El mundo se acaba, ya lo sé, ya sé que a mi alrededor pasan cosas mucho más importantes que lo que sea que yo pueda contar, que la gente vive y muere por grandes causas o grandes estupideces, que hay guerra, epidemia, sismo, violencia… De verdad, estoy consciente. Pero es que ayer había una perrita abandonada en un rincón de esta ciudad que parece diez, y acababa de parir ocho cachorritos, que vivían bajo el frágil refugio de unas hojas de palma, todavía con los ojos cerrados. Estaban empanizados de polvo y las pulgas caminaban libremente por sus pieles recién nacidas. La perrita se había ido a buscar comida y volvía, arrastrando su cuerpo carcomido y que, sin embargo, chorreaba leche materna, con una bolsa de plástico en el hocico. Una bolsa de la Comercial Mexicana. Sus ojos estaban llenos de desesperanza y la piel de su cabeza de heridas. Su pata delantera izquierda tenía forma de S: había estado rota en dos lugares y los huesos habían soldado así. Seguro que quería tirarse al sol y morirse, pero ocho bocas la esperaban y el instinto obligaba a vivir. No los perdió de vista nunca y dejó de comer lo que se le ofrecía cuando se dio cuenta de que los bebés eran levantados uno por uno de la zanja que los había protegido del frío, y metidos a una caja. Eso la aterrorizó pero no la volvió agresiva; más bien suplicó con la mirada que no se les hiciera daño a sus hijos y continuó a la expectativa. Se conformó con tortillas secas y no hizo ni un solo ruido ni se resistió. Se dejó agarrar, simplemente porque no tenía más fuerzas para pelear contra nada. Al subirla a la transportadora, la empapó de leche. Los bebés, todavía ciegos, se acomodaron junto a ella. Lloraban. Ella los lamió pacientemente y volteaba a cada instante; parecía que estaba contando. Uno, dos, cuatro, ocho. Seis machos, dos hembras. Perfectamente sanos, gracias a su diligencia. La madre, mareada y asustada, vomitó un pedazo de plástico y la mitad de un trapo amarillo: el desayuno. Los cachorros lloraban; sonaban como patitos o pajaritos. Luego, se quedaron dormidos, ignorando como todos los bebés deben ignorar, lo que pudo haber sido de ellos. La mamá, que ha vivido en la calle por años, enfrentándose a la crueldad y la indiferencia, tardará más en recuperarse, pero se recuperará y volverá a confiar y volverá a mover la colita algún día. Sí, ya sé que hay millones de perros en situaciones similares o mucho peores. Sé también que hay millones de personas que viven y mueren en zanjas. Lo sé. El mundo me duele en cada poro. Pero es que hoy fui a verlos. Estaban recién bañados, sin pulgas, medicados para que la infestación de parásitos los abandonara. No tenían frío. Estaban dormidos. Y mi mundo fue un poquito mejor.
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