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En el corazón de la bestia, en los Estados Unidos, desde donde se ha encarnizado el combate a los acuerdos globales y a las negociaciones internacionales, desde donde el poder ensalza el lenguaje y las acciones despóticas y denigrantes, y a unas semanas de dar inicio la mercantilización de la natividad, en octubre pasado, un par de decenas de monjes budistas comenzaron la Caminata por la Paz para recorrer gran parte de Estados Unidos, alrededor de tres mil 700 kilómetros desde Fort Worth, Texas, hasta Washington, D.C.
El contraste es brutal, entre sus pasos en silencio, con sus ancestrales ropas, en medio de una onda gélida, atravesando todo tipo de paisajes, caminando para promover la paz, la bondad amorosa y la compasión entre todas las personas, y el discurso contra los migrantes de Trump y su gobierno, el ICE capturando y deportando, los bombardeos en Gaza, en Ucrania y Rusia, etc.
El contraste está en la veneración y respeto que expresan las personas que los monjes han ido encontrando a su paso, quienes les brindan alimentos, donde descansar, los médicos que los atienden tratando de sanar sus pies.
Desde octubre que iniciaron su caminar, a su paso por los poblados y ciudades, cada vez más personas se suman a recibirlos, a escuchar su mensaje. Hace unos días una multitud los recibió en Georgia.
En el mundo que vivimos, de ausencia de atención, de contemplación, no faltarán los comentarios de quienes siempre juzgan desde el podio de la verdad absoluta, de quienes no pueden guardar silencio y prestar atención, no faltarán las críticas a este acto.
La compasión de la que hablan los monjes a través de esta caminata por la paz es un sentimiento profundo que lleva a "sufrir con" el dolor ajeno. Existe una relación entre la compasión y la empatía, y podría decirse que no puede existir una sin la otra. La empatía es sentir o entender lo que otra persona siente, es tratar de ponerse en su lugar. La compasión es reconocer ese sufrimiento y sentir la motivación para actuar y aliviarlo, añadiendo una dimensión de cuidado y acción.
En la llamada filosofía perenne, que reconoce las verdades espirituales universales, es decir, aquello que ha sido común a muy diversas tradiciones, la compasión y la empatía aparecen como una constante permanente, este reconocimiento del sufrimiento ajeno como propio y el deseo de aliviarlo. Así lo han reconocido desde Aldous Huxley hasta Ken Wilber en sus estudios de la filosofía perenne.
Y en el estudio de las especies y su comportamiento, Frans de Waal, en su libro La edad de la empatía, presenta la evidencia de cómo la empatía existe en muy diversas especies e, incluso, entre especies. Lo que nos distingue como especie es que alcanzamos la mayor expresión de empatía, la empatía aparece así como una expresión de nuestra evolución.
Sin embargo, existen individuos que no llegan a desarrollar la empatía, o su empatía se encuentra en una esfera muy limitada de su círculo. Una característica de los sociópatas es su carencia de empatía, de no ser tocados por el dolor de los demás, e incluso, llegando al extremo de infligir dolor a los demás sin ningún remordimiento.
La sociedad contemporánea se inclina, a través de su ideología de competencia y materialismo, a inhibir la empatía en un mundo que, por los retos que enfrenta, requiere de mucha empatía. Los retos planetarios y civilizatorios que enfrentamos nos obligan a pensar como humanidad, como especie, y a vislumbrar los caminos para nuestra sobrevivencia, nos obligan a una amplia empatía que debe considerar al planeta. Como Edgar Morin lo ha señalado, es necesaria una consciencia plantearía impartida desde los primeros años de edad.
La caminata por la paz de los monjes budistas, recorriendo los Estados Unidos, es un acto que aporta a una reflexión profunda sobre el sentido de la vida. Es una buena llamada para este inicio de año.





