristegui, el de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, todos hablaron fuerte y eso me parece muy bien”.

El cineasta Carlos Bolado no fue a la premiación del Ariel, aunque sí lo hizo su esposa. “Tenía la invitación, pero preferí quedarme a cuidar mi beba de seis meses”, cuenta el director de Bajo California.
“Siempre ha sucedido eso con la gente del cine, que siempre ha dado a conocer sus opiniones en torno a la realidad mexicana. Se trata de una tradición en nuestra comunidad y por eso durante el Gobierno anterior, gente como Consuelo Sáizar quiso acallar la voz de la Academia de Cine, quiso asfixiarla”, comenta el cineasta.
“Qué bueno que la Academia de Cine Mexicano sea independiente, para que sus miembros puedan exponer sus posturas políticas”, agrega.
En la opinión del director de Olvidados, un filme sobre el Plan Cóndor que todavía no se estrena en México, las cosas en nuestro país “están terribles”, culpa de lo que en España la organización Podemos “llama la casta política”, explica.
“Político en nuestros tiempos es sinónimo de corrupto, transa, vividor, ya no es un sinónimo de alguien que va a construir el Estado, es un eufemismo de un ladrón, gente que por otro lado nosotros mantenemos. Este sistema político requiere urgente una reforma. Las libertades democráticas que pedíamos en el ’68 no se han cumplido, seguimos careciendo de ellas”, asegura Bolado.
En la pasada noche del Ariel, la prestigiosa productora Bertha Navarro fue terminante, al declarar para el periódico La Jornada que la ola de crímenes, desapariciones y represión en México obedece a una “limpieza social”.
“El momento que vivimos es muy triste. Sigue habiendo demasiada muerte, hace algunos años trataron de convencernos de que era sólo entre los malos, pero ahora, o que me queda claro es que no es así y a mi me suena a limpieza social”, afirmó, rotunda.



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