
Ciudad de México, 9 enero (SinEmbargo).- Mañana, 10, es la fecha señalada para que los cinéfilos comiencen a calmar sus ansiedades y se regalen sus reyes con uno de los estrenos más esperados en el año que inicia.
Llega El lobo de Wall Street, lo nuevo de Martin Scorsese, con un DiCaprio en todo su esplendor y la controversia y expectativa que suele alimentar cada proyecto del septuagenario director neoyorquino.
No hay nada nuevo bajo el sol del cineasta legendario, orfebre de joyas imperecederas desde Taxi Driver hasta Buenos muchachos, sin dejar de mencionar hitos recientes como The departed o su aproximación honda y sensible al universo musical y filosófico de George Harrison.
Desde las criaturas horrorosas que se encontraba Griffin Dunne en la mítica Después de hora, hasta el sacado Ray Liota absorbido por un vértigo inevitablemente trágico en Buenos Muchachos, sin obviar al carnicero con ojo de vidrio bordado con hilos de oro por Daniel Day Lewis en Gangs of New York, Scorsese ha venido hablando siempre del mismo psicópata.
Y El lobo de Wall Street no es la excepción.
“You talkin' to me?”, diría en este punto el desquiciado Robert de Niro, sin duda el antecedente junto con el Henry Hill de Good Fellas, junto con el Tommy DeVito (genial Joe Pesci) también de Good Fellas, de este Jordan Belfort del siglo XXI, un tipo tan poco empático que dan ganas de tirarle algo por la cabeza desde el impávido sillón del espectador.
Precisamente, porque es tan psicópata y carece de esa dualidad sugestiva y casi mágica que tenían invariablemente Joe Pesci, Daniel Day Lewis, Robert de Niro, Ray Liotta, en las películas citadas, es que el personaje de Leonardo DiCaprio se vuelve plano, sin matices, revelando lo que ya se conoce de un verdadero actor muchas veces injustamente menospreciado como Leo: es una criatura desbordante y nacida para actuar, pero aquí cansa.
Toda la fascinación que han ejercido en forma invariable los psicópatas del cine de Scorsese, brilla por su ausencia en el nuevo loco que se integra a la galería.
LA APUESTA MORAL DE MARTIN SCORSESE
Basado en las memorias de Jordan Belfort, un agente de Bolsa que en los ’80 se hizo millonario merced a estrategias fraudulentas en el mundo de Wall Street, cayendo en un espiral de excesos que le dieron fama en la vida cultural y social de la época (la editorial Planeta acaba de reeditar el libro en español), el filme tiene guión de Terence Winter.
Y aunque entre la mucha polémica que ha generado la película está el presunto hecho de glorificar la ambición y la usura, la verdad es que El lobo de Wall Street quizás sea el filme más moral de Martin Scorsese.

A diferencia de los psicópatas anteriores, habitantes de mundos marginales y casi secretos, el hacedor de dinero y adicto a todo tipo de drogas que encarna magistralmente DiCaprio es la expresión del éxito al que mitad de la humanidad aspira.
Mansiones, yates, rubias de infarto (el mundo del dinero es siempre masculino y la mujer se cosifica como un bien más, cotizando de acuerdo a sus atributos físicos) son la toponimia de la “realización personal”, las señales de que alguien lo ha logrado.
Y lo que es peor: ese psicópata es contagioso y mueve multitudes, convoca las fidelidades y energías de quienes comparten uno a uno sus valores. Jordan Belfort y sus muchachos toman las mismas drogas, se emborrachan con idénticos brebajes, se divierten en fiestas orgiásticas a las que todos parecen suscribir en cada detalle y jamás, como buenos psicópatas, se paran un segundo a reflexionar, a pensar en lo que hacen.

Estamos en manos de esos psicópatas peligrosos que manejan nuestro dinero y nos amenazan con la ruina eterna, parece decirnos el director estadounidense, de la mano de su criatura emblemática, actor fetiche que le dicen.
Decir que El lobo de Wall Street es un filme plano, demasiado largo, por momentos aburrido, no contradice el hecho sustancial de que hablamos de un producto made in Scorsese.
Eso incluye una maestría extraordinaria para manejar la cámara, históricos duelos actorales (en un elenco donde por haber hay dos directores de cine - Jon Favreau y Rob Reiner- y una escritora, la increíble Fran Leibowitz-, sumados a una breve pero exquisita participación de Matthew McConaughey) y una banda de sonido que merece loas sin temor a la exageración.
El lobo de Wall Street regala además tres horas de cine puro, el registro sanguíneo que corre por las venas de un cineasta de raza, imprescindible y grato siempre, aun cuando no alcance su máximo nivel como este caso.




