Redacción/SinEmbargo

Baillères, EPN y la corrupción

La Medalla Belisario Domínguez, la presea más alta que entrega el Senado de la República a mexicanos que por su vida y trabajo ejemplar han abonado al progreso del país en el terreno político y democrático, en la ciencia, la educación y las artes, le fue entregada ayer a Alberto Baillères González, el segundo hombre más rico de México, no sin desatar una fuerte polémica entre senadores de oposición, en especial de partidos de la izquierda, y miembros de la sociedad civil, quienes argumentaron que el único mérito del dueño del Grupo Bal es haber aprovechado las oportunidades que los gobiernos neoliberales –lo mismo los del PRI que los dos del PAN– el han puesto en charola de plata.

En la biografía de Baillères González, escrita en el portal del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), institución de la que es fundador y dueño, se plantea que este empresario 79 años actualmente ocupa el cargo de presidente ejecutivo y presidente del Consejo de un extenso grupo de compañías mexicanas líderes que conforman el Grupo Bal.

Entre esas empresas destacan Industrias Peñoles, Grupo Nacional Provincial, Profuturo GNP, Aseguradora Porvenir GNP, Valores Mexicanos, Crédito Afianzador, Grupo Palacio de Hierro y Grupo de agronegocios Bal.

Además, compañías como Grupo Financiero BBVA-Bancomer, Fomento Económico Mexicano, Cerveza FEMSA y Sociedad de Fomento Industrial, entre otras, lo han invitado a participar como miembro del Consejo de Administración.

El pasado 30 de septiembre, el consorcio integrado por la empresa Petrobal –otra compañía de reciente creación en poder economista Alberto Baillères– obtuvo la adjudicación del cuarto bloque de la segunda licitación de la Ronda Uno, producto del nuevo esquema privatizador de hidrocarburos propiciado por la Reforma Energética del Presidente Enrique Peña Nieto.

La estadounidense Fieldwood Energy y Petrobal presentaron la única propuesta para el bloque 4, ubicado en las cuencas del sureste con una extensión de 58 kilómetros cuadrados. Este bloque incluye dos campos con reservas 2P [probadas y probables] de 68 millones de barriles de aceite ligero.

Las minas de Baillères, reclamaron los opositores al galardón otorgado por los senadores priistas de la mano de sus partidos satélites, incluido Acción Nacional, fueron conseguidas gracias a concesiones de diversos gobiernos y además de explotar y comercializar la riqueza del subsuelo mexicano, también han explotado por décadas a sus trabajadores.

El reclamo se centró en las diferencias entre Belisario Domínguez Palencia (1863-1913) y el multimillonario Baillères González.

Belisario Domínguez, médico y Senador de la República, es considerado un mártir de la democracia en México. Fue torturado atrozmente y luego asesinado el 7 de octubre de 1913, por protestar continuamente contra el dictador Victoriano Huerta, luego de que éste traicionara y asesinara al Presidente Francisco I. Madero y a José María Pino Suárez, entonces Vicepresidente, en la vergonzosa Decena Trágica, hechos que sucedieron del 9 al 18 de febrero de 1913.

Para los opositores, el PRI premió al dueño del Palacio de Hierro y al modelo económico neoliberal que, durante las últimas tres décadas, ha llevado al país a niveles de pobreza y desigualdad sin precedentes en su historia. El PRI, dijeron, de la mano del PAN, devaluaron el significado del galardón y lo redujeron a una caricatura, debido a las presiones del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) y al grupo de políticos, ahora poderosos empresarios, casi todos ellos actores del Gobierno de Carlos Salinas de Gortari y graduados del ITAM, institución fundada por Bailléres.

Ayer, en la vieja casona de la calle de Xicoténcatl, sede del Senado durante décadas, los discursos elogiosos fueron de ida y vuelta: lo mismo para Alberto Baillères, que de Baillères González al Gobierno y a Peña Nieto, quien estuvo presente en la ceremonia.

Y, además de estos protagonistas, también se hizo presente la corrupción.

En esa sede, la Senadora petista Layda Sansores San Román se acercó a Peña Nieto cuando éste ya iba de salida y le entregó una carta, “que expresa mucho de la indignación de los mexicanos”, le dijo. Además le obsequió un ejemplar del libro “La Casa Blanca de Peña Nieto. La historia que cimbró un gobierno”, escrito por los periodistas Daniel Lizárraga, Rafael Cabrera, Irving Huerta y Sebastián Barragán.

Le dijo: “Le regalo este libro, porque con la ‘casa blanca’ usted nos deja un legado de corrupción y de impunidad. Ojalá le sirva”.

La respuesta fue una sonrisa forzada y un “lo veo con mucho gusto, yo lo veo con mucho gusto”.

Ese fue el colofón de una historia que empezó mal y que acabó, como se esperaba, levantando aún más críticas y exhibiendo a la actual administración priista.

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