Son pocos los artistas extraordinarios que pueden trascender el tiempo y convertirse en un faro para las distintas generaciones que la evocan con una fidelidad blindada, sólo dirigida a un puñado de genios, de seres únicos.
En la vida moderna, cuando la palabra artista transcurre cansada por un sino multiplicador inverosímil, que lo mismo cabe en los pechos gigantes de una vedette con siliconas que en un payaso al servicio de la vulgaridad, valdría la pena ensayar un nuevo término para personas como Nina Simone.
Cocida al fuego y al frío de la violencia, la gloria, el dolor desgarrado y, por qué no, cierta forma de la felicidad consistente en hacer siempre lo que le viniera en gana, la cantante negra nacida en el sur estadounidense, en plena Gran Depresión, con el nombre de Eunice Waymon, supo vencer al destino con la fuerza de la acción.
Lo hizo desde pequeña y con un enojo que le duró los 70 años esplendorosos y turbulentos que vivió a tope.
Si Billie Holyday, que tenía 18 años cuando nació Nina y quien resultó ser su gran antecesora, cantó la pena humana con espuma de sangre bullendo en la garganta, la Simone hizo lo propio, pero cargada de ira, dispuesta a no dejarse vencer por las adversidades y totalmente convencida de que el mundo debía pagarle al contado las deudas de una existencia que a edad temprana conoció horrores como el racismo.
Como dice una de las figuras más refulgentes del motown, la productora y cantante Valerie Simpson, “no todo el mundo puede ajustarse a los límites de la caja en que la vida trata siempre de colocarnos. Alguien tiene que gritar y decir en nuestro nombre todas las cosas que suenan en nuestra cabeza; en ese sentido, Nina todavía tiene muchas lecciones para enseñarnos”.
“Nunca voy a olvidar su compromiso en el club 20/20 a fines de los ochenta en Nueva York. Estábamos en la luna. Prácticamente tuvimos que hacer un golpe de estado para lograr que ella cantara en un pequeño club de la ciudad y ahí estábamos, como pavos reales. Nick Ashford (mi difunto esposo y compañero musical) y yo queríamos hacer su estancia dulce para hacerle olvidar algunos momentos desagradables que había vivido en Nueva York. La invitamos a quedarse en nuestra casa de piedra roja, un lugar encantador, rodeado de árboles al este de Manhattan, cerca de Bloomingdales. Ella comenzó inmediatamente a moverse en nuestro hogar como si fuera el suyo. Se dirigió a la cocina y le dijo a Shirley, nuestra ama de llaves: - Quiero mis huevos revueltos muy sencillos, la ropa puesta al pie de la cama y el jacuzzi preparado al despertarme. Shirley, sin inmutarse, le preguntó: - ¿Y en qué orden le gustaría eso?”, cuenta Valerie.

“¿Dónde está mi dinero?”, dice Valerie Simpson que preguntaba a voz en cuello cuando de un contrato por un concierto o por un disco se trataba.
“Cuando vino a tocar a Nueva York, insistió en obtener su paga por adelantado, lo que es habitual, pero en vistas de que se quedaba a vivir en nuestra casa, su desconfianza resultaba cuando menos desconcertante”.
La biografía editada por Global Rhythm, La vida a muerte de Nina Simone, escrita por David Brun-Lambert, la describe como una mujer paranoica, orgullosa, que nunca encontró un momento de paz en su vida atribulada y errante.
DE AQUÍ PARA ALLÁ
Conocida como “La sacerdotisa del soul”, había nacido en Tryon, Carolina del Norte, el 21 de febrero de 1933. Era la sexta de ocho hermanos. La madre, Mary Kate Waymon, fue predicadora, ejercía una moral estricta y no era muy cariñosa con sus hijos. Su padre también era predicador y ejerció varios oficios para mantener a la familia.
En la música, la característica e inclasificable voz de trueno de Nina Simone, solía temblar en forma apasionada, con el aire justo, casi jadeante.
Influida por Duke Ellington, llevó hasta el extremo la improvisación espiritual cargada de silencios con que enfatizaba el estado de ánimo de las letras que cantaba.
Usó su arte extraordinario para ponerlo al servicio de las luchas raciales y se constituyó en una militante activa del Movimiento Panteras Negras por los Derechos Civiles, lo que no evitaba que su enorme avaricia le impidiera pagar buenos salarios a sus músicos.

Invitada por su colega y amiga, la también cantante sudafricana Miriam Makeba, estuvo un tiempo en Liberia. Posteriormente residió en Suiza y Holanda antes de establecerse en Aix-en-Provence en el sur de Francia en 1992, año en que publicó su autobiografía, I put a spell on you, donde compartió muchos detalles acerca de su vida personal, aunque poco habló de la música que la encumbró.
“A veces se sentía como si tuviera cuatro manos, tanta música no podía provenir de un solo piano. Nos mantuvo bajo un hechizo de una hora y luego nos dejó ir. Una de las cosas más difíciles en el mundo era que Nina hiciera un bis. Afortunadamente, esa noche tuvimos suerte”, recuerda Valerie Simpson.
LA ECLÉCTICA NINA
Si algo puede decirse del género musical que abrazó Nina en su exitosa carrera profesional es que no había uno favorito. Desde que “I love you Porgy”, de Ira y George Gershwin, la convirtió en una estrella en 1959, hizo gospel, jazz, música clásica, por supuesto soul y muchas canciones populares, como la impresionante versión de “Ne me quitte pas”, la eterna canción de Jacques Brel.
"I love you Porgy"/ Nina Simone
“Sólo toco música clásica negra, el jazz es un término inventado por los blancos”, solía decir.
El 21 de abril de 2003, Nina Simone murió en el sur de Francia. Tenía 70 años, la edad en que había prometido fallecer. “Moriré a los setenta años, porque después solo hay dolor”, había dicho.
Había dejado como herencia grandes canciones, entre ellas la inconmensurable “My baby just cares for me”, que se convirtió en éxito mundial al formar parte de un aviso del perfume Chanel Nº 5 y significó el renacer de su carrera en 1984, a pesar de lo cual ella la consideraba la canción más intrascendente de su carrera.
"My baby just cares for me" / Nina Simone
Tuvo una hija, Simone, también cantante y actriz, quien en la página oficial de su madre narra con gran sentimiento cómo vivió la muerte de Nina:
“Era un hermoso día a principios de marzo de 2003 y la primavera estaba en el aire. Vivíamos en Stroudsburg y yo estaba charlando con mi madre, que estaba descansando en su nueva casa en Carry-le-Rouet, Francia. Amaba a su casa y me extendió una nueva invitación para que la visitara. Le puse algunos reparos, recordándole que no nos habíamos llevado muy bien la última vez que estuvimos juntas durante un tiempo prolongado.
“Ella se rió asegurándome que su casa era tan grande que no nos cruzaríamos A la hora del almuerzo se quejó de lo cansada que estaba de comer “comida de vaca” (vegetales crudos). Mi madre había estado viviendo con el cáncer desde 1998, había sido sometida a quimioterapia durante seis años y dentro de mí sabía que se estaba muriendo.

“Extraño a mi madre profundamente todos los días. Me tomó 5 años atenuar el duelo. Ahora, cuando escucho que su música se reproduce en aviones, elevadores, restaurantes, centros comerciales, yo siento en cambio, que ella me sonríe y canta para mí”.
LAS MEDALLAS
A pesar de su eterno malhumor y de su conducta imprevisible (En 2004 la biografía escrita por Sylvia Hampton y David Nathan, Break down and let it all out, reveló que la artista era bipolar), recibió muchas condecoraciones. Estuvo como invitada especial en el cumpleaños 80 de Nelson Mandela, fue nombrada ciudadana honorífica de Atlanta y recibió el Premio Diamante a la Excelencia en la Música de parte de la Asociación de la Música Africana de Filadelfia, la ciudad que tanto la había rechazado en su juventud.
Elton John dijo de ella que fue la mejor cantante del siglo XX. La joven cantante Ledisi anhela que “de vez en cuando, espero que ella pueda sentir lo mucho que la quiero. Me ha salvado la vida muchas veces”.
“Cuando yo era una aspirante a artista en busca de mi voz, el propósito y dirección de mi carrera, mis primeros maestros me hicieron escuchar a Nina Simone, algo por lo que estaré siempre agradecida”, ha contado la impresionante Diane Reeves.
Distinciones en Dublín y en Francia fueron también el premio a canciones que hizo inmortales en las décadas del sesentas y setentas, como “Aint got no-I got life” y “I wish I know how it would feel to be free”.
Había litigado con el fisco de su país, con las discográficas, sufrido las mil y una decepciones amorosas. Murió, increíblemente en paz, mientras dormía, en su casa de Carry-le-Rouet, un pueblo cercano a Marsella.





