El mundo era una árida llanura y el camino era solitario. Cuando el sol quemaba, las mejillas pasaban del rubor a las llamas; en invierno, los tonos azules lo permeaban todo y los pies se hundían en la nieve movediza. El eco de la propia voz aburrió a mis oídos y al ver que éstos me daban la espalda, dejé de hablar. La garganta exigía el néctar dulce de las frutas que el viaje me había prometido y el paraje me había negado; el sueño del alimento era una esperanza en proceso de desvanecimiento y el equipaje se hacía más pesado con cada paso. De pronto, un espejismo. Tenía que serlo… un árbol frondoso, con hamacas colgantes para descansar, un manantial para alimentarse y alimentar, nidos de aves para amanecer cantando y frutas de todas las estaciones derramándose por sus ramas y rezumando sus jugos dulces en el suelo. Entre más me acercaba, más hermoso me parecía, y agotada, dejé caer mi costal y dormí bajo su sombra. Desperté muerta de sed, requemada y arañada por crueles ramas y encontré, además, que no había agua, frutas, hamacas ni pájaros. Un espejismo. Un árbol sin hojas ni raíces ni semillas, un tronco que por la soledad me había parecido muy bello: un espejismo. Tomé mi pesado costal y me lo eché a la espalda. Te odio, le grité, y pateé su tronco con los ojos llenos de lágrimas furiosas y tristes. Un trozo de corteza se desprendió y me acerqué una vez más pensando que, quizá, la savia se ocultaba bajo la cáscara y sería dulce como la miel. Me equivoqué de nuevo: era un extracto brillante, sí, y de cualidades adhesivas potentes. Mi lengua quedó ahí pegada y el árbol comenzó a cerrar sus torcidas ramas sobre mí, tejiendo huecos en mis pobres ropas y susurrando con voces de viento terribles historias. Hubo que herirle para huir, romperle los brazos y salir corriendo. Hubo que dejar el costal que contenía las provisiones de emergencia, un libro favorito, la brújula, la pluma de los cuentos y la manta tejida, y salir corriendo. De lejos vi cómo los dedos calcinados hacían agujeros en mi cantimplora y se vertían el agua en los pies, como la pluma escribía poemas que no eran míos, cómo la manta se ensuciaba de tierra y hollín. Quédate ahí, maldito árbol, que no te das. Y seguí mi camino.
Al fin crucé la Tierra y encontré pastizales, cascadas y palacios que habitar. Sembré mis propias hierbas, tallé plumas nuevas, convertí mi sangre en tinta y aprendí a tejer. Unas vueltas más y volví a perderlo todo, menos los pergaminos con mis historias y la habilidad de caminar. Y seguí mi andar y encontré selvas, lagos llenos de peces de colores y cabañas con calor que no necesita quemar madera. Pasaron los años y mis costales rebosaban. Mal por mí, que en vez de compadecerme por aquel esqueleto arbóreo, lo odié. Eso me dije, en paz como estaba, en ánimo de sembrar y curar y perdonar. Volví a cruzar la Tierra, enfrentándome a los calores y a los fríos, pensando que partiría del espejismo y seguiría sus huellas de madera, pero el árbol estaba en el mismo lugar, exactamente. Fui y vine y tú sigues aquí, le dije, aunque no escuchaba. ¿Me oyes?, grité, ¿por qué no te moviste? Hay árboles que caminan, cuyas raíces son flexibles y crecen con ellos. Y tú sigues aquí. En el mismo lugar, exactamente. Pero no escuchaba. No importa, pensé, y vacié mis costales en el suelo. Su tronco debe tener una década más de anillos y sabiduría. Ya habrá aprendido a producir frutillas, al menos, a ofrecer hospedaje a las aves y a las mariposas. Saqué mi columpio y lo colgué. Saqué mi agua y se la vertí, aunque su suelo la tornaba en lodo de inmediato. Le conté mis mejores historias, canté melodías para atraer a los gorriones, y llené sus huesos egoístas de collares tejidos con hojas verdes de alrededor del planeta, con claveles, girasoles y alcatraces gruesos y poderosos, pero cuando cayó el rocío, el árbol se pandeó para beberse las breves gotas y las flores se dejaron caer, rendidas, a la arena hirviente. Entonces, desesperada, saqué mis peras del fondo del costal, las más dulces y jugosas, y las colgué de sus hombros impasibles. Volví a gritarle, a llorarle, a patearle. Mira, hasta te doy mis frutas, que sembré allá, lejos, mis mejores flores y canciones, y tú no me das nada. Tú, que parecías árbol. Un trozo de delgada corteza se desprendió y el árbol ni se dio cuenta. No escuchaba. No podía escuchar. Las peras se mecieron ahí, alimento de nadie, y entendí, ahora sí. Tomé mis costales vacíos y el trozo de corteza, que convertiría en papel para escribir sobre él un cuento en el que hablaría de cómo el árbol no tenía la culpa. Y seguí mi camino sin mirar atrás.
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