Florida está atravesando temperaturas inusualmente bajas que no se registraban desde hace más de una década. Este descenso extremo, vinculado a fenómenos climáticos cada vez más erráticos, ha tenido un impacto severo en la fauna y flora de la región, afectando tanto a especies nativas como introducidas. Entre los animales más afectados se encuentran las iguanas verdes, una especie que no es originaria del estado, pero que logró adaptarse rápidamente al entorno, reproduciéndose de forma masiva y generando un desequilibrio ecológico.
Por esta razón, el humano las ha catalogado como plaga y especie invasora, omitiendo un punto clave: las iguanas no llegaron por sí mismas. Fueron introducidas por el comercio de mascotas exóticas, el tráfico ilegal de fauna y la irresponsabilidad humana, simplemente hicieron lo que cualquier ser vivo haría: sobrevivir.
Captura y eliminación
Las temperaturas han descendido hasta los cero grados centígrados, provocando en los reptiles un estado conocido como parálisis térmica. Al ser animales ectotermos, su cuerpo depende del calor ambiental para funcionar. Cuando el frío es extremo, las iguanas pierden movilidad y caen de los árboles donde descansan. No están muertas, sólo temporalmente inmovilizadas, sin embargo, esta vulnerabilidad ha sido aprovechada para justificar su captura y eliminación.
El gobierno de Florida ha autorizado a los ciudadanos a recolectarlas y entregarlas a centros donde son sacrificadas, bajo el argumento de proteger el ecosistema. Esta medida ignora alternativas éticas y científicas de manejo poblacional, como programas de control no letal, investigación a largo plazo y, sobre todo, la prevención del comercio irresponsable de especies exóticas.
Una vez más, la historia se repite. El ser humano —la verdadera especie invasora del planeta— responde a un problema que él mismo creó, con violencia. En lugar de asumir responsabilidad, opta por eliminar a los animales y borrar las consecuencias visibles de sus actos. Son las víctimas directas de nuestra obsesión por controlar, dominar y explotar todo lo que nos rodea.
Los hipopótamos de Escobar
Este patrón no es exclusivo de Estados Unidos. En el otro extremo del continente, en Colombia, ocurre un caso igual. Durante la década de los ochenta, Pablo Escobar importó ilegalmente hipopótamos desde África para mantenerlos como símbolo de poder y extravagancia en su propiedad. Tras su muerte, los animales quedaron abandonados, escaparon y comenzaron a reproducirse sin control en los ríos y humedales del país.
Hoy en día, los hipopótamos son considerados una amenaza ecológica debido a su impacto en los ecosistemas acuáticos, el desplazamiento de especies nativas y los riesgos para las comunidades humanas. Nuevamente, el debate público se centra en cómo eliminarlos, incluso mediante la caza, sin cuestionar el origen del problema: la introducción ilegal de fauna exótica y la falta de políticas de manejo ético.
Víctimas de decisiones humanas
Ni las iguanas en Florida ni los hipopótamos en Colombia eligieron estar ahí. No cruzaron fronteras por voluntad propia ni decidieron alterar ecosistemas. Son víctimas de decisiones humanas marcadas por la ambición, el consumo y la idea de que la naturaleza es un objeto que puede comprarse, poseerse y desecharse. Además, estos casos evidencian una contradicción profunda: el mismo sistema que destruye hábitats naturales, provoca el cambio climático y reduce la biodiversidad, es el que luego culpa a ciertos animales por “no pertenecer” a un lugar. Se criminaliza la vida en lugar de cuestionar el modelo que la pone en riesgo.
La ambición humana sigue dejando un rastro de destrucción que siempre termina afectando a los más vulnerables. Mientras sigamos tratando a los animales como errores que deben corregirse y no como consecuencias de nuestras acciones, la violencia seguirá siendo la respuesta predilecta. Proteger la vida implica asumir responsabilidad, invertir en soluciones éticas y aceptar que no somos dueños del planeta, sino parte de él. Hasta que no entendamos eso, los animales continuarán pagando el precio de una culpa que nunca fue suya.




