
Leer a escondidas. Provenir de un pueblo donde estaba mal visto dedicarse a la lectura. Y aun así, entender más temprano que tarde el poder transformador de las palabras y las historias
Ciudad de México, 23 de julio (Sin Embargo).- En los '60, cuando transcurría mi primera vida, allá en Delicias, uno de los pueblos más jóvenes del país enclavado en el merito norte, allá en Chihuahua, en mi ambiente familiar y social, en el que la mayoría de los adultos no había ido a la escuela, leer era sinónimo de lujo, perder el tiempo, flojear o exponerse a ideas nuevas, subversivas o pecaminosas. En todo caso, no era bien visto.
Y más de alguna vez tuve que quemar revistas para no ser reprendida por dejarme seducir por ellas. Aún recuerdo las fogatas y el olor a papel quemado. También las imágenes que quedaron en mí de las palabras impresas, las figuras que narraban historias ubicadas muy lejos del entorno semidesértico en el que nací y que
se embellecía por las noches de enormes cielos azul marino. Queda claro entonces que doy fe de que los libros pueden rescatarnos y ofrecernos horizontes inimaginables. Aunque ha sido difícil elegir sólo diez , vaya pues la lista que pretende dar testimonio de cómo las palabras nos transforman.
Fue mi primera novela. Y el primer libro completo que leí, tal vez a los 13 años. Me causó una verdadera revolución interna. Después de haber leído todos los cómics que colgaban en los puestos de renta en mi pueblo, (se pagaba veinte centavos para leer “un cuento”, sentados al borde la banqueta) de La Pequeña Lulú, Susy, Memin Pinguin, El Pato Donald y todos los etcéteras, en mi temprana adolescencia brinqué a ver, sí a VER, con asombro, las revistas Caballero y Playboy, llena de franca curiosidad por mirar más de cerca esos cuerpos femeninos, y quizás entender qué comenzaba a pasar con el mío.
De ahí, a fijarse en los artículos que acompañaba a las chicas, fue un asunto muy natural. Y Lo que el viento se llevó vino a ponerle poesía a ese desorden interno, a esa pasión hecha curiosidad, carne, conocimiento.
Tenía aproximadamente 16 años de edad cuando este libro cayó en mis manos. Es claro que no entendía nada -lo veo ahora-, pero fue maravilloso descubrir entre los capítulos que forman el relato de las memorias de Pablo Neruda, pequeños ensayos, que todavía me nutren. Como el de Las Palabras: “Todo lo que usted quiera sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos... las palabras luminosas… nos dejaron el oro y se llevaron el oro… nos dejaron las palabras…”.
Un libro que fue un hito durante mis estudios universitarios. Era la primera vez que leía a un autor mexicano. A mis 19 años, su lenguaje y las imágenes que se desplegaban me iban haciendo encontrar los paisajes que yo cargaba en mi interior. Y a pesar de que le hincamos el diente para desmenuzarlo, pretendiendo entender porqué era como era, como hacen los niños que desarman su juguete para encontrar en qué reside su magia. Felizmente, el análisis semiológico dejó a Pedro Páramo con toda su poesía intacta. Y cada cierto tiempo, vuelvo a asomarme al mismo libro editado por FCE y comprado en 1977.
La selección y montaje que hiciera Julián Ríos para la editorial Espiral, se convirtió en mi Biblia personal. Y mi ejemplar manchado de vino tinto, arrugado, da testimonio ahora de lo entrañable que se hizo la poesía de Paz a lo largo de mi vida. Los fragmentos subrayados en tinta verde muestran ahora las huellas de una lectura febril, nocturna, realizada en voz alta para compartirla con las amigas o el amor adolescente.
Este libro llegó después de las lágrimas provocadas al final de la lectura de El amante. El relato de cómo surgió la locura de Lol en el baile donde su prometido se enamoró de otra mujer, desdoblaba los pliegues de la sensibilidad femenina con la que me sentí por largo tiempo identificada. Y descubrir la enorme importancia de las sábanas blancas en las novelas de la autora francesa me llevó a devorar prácticamente todos sus relatos. Me convertí en admiradora de la Duras por su enorme inteligencia y compromiso político, combinados con su tremenda feminidad.
Los tomos, en ediciones diferentes, según se iban liberando los embargos hechos por la autora francesa, fueron devorados a lo largo de varios años. Los amores con el escritor estadounidense Henry Miller, sus aventuras con el psicoanálisis, sus desvelos para escribir los cuentos eróticos que le pagaban a un dólar cada uno, su incesto con el padre, fueron episodios que marcaron mis desvelos.
La leí en una semana durante un verano en plena sierra tarahumara. El realismo mágico del relato era perfecto para la convivencia con el paisaje, cuyas montañas tocaban el cielo en medio del sonido de las caídas de agua.
Mi preferido con mucho de la trilogía fantástica del gran autor italiano (El vizconde demediado y El Caballero inexistente). La metáfora del hombre apasionado que se hizo humano trepado en los árboles de una Italia del siglo XVIII me parece todavía conmovedora e inspiradora en estos días que parecen tan alejados de aquellos.
El ensayo con el que el escritor de Turín pretende explicarse a sí mismo las recientes mutaciones sociales, utilizando la alegoría de la Muralla China, me cautivó por su agudeza, sensibilidad y erudición. También por el empeño de entender y no solo criticar. Descubrir cómo logra seducir a mis alumnos universitarios me hizo ser todavía más afecta al también al autor de la hermosa novelita Seda.
Valer la pena. “Oyen sueños”, dice en una de sus líneas poéticas el gran Juan Gelman, un autor que ha sido entrañable en él mismo como persona. En su poesía me parece que se reúnen la penetrante mirada que revela esos intersticios que se ocultan en la cotidianeidad y la gallardía de quien escribe con valentía, dignidad y respeto a la vida.
Me asomé recientemente al ombligo de la patria, la familia. Un relato que me permitió recuperar a un autor que creía perdido en los análisis exprés de la política nacional.

¿Quién es Rosa Esther Juárez? Periodista con 24 años de experiencia. Tiene Posgrado en Semiótica por la École de Hautes Etudes de París y es profesora en la Escuela Virtual de Periodismo de la Universidad de Guadalajara, así como en la Universidad jesuita Iteso. En ambas imparte cursos de Periodismo, así como de Teoría de las Audiencias. Ha publicado entrevistas y reportajes a personajes de la Cultura, la Ciencia y de interés social. Fundadora del periódico Siglo 21 y Público. Creó el Suplemento Filias, especializado en cubrir la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. También Dirigió el Suplemento Uno, especializado en temas de Salud en el periódico Público Se desempeñó en el Grupo Milenio como Editora de Cultura, Directora de Suplementos y Proyectos Especiales, como Directora de Enlace Editorial, y creó el Centro de Desarrollo Periodístico que atiende la capacitación y actualización de los más de mil periodistas que laboran en el Corporativo Multimedia. Es también autora del Libro Las Chapuzas del Lector. Análisis Semiótico de la Recepción.















