Jorge Alberto Gudiño Hernández

Sabores de la infancia

08/02/2026 - 12:01 am

"No es infrecuente la escena en la que me topo un dulce que no comía hace años, un postre que me remite a mi infancia".

Sabores de la infancia
Una pareja camina por el centro de la ciudad de Toluca vendiendo algodón de azúcar de colores. Foto: Crisanta Espinosa Aguilar, Cuartoscuro.

En “Une gourmandise” (en español tiene dos títulos: “Una golosina” y “Rapsodia gourmet”), Muriel Barbery cuenta la historia de Pierre Arthens. Es un connotado crítico gastronómico, acaso el más afamado. Se sabe cercano a morir y, por ello, emprende una búsqueda en pos de un sabor perdido. Sabe que está en su infancia, pero no logra precisarlo.

Yo he sido goloso toda mi vida. Y ese gusto por lo dulce me ha traído desencantos. No es infrecuente la escena en la que me topo un dulce que no comía hace años, un postre que me remite a mi infancia, un guiso que llevo décadas sin comer, hasta un simple pan probado en un viaje con escalas en pueblitos varios que ahora se aparece en medio de la ciudad. Cuando mi entusiasmo logra evadir la mirada admonitoria de mi mujer, me apresuro al consumo. Y, casi siempre, queda un dejo de desilusión.

Es normal, lo sé. Sabemos bien que las percepciones pasadas han sido distorsionadas por la memoria, por el tiempo, por ciertos procesos de idealización. Pasa con el recuerdo placentero, como el de esa golosina, y con los malos tragos de la vida (al menos, con los irrelevantes). Es imposible trasladar con fidelidad a las emociones, perpetuarlas en el tiempo.

Me ocurrió, de nuevo, este fin de semana. Vi en una dulcería del mercado sobre ruedas, unos caramelos que me fascinaban de niño. Ya no era asunto de que me los dieran de cambio por alguna compra y falta de monedas. Compré una buena cantidad. Caramelos con una envoltura negra y blanca; con el dibujo de una mujer. Caramelos cafés. Caramelos ricos, dulces, cumplidores… y nada más.

Mi sentido del gusto ha cambiado mucho en este tiempo. Lo han echado a perder los cigarros que fumé y todo el café que he bebido. Quiero pensar que, quizá, también se ha sofisticado. Me niego, sin embargo, a aceptar que ya no me interesan los sabores simples. Tampoco que renuncio a lo que me produjo placer antaño.

Me niego porque tampoco es cierto. Sigo disfrutando de esas otras golosinas o platillos que no he dejado a lo largo de la vida. Mi fonda predilecta lo es desde hace mucho. Hay guisados de mi madre que me parecen insuperables y caramelos que sigo consumiendo con singular alegría.

¿Entonces? Entonces el tiempo. Con lo que sigo consumiendo queda poco espacio para la distorsión, para el emborronamiento de la memoria. A lo que desapareció lo acompaña la nostalgia y ella siempre es traicionera. Como se burlaba un buen amigo: “la nostalgia ya no es lo que era antes”.

El recuerdo, pues, tiende a elevar las expectativas mientras el tiempo deslava ciertas experiencias. Más que entristecerme por encontrar frustrante el reencuentro de ciertos sabores, ahora me angustia pensar en los que acabaré perdiendo. Pero ¿quién sabe?, en una de ésas me topo con alguno de la infancia que creí olvidado o, mejor, que no me agradaba, y descubro una maravilla en su gusto. Será cosa de seguir probando.

Jorge Alberto Gudiño Hernández

Jorge Alberto Gudiño Hernández es escritor. Recientemente ha publicado la serie policiaca del excomandante Zuzunaga: “Tus dos muertos”, “Siete son tus razones” y “La velocidad de tu sombra”. Estas nov... Ver más

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