Un Quijote en Tenochtitlán
Juan Carlos Monedero
Delcy Rodríguez en Brest-Litovsk: paz o revolución
"Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello, Padrino López, Jorge Rodríguez y el propio Maduro, han preferido ahorrar muerte a su pueblo. Eso es inteligente y les honra"
El problema de que los dirigentes norteamericanos no lean libros sino que, como mucho, vean películas, es que se van a Netflix a buscar guiones para su gestión política. Y la vida no se parece a las películas, especialmente cuando son gringas y el Departamento de Guerra quiere meterle mano a la trama. En Venezuela hay una sucesora designada.
En esta tragicomedia global, Estados Unidos siempre interpreta al productor ejecutivo que quiere decidir quién entra y quién sale del reparto. Pero Venezuela es como esos personajes que se rebelan contra el autor y deciden escribir su propia suerte en la novela.
Entonces, toca enturbiar todo a ver si ya que no puedes derrotar al enemigo, lo confundes. Cada vez que Trump o los medios de comunicación que le jalean citan a Delcy Rodríguez, lo hacen para intentar crear división.
El principal objetivo de un ejército contra el enemigo siempre es dividirlo. La CIA lleva decenios debilitando así a quienes han cuestionado la hegemonía norteamericana. Ha pasado siempre con la izquierda y también cuando simplemente se pretendía defender la soberanía nacional.
La CIA ha organizado en su historia operaciones encubiertas, un tercio dedicadas a influir fraudulentamente en elecciones, otro tanto para actuaciones de propaganda, incluida la compra de medios y de periodistas, y el resto para organizar guerrillas, golpes de Estado, proporcionar armas a grupos insurgentes o asesinar líderes políticos. No es raro que se alíe con delincuentes, con mafiosos, con asesinos y, con frecuencia, con militares traidores, para que le hagan el trabajo sucio.
Cuando lees historia del siglo XX, entiendes a la perfección que hoy estamos viviendo uno de esos tiempos que los historiadores de nuestra época señalarán dentro de unos años como decisivos. Estamos cabalgando un nuevo tiempo histórico y lo que hoy leemos en los periódicos serán las claves que en los libros aparecerán señaladas como determinantes de todo lo que ocurra después.
No parece inteligente que Trump dispare en tantos sitios al mismo tiempo. La probabilidad de que desestabilice su propio país es alta. Y los norteamericanos decentes necesitan que les ayudemos.
Leemos en los periódicos sobre la guerra de Ucrania, el bombardeo de las centrales nucleares en Irán, la guerra de los aranceles, la devastación de Gaza, el despliegue militar en el Caribe, el compromiso de los miembros de la OTAN de aumentar un cinco por ciento del PIB el gasto militar, la reunión con Trump de la presidenta de la comisión europea, Ursula von der Layen, no en ninguna institución europea, sino en un club privado de golf propiedad del Presidente norteamericano, la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional con la doctrina Monroe y el corolario Trump, el asesinato de más de un centenar de personas en pequeñas lanchas en la costa venezolana y colombiana, el bombardeo en el Sahel africano, el bombardeo en Caracas, la Guaira y otros lugares con el asesinato de cien personas, el secuestro del Presidente Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores, el intento de desestabilización de Irán con otra de las llamadas “revoluciones de colores”, y también el asesinato de norteamericanos en el brutal actual del ICE, la policía enmascarada antimigratoria de Trump
La revista conservadora Foreign Affairs ha publicado esta semana un artículo llamado “un mundo sin reglas”. En la misma dirección se ha pronunciado la Universidad de Oxford. Esta revista, que siempre ha defendido la línea oficial de los intereses occidentales norteamericanos y británicos, hace una dura crítica al secuestro del Presidente de Venezuela. Tiene razón. Porque dice que a partir de ahora no se quiebra sólo el derecho internacional, sino cualquier tipo de regla. Es la entrada descarada en una película del Far West. Aunque quizá lo que se han caído han sido las caretas. Trump no es radicalmente diferente a Clinton, Bush, Obama o Biden. El problema es que no disimula.
Es la vuelta no sólo a la fuerza bruta, sino también a su discurso. A lo que Stephen Miller, asesor de seguridad nacional norteamericano de Trump y un halcón de los más duros, ha llamado “las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos (…) el mundo real (…) que se rige por la fortaleza, que se rige por la fuerza, que se rige por el poder”. Quiero algo, te lo robo y digo que te lo robo. Es Trump apoyado en el quicio de la puerta del Air Force One diciendo: quiero el petróleo de Venezuela. Y bombardean Caracas y secuestran a Maduro.
El mundo no estaba preparado para que en un país sudamericano hubiera un comportamiento tan rudo. Las bombas sobre Caracas y el secuestro de Maduro han quebrado algo en las buenas conciencias. Lula planteó igualmente que se había roto una “línea inaceptable”. Rusia, China, Colombia, la Unión Europea, Sudáfrica y otros países hicieron duras declaraciones. La sensación de que se estaba entrando en una nueva etapa es general. Pero nadie ha acertado a entender cuáles eran los siguientes pasos. Como si todo el mundo estuviera esperando acontecimientos
La verdad es que EU no está haciendo algo muy diferente de lo que siempre ha hecho: dar golpes de Estado, determinar elecciones, asesinar candidatos, construir presidentes. La diferencia está en que la izquierda ha olvidado que ese es el comportamiento natural de EU como gendarme imperial. Porque estas cosas sólo pasan cuando gana la izquierda desobediente. No en vano, Trump dispara verbalmente contra Claudia Sheinbaum, contra Gustavo Petro, contra Lula Da Silva e, incluso, contra Pedro Sánchez, que, como aquel general mexicano al que iba a fusilar Pancho Villa, no necesita tanto y le bastarían algunas nalgadas para volverse obediente.
Lo que ha ocurrido en Venezuela es, en realidad, una más de esas operaciones, pero que ha tenido lugar en un momento en donde el mundo había olvidado que ese es el comportamiento propio de los imperios. Ha generado mayor escándalo porque ha sucedido en un momento en el que Trump está molestando a demasiada gente, lo ha hecho a la luz del día y, bravucón como es, dice que va a hacerlo en más sitios.
Pero la derecha global necesita algo de relato, incluidos los EU. Explicar qué pasa con María Corina Machado, insistir en que se quiere frenar el narcotráfico, olvidar el indulto al narcopresidente hondureño Luis Orlando Hernández o sembrar la duda en el chavismo.
Dividir es una de las armas más codiciadas de los poderosos. Decía que el impasse del secuestro de Maduro ha generado un intento de dividir a las fuerzas del chavismo. Para ello, han intentado construir un marco en donde Delcy Rodríguez habría traicionado a Maduro, algo difícilmente compatible con la presencia del hijo de Nicolás Maduro Moros, el Diputado Nicolás Maduro Guerra, en la juramentación de Rodríguez como Presidenta encargada. Y de las propias palabras de Maduro desde Nueva York pidiendo el apoyo a Delcy Rodríguez.
Apoyando la estrategia de los imperios siempre hay idiotas útiles que, disparando con pólvora del rey, es decir, sin arriesgar nada propio, y desde una supuesta extrema izquierda alimentan sin fundamento alguno esa idea.
Muy al contrario, la decisión de Rodríguez y el gobierno que le acompaña, que es prácticamente el mismo gobierno de Maduro, le ha hecho saber a Trump que la única forma que tiene de garantizar una Venezuela pacífica y poder imaginar su soñado robo del petróleo, pasa por negociar con el chavismo. Y que Rodríguez continúa la tarea de Maduro igual que Maduro continuaba la tarea de Chávez.
El dilema de Venezuela se parece al que tuvo la Unión Soviética cuando le tocó elegir entre la paz o la revolución. Tras llegar en abril de 1917 a Rusia desde Alemania en el tren blindado que le pusieron los alemanes, Lenin dio un discurso en la estación Finlandia, en San Petersburgo. El discurso enfadó a los propios bolcheviques, porque Lenin estaba convencido de que la salvaguarda de la revolución pasaba por pactar la paz con Alemania y los imperios austro-húngaro y el otomano, mientras que otros dirigentes querían continuar la guerra. Intentaron construir el marco de que Lenin era un traidor al servicio de los alemanes, algo que luego se extendió a los bolcheviques, y que por eso le habían puesto el tren sellado para llevarlo de Suiza a Rusia.
En su libro El Siglo de la revolución, el historiador Josep Fontana escribe que “el armisticio que había de poner fin a la guerra comenzó el 15 de diciembre de 1918 y una semana más tarde se iniciaba en Brest-Litovsk, donde se hallaba situado el cuartel general alemán, la conferencia de paz (…) Había en estos momentos un debate interno entre los dirigentes revolucionarios. Mientras Lenin era partidario de aceptar las condiciones que presentaran los alemanes, por desfavorables que fuesen, porque el fin de la guerra era necesario para la consolidación del nuevo régimen, la mayoría de los miembros del comité central, y en especial Nikolái Bujarin, se oponían a ello, convencidos de que la revolución estaba a punto de estallar en la Europa central (las huelgas de enero de 1918 en Alemania, que movilizaron a más de un millón de participantes, alimentaban esta ilusión) y que lo que convenía era hacer una guerra revolucionaria para estimular este proceso”.
Como tantas otras veces, la discusión entre los que ven la revolución consolidada y los que leen con más frialdad el momento. Análisis concreto de la situación concreta, siempre dijo Lenin.
Continúa Fontana:
“La dureza de las exigencias presentadas por los alemanes y sus aliados llevaron a Trotski a retirarse de las reuniones el 10 de febrero, defendiendo una política de 'ni guerra, ni paz', esto es, de cese de las hostilidades sin acuerdo alguno (pero un día antes los alemanes habían firmado ya un tratado de paz por separado con Ucrania, que proclamaba así su independencia). Los negociadores de los imperios centrales declararon entonces que el armisticio iba a quedar sin efecto el día 17, y el 18 iniciaron de nuevo los combates, a los que los rusos no podían oponer una resistencia adecuada. Hubo entonces que aceptar unas condiciones todavía más duras que las que se les habían presentado en primera instancia, y el 3 de marzo se firmó un tratado por el que Rusia perdía Ucrania, que se iba a convertir en un protectorado alemán, parte de Polonia, Finlandia y la mayoría de los territorios del Báltico, además de otros en el Cáucaso, que pasaban a los turcos.”
Es curioso que los más moderados fueron los que estaban en contra de la paz:
“Socialistas revolucionarios, mencheviques y algunos de sus aliados liberales se oponían a la humillación que representaba el tratado de paz firmado en Brest-Litovsk (que implicaba la pérdida de un 26 por ciento de la población del Imperio ruso y de una parte considerable de su producción agrícola e industrial). Mantuvieron por un tiempo la esperanza de que una alianza renovada con las potencias de la Entente permitiría reanudar la guerra contra Alemania.”
Y al final, esos sectores, supuestamente más radicales, terminaron aliándose con el ejército zaristas y las fuerzas internacionales contra la revolución rusa.
Estamos en un momento histórico en donde la bestia norteamericana amenaza desde Washington con desplegar toda su capacidad bélica para arrodillar a quien se le enfrente y no pueda sustentar la oposición. Es capaz de inutilizar las armas del enemigo, entrar en tu casa y llevarse a tu Presidente. ¿Durará mucho? No es probable. Trump tiene miedo a las elecciones intermedias en EU, donde, si ganan los demócratas, sabe que puede terminar preso.
Lo sensato para los que tienen una pistola en la cabeza es ganar tiempo y alejar el arma de la sien.
Lenin tenía razón. Y el gobierno chavista que está capeando el temporal, también. Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello, Padrino López, Jorge Rodríguez y el propio Maduro, han preferido ahorrar muerte a su pueblo. Y eso es inteligente y les honra. Pese al dolor. Pese el mucho dolor que ahora mismo arrastran.
A la espera de que la comunidad internacional despierte y los norteamericanos se sacudan esa miasma con el pelo rojo. Y podrían empezar los países decentes del mundo llamando a consultas a sus embajadores, para que el pueblo norteamericano entienda que el mundo considera a Donald Trump algo aún peor que una persona non grata.
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