Enero suele llegar cargado de propósitos. Comer mejor, cuidar la salud, ahorrar, vivir con menos estrés, ser más coherentes con lo que pensamos y lo que hacemos. Sin embargo, rara vez esos propósitos incluyen a los animales, aun cuando nuestras decisiones cotidianas tienen un impacto directo y profundo en sus vidas.
Las fiestas decembrinas acaban de recordarnos una realidad incómoda: es la época del año en la que más animales son explotados y matados para consumo. Millones de cerdos, pavos, pollos, vacas y peces fueron criados y matados para sostener celebraciones que duran unos cuantos días, pero que dejan una huella permanente de sufrimiento, devastación ambiental y normalización de la crueldad.
Nada de esto es accidental. Es el resultado de un sistema de producción animal intensivo que ya no es sostenible ni ética ni ambientalmente. Un sistema que trata a los animales como mercancía, que consume enormes cantidades de agua y granos, que acelera la crisis climática y que sigue creciendo a costa de vidas invisibles.
En medio de un mundo marcado por la incertidumbre, crisis climática, conflictos armados, desigualdad, inseguridad alimentaria, vale la pena preguntarnos: ¿qué tanto de ese caos seguimos alimentando con nuestras decisiones diarias?
Un sistema que produce sufrimiento en masa
Desde Igualdad Animal hemos documentado durante años lo que la industria intenta ocultar: animales confinados en jaulas, hacinados, mutilados, privados de cualquier comportamiento natural, sacrificados sin los mínimos estándares de bienestar. Gallinas que nunca extienden las alas, cerdos que viven sobre sus propios excrementos, peces que mueren lentamente por asfixia.
Después de cada temporada festiva, este sistema se fortalece. Se normaliza. Se justifica bajo la tradición, el consumo o la costumbre. Pero ninguna tradición debería sostenerse sobre el sufrimiento extremo de otros seres.
Hoy sabemos que los animales sienten dolor, miedo y angustia. Sabemos que la ganadería industrial es una de las principales causas de la deforestación, la contaminación del agua y las emisiones de gases de efecto invernadero. Sabemos que seguir produciendo y consumiendo como si nada pasara no es una opción realista.
Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto cambiar?
Propósitos que sí importan
Año Nuevo no va a resolver por sí solo las crisis que enfrentamos. Pero sí puede ser una oportunidad para replantearnos nuestra relación con los animales y con el sistema alimentario que sostenemos.
Cambiar la forma en la que comemos no es un gesto simbólico: es una acción política, ética y profundamente transformadora. Cada comida es una decisión. Cada plato puede ser una forma de seguir participando en un sistema violento o de empezar a reducir el daño.
No se trata de perfección ni de imposiciones. Se trata de conciencia.
Incluir a los animales en nuestros propósitos de Año Nuevo puede comenzar con algo tan concreto como reducir o eliminar el consumo de productos de origen animal, explorar nuevas recetas, informarnos sobre el impacto de lo que comemos y abrirnos a alternativas que ya existen y que son accesibles, nutritivas y culturalmente diversas.
Love Veg: cambiar sin renunciar al sabor
A través de Love Veg, el programa educativo de Igualdad Animal, hemos acompañado a miles de personas en este proceso. Personas que no se definen como activistas, pero que entienden que comer diferente es una forma de coherencia y de cuidado.
Love Veg no propone sacrificios imposibles ni dietas restrictivas. Propone algo mucho más poderoso: redescubrir la cocina, los sabores, los ingredientes y las tradiciones desde una alimentación basada en plantas. Una alimentación que reduce el sufrimiento animal, disminuye el impacto ambiental y puede mejorar nuestra salud.
Cada platillo vegetal es una forma concreta de dejar de participar en un sistema que ya no se sostiene. Es una manera de alinear nuestros valores con nuestras acciones, incluso en medio de la incertidumbre.
No es un gesto individual, es un cambio colectivo
A veces se minimiza el impacto de las decisiones personales. Pero los grandes cambios sociales siempre comienzan así: cuando suficientes personas dejan de aceptar lo inaceptable.
Hoy vemos cómo crecen las alternativas vegetales, cómo más personas cuestionan el origen de lo que comen, cómo se abren debates que hace unos años parecían impensables. Nada de esto ocurre por casualidad. Ocurre porque hay una conciencia que se está moviendo.
Los animales no pueden esperar a que resolvamos todas las crisis humanas para empezar a ser considerados. Su sufrimiento ocurre ahora, todos los días, en silencio.
Un propósito urgente
Este Año Nuevo, cuando pensemos en qué queremos cambiar, vale la pena incluir una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tipo de mundo estoy ayudando a construir con lo que pongo en mi plato?
Incluir a los animales en nuestros propósitos no es un acto radical. Es un acto de responsabilidad. De empatía. De coherencia frente a un sistema que nos ha enseñado a mirar hacia otro lado.
Cambiar nuestra alimentación no va a resolverlo todo pero es un paso real, inmediato y al alcance de nuestras manos para reducir el sufrimiento, cuidar el planeta y avanzar hacia un futuro más justo.
Tal vez ese sea el propósito más urgente de todos.




