La agenda real de López Obrador es otra. Es un proyecto de poder personal, reaccionario y autoritario. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro.

Desde que empezó su larga marcha rumbo a la Presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador atrajo a su alrededor a muchas personas que se consideran a sí mismas de izquierda o progresistas, y que vieron en él la oportunidad de ganar las elecciones y, así, promover políticas y causas obstaculizadas por la larga hegemonía conservadora. Unos vieron en López Obrador al justiciero que impulsaría una reforma social de la que surgiría un auténtico Estado de bienestar; otros, al menos creyeron que su cantaleta de “por el bien de todos, primero los pobres” en efecto reflejaba un compromiso por la promoción de un desarrollo económico incluyente y redistributivo. Algunos más quisieron ver en el pertinaz candidato al político que abriría la brecha para impulsar reformas progresistas, como los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, la igualdad sustantiva, o la no discriminación por razones de identidad sexual.

Hubo también quienes se comprometieron con López Obrador porque estaban convencidos de que impulsaría el fin de la impunidad, que lucharía denodadamente contra la corrupción institucionalizada o que sacaría a los militares de tareas que hacen mal y no les corresponden, que impulsaría una comisión de la verdad sobre los crímenes del pasado y promovería una justicia transicional. Muchos creyeron ver en él a un redentor honrado, con buenas intenciones, que sería un buen Presidente porque era buena persona, con una idea noble de la justicia.

López Obrador logró realmente atraer a gran parte de los votantes de izquierda y a muchos activistas que creyeron ver en él a la encarnación del líder con tirón popular que usaría el poder para el bien de la gente. Aunque muchos han ya cambiado su perspectiva, en la medida en la que se han percatado de la realidad, muchos otros no pierden la esperanza de que alguna de sus causas históricas avance y siguen teniéndole fe, lo siguen viendo como el iluminado que sabe administrar sus dechados de bondad.

No me refiero a la mayoría de la población mexicana, que vive y ha vivido históricamente al margen del bienestar, que tiene una educación precaria, carece de información y que ha sufrido el abuso permanente del poder y la riqueza. Desde luego que, entre esa mayoría, agraviada desde siempre, el discurso de López Obrador, su tono, sus formas de desinformar y de agraviar, con denuestos y descalificaciones, se percibe reivindicativo, una justa revancha por los abusos y la arrogancia de las elites de este país.

Me refiero, en cambio, a las estrechas capas medias educadas, que se sienten progresistas y que fueron embaucadas en su buena fe por el demagogo. Esa izquierda, alguna anidada en la academia, otra en la sociedad civil, alguna otra parte en la militancia estudiantil, López Obrador los ha usado como tontos útiles: esa categoría de la prensa anticomunista de la guerra fría, que insidiosamente le fue atribuida a Lenin, pero que en realidad popularizaron los medios de comunicación de los Estados Unidos para referirse a los aliados de los soviéticos a los que los soviéticos en realidad veían con desdén, porque en realidad sus objetivos totalitarios y geopolíticos eran muy distintos a los que las buenas conciencias progresistas les atribuían.

Tengo la certeza de que en la cabeza de López Obrador la mayoría de las causas que podemos llamar progresistas solo ocupan un lugar que merece condescendencia, cierto desprecio burlón. Taimado como es, nunca se ha decantado con claridad en favor de ninguna de ellas. Siempre ha eludido comprometerse con el feminismo, el medio ambiente lo tiene sin cuidado, los derechos humanos no son más que una frase hueca y jamás pensó en una regulación sensata de las drogas. Su proyecto de equidad no pasa por la educación de calidad y la construcción de un sistema eficaz de salud no es más que un eslogan de campaña. Los progres le sirvieron porque tenerlos cerca le permitió crear una imagen para atraer al voto de parte de la clase media educada, pero nunca pensó en realizar una agenda que no es la suya.

La agenda real de López Obrador es otra. Es un proyecto de poder personal, reaccionario y autoritario. Nada de progre, ni, por supuesto, de verdaderamente distributivo. Él a los empresarios no los quiere molestar, más allá de chantajearlos con sus deudas fiscales. Nada de una auténtica reforma fiscal progresiva, nada de quitarles  privilegios. En su cabeza, los privilegiados a los que hay que sacudir son a las capas medias que han crecido al amparo del Estado, en las que ve a una casta de parásitos que chupa recursos públicos de manera injusta. No importa si se trata de científicos que investigan y buscan penosamente crear conocimiento útil, o si son artista que crean cine, plástica, teatro o cualquier otra expresión no comercial. Se ha ensañado con los burócratas expertos, a los que ha dejado en la inopia, cuando no los ha expulsado para sustituirlos por sus clientelas, para construir un Gobierno de adeptos, aunque ineptos.

López Obrador no está comprometido con un proyecto de izquierda democrática. Lo suyo es claramente la derecha religiosa que manipula a los pobres. Sus programas sociales, construidos por ocurrencias, no tienen para él otro objeto que mantener una base de seguidores lo suficientemente amplia para mantener el poder y la mayoría que le permita seguir imponiendo su fantasía. En medio, ha terminado de desmantelar el enclenque Estado y ha quedado en manos de los militares, sin los cuales ya no le queda nada para gobernar. El estado se cae y buena parte de los tontos útiles le siguen aplaudiendo.