La "Dama de Hierro", Margaret Thatcher, fue dura sin duda al referirse a la obra de Francis Bacón. No obstante, las pinturas del artista irlandés ya habían sobrevivido, en 50 años, cosas peores que la opinión visceral de una primer ministro que se refería a ellas como "asquerosos trozos de carne".
Principalmente las piezas de Bacon tienen la virtud de haber sobrevivido a él mismo. El temperamento del artista ya le había cobrado factura a sus primeras pinturas, las cuales fueron destruidas por completo. Sin embargo, la carrera de Bacón despuntó en 1944 tras exhibir la pieza "Tres estudios de figuras junto a una crucifixión", tras lo cual empezó a hacerse de un público.
A pesar de su explosividad, Bacón llevaba una vida tranquila y libre de escándalos. Sus pinturas, en cambio, parecían escupir lo que el artista no decía con palabras: la obsesiva representación del cuerpo humano como un objeto mutilado que regresa a la animalidad. Las pinceladas violentas sólo reforzaban la idea central: la estructura corporea ya no era un refugio, se había perdido como ilusión.
Bacón falleció hace 20 años en Madrid, a los 82 años de edad. Sus fantasmagóricos retratos sobreviven aún, recordándonos los horrores de la post guerra y la lucha del ser humano, acosado por ideas y filosofías divididas; desmembrado ante la imposibilidad de conciliarlas.











