Me entero ahora que, en plena emergencia sanitaria, los organilleros de la capital, que han sobrevivido más de un siglo a toda clase de contingencias urbanas, están ahora sí en peligro de extinción. Foto: Cuartoscuro.

Una de estas frías y prematuras tarde-noches de noviembre, en obligado encierro, escuché de pronto como un rumor lejano  el sonido inconfundible de un organillero, que en plena pandemia interpretaba el vals Sobre las olas en alguna esquina de la colonia Del Valle. Su música me produjo un verdadero ataque de nostalgia, al grado casi de las lágrimas.

Y es que quizá no haya para mí un personaje capitalino más entrañable que el también llamado cilindrero, ese músico callejero que va con su pesado instrumento a cuestas y se instala en alguna esquina de la ciudad para interpretar melodías inolvidables.

El origen de mi nostálgico cariño a este debe estar en algún recóndito lugar de mis recuerdos infantiles, tal vez cuando iba con mi madre de compras al Centro Histórico, que entonces no se llamaba Centro Histórico, precisamente en estos días otoñales. Solíamos ir a las tiendas de ultramarinos de las calles de Bolívar o Uruguay para adquirir los implementos para las fiestas de fin de año, o a los grandes almacenes como Astor y Al Puerto de Veracruz, donde nos compraban ropa para todo el año siguiente. Era obligado comprar en alguna esquina de Isabel la Católica o Madero una docena de castañas asadas en comales la lámina calentados con un anafre de carbón.

Parte sustantiva de ese ambiente eran sus sonidos característicos, como el barullo de los vendedores callejeros (“…lleve su juguete de novedad…”), los pitidos intermitentes de los agentes de tránsito o, precisamente, la música del organillero, que ya desde entonces vestía un uniforme beige y estaba tocado con una gorra como de cartero. Generalmente, como hasta ahora, iba en pareja con un colega y ambos se turnaban para darle vuelta a la manivela mientras el otro, cachucha en mano, recogía las aportaciones monetarias de los transeúntes.

Hoy suman a su indumentaria un maltrecho cubrebocas, que por lo general no les protege la nariz.

Me entero ahora que, en plena emergencia sanitaria, los organilleros de la capital, que han sobrevivido más de un siglo a toda clase de contingencias urbanas, están ahora sí en peligro de extinción, merced a una nueva legislación que al pretender reglamentar las actividades comerciales en la vía pública amenaza esa actividad que es parte ya del patrimonio cultural de la Ciudad de México.

Según la queja de los líderes de la Unión de Organilleros de México, que agrupa a unos 350 músicos, el contenido de la ley por aprobarse deja a criterio del Alcalde y personal de vía pública de cada demarcación capitalina la estancia de organilleros o aseadores de calzado, quienes tienen lugares específicos de trabajo desde hace décadas. Viola además sus derechos adquiridos.

El líder Luis Román Dichi recuerda durante la protesta que sus agremiados llevaron a cabo el pasado miércoles ante el Congreso de la Ciudad, en la esquina de Donceles y Allende, que su trabajo está regulado en un reglamento que data de 1975, donde no se contempla que paguen un solo peso por ejercer su trabajo en la vía pública, mientras que ahora serían consideradas “contaminantes visuales”, y estarían sujetas al pago de derechos o, peor, de extorsiones por parte de los temibles inspectores que cotidianamente esquilman a vendedores ambulantes.

Esta amenaza contrasta con la aparente simpatía que las autoridades del actual Gobierno de CdMx les había mostrado, al darles por ejemplo en mayo pasado un apoyo único de mil 500 pesos a cada uno con motivo de la pandemia del coronavirus, que ha obligado a estos músicos a restringir sus actividades y en algunos casos a suspenderlas.

Sabemos que el organillo es un instrumento originario de Alemania, que llegó a México hacia 1880. En un principio, su posesión era un lujo que sólo se podía disfrutar en las salas de las residencias de la clase pudiente y, curiosamente, en algunos circos. Ya a principios del siglo XX empezó a popularizarse como un instrumento callejero, que acabó poco a poco por convertirse en parte del mobiliario citadino.

La gran dificultad, además de la compostura del mecanismo de madera y metales, era conseguir los rollos musicales para los cilindros, pues sólo se fabricaban en Europa. Los primeros organillos únicamente tocaban valses austriacos o composiciones alemanas y francesas. Algunos músicos mexicanos aprendieron a repararlos primero, luego a adaptarlos y finalmente a fabricarlos, con lo que fue posible incorporar al repertorio melodías mexicanas como Las Mañanitas, Cielito Lindo, La Adelita o Sobre las Olas, el famoso vals del compositor guanajuatense Juventino Rosas.

Con el paso del tiempo, los organilleros extendieron su territorio de trabajo más allá del centro de la ciudad y hoy los encontramos lo mismo en las cercanías de la Basílica de Guadalupe, al norte, que en barrios de fuerte afluencia de turistas y paseantes, como Coyoacán y San Ángel, al sur, o Tacubaya y Chapultepec, al poniente.

Seguramente por el intenso tránsito de peatones que se registra en las inmediaciones de las estaciones del Metro y del Metrobús en la esquina de Insurgentes Sur y Félix Cuevas, y por la existencia de tiendas departamentales y plazas comerciales como Liverpool y Plaza Galerías, es frecuente por mis rumbos, desde hace mucho tiempo, la presencia de estos personajes tan cercanos a mis vivencias.

Además, en el parque de San Lorenzo, que tengo mero enfrente, todos los jueves por la mañana suelen reunirse cuatro o cinco de esos cilindreros para afinar sus aparatos, que por cierto suelen guardar en una casa de la calle de Fresas, a la vuelta de la mía, donde reciben también por una cuota semanal los enseres de vendedores callejeros de frutas, tamales, semillas o frituras.

El oficio de organillero, además de una tradición ya centenaria que debe protegerse, es una actividad que familias capitalinas han mantenido durante décadas, de generación en generación, toda vez que los hijos heredan de sus padres no sólo el instrumento, sino además la peculiar vocación de ejecutarlo y la habilidad de hacerlo adecuadamente al imprimir un ritmo adecuado al giro de la manija y así evitar las consabidas desafinadas que también son parte de la naturaleza propia de ese arte singular. Aunque la conseja popular asegure que lo difícil no es tocar el organillo, sino cargarlo… Válgame.

DE LA LIBRE-TA

CATECISMO. A diferencia del escrito por el padre Jerónimo Ripalda, con el que muchos aprendimos a aplicar las enseñanzas del Evangelio y la Doctrina Cristiana, el catecismo del padre Andrés Manuel es a final de cuentas, dos años después de su pomposo anuncio, un mal refrito de la Cartilla Moral de don Alfonso Reyes, que según el pastor tabasqueño busca… ¡redimir a los corruptos!

@fopinchetti