Ciudad de México, 11 de noviembre (SinEmbargo).– No nos queda sino aprender de la historia y traducir el presente. Donald Trump caminó rumbo a la Presidencia de Estados Unidos de la mano de muchos religiosos, sobre todo protestantes, a la vez que abrazaba a los más rabiosos: los neonazis. Este texto permite advertir cómo el Nacional Socialismo de Hitler hizo lo mismo. Por conveniencia, siendo él lo más cercano a un ateo, se acercó a las iglesias y luego se las comió. Las transformó a su conveniencia. Adaptó un “Cristo ario” para extender su dominio sobre las masas.
Estas son lecturas importantes para nuestros días. Con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial, Puntos y Comas de SinEmbargo le lleva a usted este capítulo de El Tercer Reich, Una Nueva Historia, de Michael Burleigh en una traducción de José Manuel Álvarez Flórez.
En esta misma edición de Puntos y Comas puede leer un texto más: El “renacimiento de una nación”: cómo arrastró Hitler a millones al abismo.
Hombres de Dios
Por Michael Burleigh
El nacionalsocialismo, como otras dictaduras totalitarias, parodió muchos de los atributos escatológicos y litúrgicos de las religiones de redención, siendo al mismo tiempo fundamentalmente antagónico respecto a las Iglesias, rivales, según el punto de vista nazi, en el control sutil totalizante del pensamiento. Sin embargo, el carácter abrumadoramente cristiano del pueblo alemán obligó a Hitler a disfrazar sus ideas personales con invocaciones sermoneadoras al Altísimo y a distanciarse de los irreligiosos radicales de su propio partido, aunque sus ideas probablemente fuesen más extremas. Durante el periodo de Weimar, vilipendió periódicamente al católico Partido del Centro por establecer coaliciones con los «internacionalistas ateos» del SPD. El realidad, sus ideas eran una mezcla de biología materialista, desprecio falsamente nietzscheano hacia los valores cristianos esenciales, diferenciándolos de los secundarios, y un anticlericalismo visceral. Aunque desdeñase el enfrentamiento con los que vestían «enaguas y sotanas», ese enfrentamiento acabaría llegando:
La guerra terminará un día. Yo consideraré entonces que la tarea final de mi vida será resolver el problema religioso. Sólo entonces estará completamente segura de una vez por todas la nación alemana. Yo no intervengo en cuestiones de fe. Por tanto, no puedo permitir que los eclesiásticos intervengan en los asuntos temporales. Hay que aplastar la mentira organizada. El dueño absoluto debe ser el Estado. Cuando yo era más joven, pensaba que había que arreglar las cosas con dinamita. He comprendido más tarde que hay margen para un poco de sutileza. La rama podrida se cae sola. El Estado final debe ser: en la silla de san Pedro, un oficiante senil. Frente a él, unas cuantas ancianas siniestras, completamente gagás y pobres de espíritu. Los jóvenes y los sanos están de nuestro lado.
Estas ideas, aunque fuesen toscas, eran más o menos congruentes con la retórica acalorada de los conflictos decimonónicos entre la Iglesia y el Estado. Pero en lo que siguió, Hitler abandonó ese terreno por cosas que a Emil Combes le habrían parecido horribles: «Cristo era ario» y no judío. San Pablo era responsable de movilizar al «hampa criminal» en pro del «protobolchevismo». El cristianismo no significaba nada más que «un franco bolchevismo bajo un oropel de metafísica». «¿Qué Dios es éste a quien sólo le complace ver a los hombres morder el polvo ante Él?». ¿Qué era el cielo cristiano comparado con el del Islam? El cristianismo era una «invención de cerebros enfermos».
Un negro con sus tabúes es «aplastantemente superior al ser humano que cree en serio en la transustanciación». Y continuaba:
Pero ¿por qué creéis que reemplazaría yo la imagen del más allá de los cristianos? [...]. El alma y la mente emigran, lo mismo que el cuerpo retorna a la naturaleza. Esta vida renace eternamente de la vida. En cuanto al «¿por qué?» de todo esto, no siento ninguna necesidad de estrujarme los sesos con ese tema. El alma es insondable [...]. El hombre lo juzga todo en relación consigo mismo. Lo que es más grande que él es grande. Lo que es más pequeño, es pequeño. Sólo hay una cosa segura, que uno es parte del espectáculo. Todo el mundo encuentra su propio papel. Existe alegría para todo el mundo. Yo sueño con una situación en la que todo hombre sepa que vive y muere por la preservación de la especie.

Hacia ahí era probablemente hacia donde tenderían las cosas, con el Warthegau sin dios de Greiser funcionando como laboratorio para un sistema de gobierno futuro. Pues, políticas que no se aplicaban por razones de Estado en Alemania o en Austria, y no digamos ya en Francia o en Noruega, podían emplearse con absoluta impunidad en la Polonia ocupada, sobre todo porque el catolicismo era un elemento integral básico de una nacionalidad polaca que los nazis pretendían extirpar. Un escenario espiritual rico y denso quedó reducido rápidamente a un desierto. En 1941, casi todas las iglesias y capillas de la diócesis de Posen-Gnesen estaban cerradas. Y el once por ciento del clero católico había sido asesinado. Casi todos los eclesiásticos restantes habían sido deportados o encarcelados. Muchos padecieron martirio en campos de concentración nazis.
No es éste el lugar adecuado para describir la historia de la «Lucha de las Iglesias» con el nacionalsocialismo, ya que sus impulsos subyacentes tenían poco que ver en muchos casos con la resistencia. Esa lucha entrañó guarnecer las murallas de la Iglesia en defensa de una forma de vida y una visión del mundo libres de los elementos contaminantes presentes en Alemania durante los años treinta, porque sus efectos, aunque no sus intenciones, fueron a veces exclusivistas, produciéndose escasas protestas por la gente perseguida por razones políticas o raciales. Aunque es indiscutible que las Iglesias se vieron hostigadas y se enfrentaban a una extinción a largo plazo, cerraron las puertas del sancta sanctorum, dejando fuera a los demás, a merced del ansia destructiva de las hordas neobárbaras. Aunque la idea de que se opusieron «a regañadientes» sea un poco exagerada, las protestas esporádicas por cuestiones que afectaban directamente a las Iglesias y a las doctrinas cristianas básicas estuvieron acompañadas del silencio respecto a los crímenes terribles contra el prójimo y de profesiones sinceras de lealtad en momentos de crisis nacional.
Un problema importante que se planteó cuando las Iglesias trataban con el nacionalsocialismo fue la ambigüedad de la ideología de éste y la relación extremadamente escurridiza entre ideología y estrategia política. Hitler, en su declaración política inaugural en el Reichstag, proclamó: «El Gobierno nacional considera que ambas confesiones cristianas son el factor más importante para el mantenimiento de nuestra sociedad». El nerviosismo de los protestantes ante un tercer canciller católico sucesivo se calmó con el rumor de que Hitler, aunque fuese nominalmente católico, «pensaba como» un protestante. Muchos miembros del alto clero, engañados con esto, apoyaron públicamente a Hitler como canciller, prefiriendo pensar que se trataba del advenimiento de una nueva era ético-espiritual que acabaría con el materialismo y el desorden de la República de Weimar. Sin embargo, muchos otros miembros del alto clero estaban preocupados por las ideas anticristianas de Mythos des 20. Jahrhunderts, de Alfred Rosenberg, sobre el que el obispo Galen de Münster declaró: «Si esto es la ideología nacionalsocialista, nosotros rechazamos la ideología nacionalsocialista», y organizó una importante procesión religiosa cuando Rosenberg intentó hablar en su diócesis. Sin embargo, los obispos dieron marcha atrás cuando Hitler desaprobó de modo informal el libro de Rosenberg y les reprochó a ellos hacerle publicidad gratuita armando tanto escándalo en torno a él. El que Hitler fuese tan escurridizo respecto a cuestiones que no eran esenciales desde el punto de vista del dogma y el anhelo de orden y estabilidad del clero (y su hostilidad al liberalismo y a la izquierda) hicieron que se alcanzara un precario modus vivendi.
La estrategia inicial de Hitler hacia las Iglesias fue doble. La fe dominante, con unos cuarenta millones de fieles nominales, se controlaría a través de la autocoordinación de las iglesias estatales autóctonas, lo que se lograría mediante el patronazgo estatal de una secta llamada los «cristianos alemanes», y la imposición de un «obispo del Reich» protestante. En cuanto a los católicos, el propio Pío XI creía que la diplomacia era la vía para asegurar la misión apostólica de la Iglesia en una sociedad sin Dios, y con ese fin firmó unos cuarenta concordatos. Con Polonia lo firmó en 1925, con Italia en 1929 y con Alemania el 20 de julio de 1933. Desde el punto de vista de Hitler, esto reducía a la Iglesia católica minoritaria a funciones caritativas y de culto, con lo que se neutralizaba al católico Partido del Centro, y se obtenía al mismo tiempo el máximo reconocimiento internacional para su régimen. Desde el punto de vista de la Iglesia, protegía a las organizaciones apostólicas católicas y trazaba una línea clara que permitiría la impugnación legal de cualquier abuso. Esto se ajustaba a la creencia de Pío XI en que los movimientos como Acción Católica, con sus campañas en favor de la vida familiar y contra la pornografía (si se prefiere, en pro de la «recristianizacion» de la sociedad moderna) defendían la causa mejor que los partidos confesionales, con su tendencia intrínseca a fragmentarse a lo largo de líneas de clase en las cuestiones económicas, y su búsqueda de acuerdos y planes seculares. La Iglesia se había vendido para preservar sus instituciones, aunque intentase justificarlo.

Paradójicamente, la primera empresa se vio frustrada por el fanatismo de los «cristianos alemanes», la llamada «SA de Jesucristo», y por la manifiesta ineptitud del obispo del Reich respaldado por el Gobierno, Ludwig Müller. La declaración de principios de los «cristianos alemanes» incluía lo siguiente:
Nos situamos firmemente en el terreno del cristianismo positivo. Profesamos una fe afirmativa en Cristo, ajustando nuestra raza y nuestro ser a la mentalidad luterana alemana y la piedad heroica.
La mera compasión es «caridad» y conduce a la presunción, acompañada de mala conciencia y afemina a una nación. Sabemos algo sobre la obligación cristiana y la caridad hacia los desvalidos, pero exigimos también que se proteja a la nación de los incapaces y los inferiores.
Consideramos un gran peligro para nuestra nacionalidad la Misión Judía. Pretende que haya sangre extranjera en nuestra nación. Los matrimonios entre judíos y alemanes deben estar terminantemente prohibidos.
Cuando los «cristianos alemanes» intentaron introducir el «párrafo ario» en el gobierno de la Iglesia, retirando obligatoriamente a los ministros de origen racial «no ario», algunos consideraron que era ir demasiado lejos. La consecuencia fue que se formó una Liga de Emergencia de Pastores, aunque su impulsor e inspirador, Martin Niemöller, tenía también puntos de vista trasnochados sobre los judíos. Las filas de la Liga de Emergencia crecieron considerablemente cuando los «cristianos alemanes» pidieron la eliminación del Antiguo Testamento, con su «moralidad judía de recompensas, sus historias de tratantes de ganado y concubinas». Había que eliminar también al «rabino Pablo» de los Evangelios y los judíos conversos debían celebrar culto en una Iglesia cristiana judía segregada. En enero de 1934, siete mil de los dieciocho mil pastores protestantes de Alemania pertenecían a la Liga de Emergencia; el resto, a la Iglesia Evangélica Alemana mayoritaria. La Liga se convirtió en la Iglesia Confesora, que celebró el primer sínodo nacional en Barmen a finales de mayo de 1934. Su atributo identificativo era: «La Iglesia debe seguir siendo la Iglesia» y los Evangelios, despojados de añadidos secularizados, eran normativos.
Esto llevaba el imprimátur de Karl Barth, el influyente teólogo reformado suizo que trabajaba por entonces en Bonn.
La resistencia de los eclesiásticos protestantes se veía obstaculizada por una tradición de cuatrocientos años de «trono y altar», basada en Romanos, 13, con su separación funcional de los poderes temporal y espiritual, y por el desvalimiento político de los protestantes alemanes durante la República de Weimar, un problema que muchos resolvieron apoyando al Partido Nazi. Se pasó por alto mayoritariamente que Lutero también había aprobado la desobediencia cuando el poder secular degeneraba en la «bestia del pozo insondable», o que el calvinismo escocés o suizo (como señaló Barth) convirtieron en un imperativo de la resistencia a la tiranía, una idea que influyó en los círculos reformados dentro de la vieja Iglesia Confesora prusiana.

Pero también la Iglesia Confesora se caracterizó por las ambigüedades. La Declaración de Barmen reconocía la doctrina de la separación de poderes, pero rechazaba simultáneamente las pretensiones del periodo del Estado como árbitro único y total de la existencia humana. Quería declararse leal, pero su defensa de la autonomía de la Iglesia tendía a hacerla desleal; al menos en lo relativo a la política eclesiástica de un gobierno con aspiraciones totalitarias. Sólo una vez, en 1936, elevó su voz el ala «fraternal» de la Iglesia Confesora en favor de los «sin voz de la tierra», en un memorando secreto enviado a Hitler, en el que se protestaba por la «desconfesionalización», la propagación del odio a los judíos, los campos de concentración, la Gestapo y la ubicuidad de las escuchas y el espionaje. No hubo respuesta ni acuse de recibo, y nunca se repitió un ataque que abarcase un ámbito de temas tan amplio. El jefe del grupo identificado con este documento (una versión aguada del cual se leyó en los púlpitos) fue asesinado un año después en el campo de concentración de Sachsenhausen.
Dentro del clero católico no hubo ningún caballo de Troya nazificado, ni ninguna secta similar a los heréticos «cristianos alemanes», aunque a veces algunos sacerdotes tenían ideas extrañas sobre los judíos. El carácter jerárquico e internacional de la Iglesia católica, centrado en una institución que había visto pasar ante sus ojos a déspotas, tiranos y revolucionarios asesinos, prestaba a los católicos un apoyo que no tenían en general los protestantes alemanes. Las cartas y encíclicas papales periódicas, como Casti connubi (1930), Non Abiamo Bisogno (1931) y Mit brennender Sorge (1937), trazaban una línea no sometida a discusión democrática en una institución sumamente autoritaria. Hasta ahí, todo iba bien. Sin embargo, en los años treinta, tanto Pío XI como muchos intelectuales católicos dieron su apoyo a regímenes autoritarios en Austria, Polonia, Portugal y España, debido en parte a la amenaza de regímenes o partidos ateos y anticlericales, como los republicanos españoles, y en parte por una búsqueda idealista de una «tercera vía» católico-corporativista entre el individualismo liberal y el fascismo totalitario y el marxismo, una vía que se materializó brevemente en la Austria de Dollfuss y en los anacronismos del Portugal de Salazar y la Irlanda de De Valera.
Estas tendencias eran evidentes también en Alemania, aunque se complicasen allí por lo que era específico del nacionalsocialismo, y lo diferenciaba de las diversas ramas de autoritarismo o fascismo de otros lugares. Muchos alemanes católicos tenían simpatías autoritarias e identificaban a los judíos con el bolchevismo o con la modernidad liberal-capitalista, pero deploraban los intentos de «arianizar» el cristianismo, los aspectos materialistas neopaganos de la ideología racial nazi y el totalitarismo que reflejaban las aspiraciones del régimen, aunque no siempre sus realidades estructurales cotidianas. Estas cosas explican muchos de los roces entre los católicos y el nazismo. Sin embargo, el deseo de esos antiguos «enemigos» del Reich bismarckiano, y de su jerarquía establecida, de ser leales al Estado, así como el hecho de que Hitler se distanciase tácticamente de sus seguidores más locos, produjo un modus vivendi entre la Iglesia y el Gobierno. El concordato con el Vaticano reflejaba esas ambigüedades. El secretario de Estado Pacelli, el futuro Pío XII, tuvo buen cuidado de señalar que un tratado diplomático no identificaba al Vaticano con una ideología política. Era un tratado con un Estado totalitario y contra una ideología totalitaria. Pero al margen de esas sutilezas, los «Te Deums» celebrando el concordato o los telegramas felicitando a Hitler por su cumpleaños, conspiraron para crear una impresión distinta, mientras que las diferencias de temperamento y enfoque hicieron que la reacción corporativa del episcopado católico no fuese demasiado impresionante.
Y tampoco se dejó en paz a la Iglesia. Los intentos del nuevo ministro de Asuntos Eclesiásticos, Hanns Kerrl, de establecer buenas relaciones entre la Iglesia y el Estado se vieron condenados al fracaso porque Kerrl carecía de peso político, mientras que personajes más poderosos como Heydrich y Himmler consideraban que las Iglesias pertenecían a su esfera de «adversarios a combatir». A los ataques a las organizaciones laicas católicas y a la prensa confesional siguieron burdas campañas contra las órdenes religiosas, en que se tachaba de farsantes, libertinos, pedófilos y pederastas a frailes y monjas. Se eliminó la exención fiscal de que gozaban las propiedades de la Iglesia no directamente utilizadas para el culto, e innumerables instituciones de auxilio social especializadas de la iglesia para ciegos, sordos, epilépticos o impedidos desaparecieron con la racionalización, un golpe que afectó a las redes caritativas de la Misión Interior y de Cáritas. Aunque, como hemos visto, estas últimas no eran inmunes a las modernas modas eugenésicas, tanto las leyes de salud hereditaria como el programa de «eutanasia» de época de guerra afectaban a la identificación cristiana básica con los débiles y a las doctrinas sobre la procreación, lo que acabó produciendo un cabildeo entre bastidores o, con menos frecuencia, protestas públicas, sobre todo del obispo de Münster Clemens Graf von Galen.
Sin embargo, hasta el ataque verbal centelleante de Galen incluía ambigüedades y no tuvo efectos prácticos. Galen sabía de las matanzas «eutanásicas» desde un año antes de que hablase de ellas y tal vez sea significativo que sólo lo hiciese cuando la Gestapo cerró, en el verano de 1941, las casas de los jesuitas y de las hermanas de la Inmaculada Concepción de Münster como parte de una campaña más amplia de expropiación de propiedades de la Iglesia. Aunque su sermón, que alcanzó notoriedad nacional e internacional, impulsó indudablemente a algunos dirigentes nazis a considerar la posibilidad de asesinarle, sus efectos sobre el programa de «eutanasia» fueron mínimos. La matanza médica de niños continuó sin impedimentos. Las instalaciones de gaseo se emplearon para asesinar a los internados en campos de concentración, mientras que la matanza «eutanásica» de pacientes psiquiátricos adultos continuó por otros medios hasta los últimos días de la guerra. Es discutible que el sermón de Galen, o las airadas protestas populares que lo precedieron, llegasen a tener efectos prácticos dignos de mención.
Estas protestas eclesiásticas, consideradas de forma aislada, podrían calificarse de «resistencia» si no fuese por el rechazo simultáneo de actividades subversivas y los respaldos clamorosos a la política exterior y a los triunfos militares del régimen. En otras palabras, la protesta por cuestiones concretas no desembocó automáticamente en un rechazo básico de un sistema de gobierno, lo mismo que la gente dispuesta a infringir la ley oponiéndose al aborto no rechaza por ello el sistema de gobierno imperante en las democracias. En agosto de 1935, la conferencia de obispos de Fulda garantizó al Gobierno que las asociaciones católicas «rechazan todas las actitudes y conductas subversivas, se abstienen de cualquier actividad política y rechazarán resueltamente de modo especial todo intento de aproximación del comunismo». Lejos de desear la muerte de Hitler, los cardenales Bertram y Faulhaber le felicitaron por sobrevivir a la tentativa de asesinato en solitario de Georg Elser del 8 de noviembre de 1939, con un «Te Deum» que se cantó en la catedral de Múnich «para dar gracias a la Divina Providencia en nombre de la archidiócesis por la afortunada salvación del Führer del atentado criminal contra su vida».
Los obispos católicos celebraron la victoria de las armas alemanas en la católica Polonia, pese al hecho de que la radio del Vaticano y el Osservatore Romano difundiesen informaciones confidenciales del cardenal Hlond sobre las atrocidades cometidas contra el clero católico polaco. Este hecho hace que no resulte tan sorprendente su silencio respecto a los judíos. Repicaron las campanas de las iglesias para celebrar esa victoria, lo mismo que lo hicieron después de la caída de Francia. El clero católico ayudó también al régimen a camuflar una guerra de asesinato racial-ideológico en Rusia, presentándola como una «cruzada» contra el bolchevismo ateo, una fórmula que no cubría el asesinato de judíos en la católica Polonia. Tampoco protestó la Iglesia por el confinamiento de víctimas diversas en campos de concentración, limitándose a tímidos intentos de prestar solaz espiritual a los católicos detenidos en ellos. Y con la excepción de unos cuantos hombres valientes, como el deán Bernhard Lichtenberg de Berlín, que murió en Dachau porque insistió en rezar todos los días por los judíos deportados, las protestas por las medidas antisemitas quedaron mayoritariamente limitadas al destino de los cristianos «no arios» más que el de los judíos en cuanto tales. Incluso cuando los obispos católicos protestaron a finales de 1941 por las propuestas de que los cónyuges de los matrimonios mixtos se divorciasen obligatoriamente, el cardenal Bertram se sintió impulsado a insistir en que sus palabras no estaban motivadas por «falta de amor a la nación alemana ni de sentimiento de la dignidad nacional ni de subestimación de las dañinas influencias judías sobre la cultura alemana y los intereses alemanes». Esta sombría historia no queda modificada materialmente por el hecho de que el Raphaelsverein católico o el «Büro Grüber» protestante lograsen sacar clandestinamente del país a unos cuantos judíos. El obispo Galen, incluso cuando denunció directamente el asesinato nazi de los disminuidos y los enfermos mentales, tuvo la precaución de acompañarlo de la cláusula adicional de que «nosotros los cristianos no hacemos ninguna revolución. Continuamos cumpliendo con nuestro deber de obediencia a Dios, por amor al pueblo y a la patria [...]. Seguiremos luchando contra el enemigo exterior, contra el enemigo que en nuestro medio nos tortura y maltrata, no podemos luchar con armas y sólo queda un arma: una perseverancia fuerte, obstinada y tenaz». Éste era el telón de fondo de profunda ambivalencia del caso más exclusivista de resistencia al nacionalsocialismo de un número contado de eclesiásticos.
La resistencia activa del clero fue obra de una minoría apoyada por una penumbra algo mayor que se limitó a admirar a estos individuos sin saber necesariamente lo que estaban haciendo. Por ejemplo, los monjes benedictinos de Ettal probablemente supiesen muy poco de lo que estaba haciendo en su medio el teólogo protestante Bonhoeffer en 1940-1941, pero a éste le proporcionó una gran satisfacción y un gran estímulo intelectual el hecho de poder estar allí, empapándose de las ideas católicas sobre el aborto, la anticoncepción y la esterilización, para el libro sobre ética que proyectaba. Alternó sus estancias en Ettal con visitas al clan de Kleist, con el que tenía una larga amistad desde su seminario experimental de la Iglesia Confesora de Finkenwalde, que apoyaban entre otros el pietista Ewald von Kleist-Schmenzin, con quien ya nos hemos encontrado.
El hijo del distinguido psiquiatra Karl Bonhoeffer, Dietrich, creció en un hogar privilegiado de clase media alta en el Grünewald de Berlín, destacando como teólogo a edad muy temprana. Viajó mucho por los Estados Unidos, donde adquirió su amor a Harlem y a los espirituales afroamericanos; grabaciones de Swing Low Sweet Chariot resonarían luego alrededor de Finkenwalde. Fue también allí, en 1931, donde se enfrentó por primera vez a la discriminación racial y al problema de cómo deberían reaccionar ante ella los cristianos, cuando se lanzó una campaña internacional en favor de nueve jóvenes negros condenados a muerte por la supuesta violación de una mujer blanca. Albert Einstein se apresuró a ofrecer su apoyo. El clérigo luterano Otto Dibelius se negó a hacerlo.
Bonhoeffer incorporó posteriormente esta experiencia a su interpretación de las responsabilidades más amplias ante Dios y ante la sociedad de la gente que había profesado. Como vicario de la iglesia alemana de Sydenham, en el sur de Londres, estableció relaciones de amistad perdurables con clérigos ingleses, sobre todo con George Bell de Chichester. Inflexible en su defensa de la iglesia frente al nacionalsocialismo y activo en la creación de una estructura institucional paralela a una Iglesia complaciente con el statu quo, Bonhoeffer tenía clara conciencia de la persecución de los judíos, sobre todo después de que afectó a su cuñado Gerhard Leibholz y a su mejor amigo el también teólogo Franz Hildebrandt, ambos de origen judío. A través de su padre, que era juez de un tribunal superior de salud hereditaria, conocía bien la política eugenésica nazi. Basándose en parte en sus propias experiencias con disminuidos en Bethel, creía firmemente que estos estaban especialmente próximos a Dios, tanto por su conciencia más intensa de la fragilidad y la mortalidad humanas como por constituir un recordatorio de la actividad terrenal básica curadora de Cristo. Quiso introducir en el conjunto de derechos civiles que encontró en Estados Unidos el derecho humano fundamental a multiplicarse, oponiéndose por ello firmemente a la fetichización nazi de la salud y a la soberbia sacrílega implícita en la pretensión de fabricar gente «perfecta» por medio de la razón y de la ciencia. En otras palabras, Bonhoeffer creía que debía defender a la Iglesia, pero acabó ampliando esa defensa a todos los vulnerables a la persecución. En abril de 1933, escribió: «La Iglesia tiene una obligación incondicional con las víctimas de cualquier orden social, aunque no pertenezcan a la comunidad cristiana». Era tarea de la Iglesia «no sólo sacar a las víctimas de debajo de la rueda, sino también intentar parar la rueda».
El régimen fue marginándole gradualmente: le prohibió enseñar, publicar y visitar ciertos lugares de Berlín salvo el hogar de la familia. Bonhoeffer cruzó poco a poco la línea que separaba la oposición teológica de la resistencia activa. Conviene señalar que podía haberse quedado en Estados Unidos en 1939; pero, como Moltke, eligió conscientemente volver a Alemania: «Debo vivir con el pueblo cristiano de Alemania durante este periodo difícil de nuestra historia nacional». Se enteró del programa nazi de «eutanasia» por su padre, del que su sucesor en Berlín, Maximinian de Crinis, y su antiguo ayudante Hermann Nitsche eran los principales responsables. Bonhoeffer pére se unió a Bodelschwingh de Bethel y facilitó como él información al pastor Gerhard Braune, que éste utilizó en su famoso memorando a Hitler.
Después de decidir que el «último» necesita al «penúltimo», Dietrich Bonhoeffer comunicó a su cuñado Hans von Dohnanyi que estaba dispuesto a trabajar como agente especial de la Abwehr, lo que no era poco para un antiguo pacifista. Su misión aparente era controlar a sus amigos ecuménicos, con quienes en realidad estaba forjando contactos en nombre de los miembros de la resistencia que había dentro de la Abwehr. Con este fin, emprendió misiones en el extranjero, sobre todo en Suiza y en Suecia. En Suiza, alertó a Willem Visser ’t Hooft de la existencia de un programa de «eutanasia», lo que se abrió paso puntualmente hasta una emisión de la BBC del obispo Bell. Durante esta reunión, Visser ’t Hooft preguntó a Bonhoeffer por quién rezaba y recibió esta respuesta: «Si quiere que se lo diga, rezo por la derrota de mi país, porque creo que es la única posibilidad de pagar por todo el sufrimiento que mi país ha causado en el mundo». En Suiza, Bonhoeffer se encontró en secreto con el obispo Bell para transmitir al Gobierno de Su Majestad la seriedad de la conspiración contra Hitler, revelando algunos de los nombres de los implicados, y para proteger a un nuevo Gobierno alemán del ataque de los Aliados, esencial para impedir que se volviera a hablar de una «puñalada por la espalda» si la resistencia conseguía matar a Hitler. A pesar de los esfuerzos de Bell, la falta de voluntad inglesa para diferenciar a los alemanes de los nazis, y los términos de la alianza de Inglaterra con la Unión Soviética impidieron negociaciones por separado con el enemigo, por lo que la vía ecuménica no daría ningún fruto con el Gobierno inglés.
El papel de Bonhoeffer en las conspiraciones contra Hitler no fue decisivo, pero su presencia moral y su legado fueron importantes. Nunca confundió los gestos con acciones más trascendentes, pidiendo a un amigo que se uniese a los clientes de un café que celebraban la caída de Francia: «Tendremos que correr riesgos ahora por cosas muy distintas, pero no por esa celebración». Tenía ideas sorprendentemente simples sobre el asesinato político, al menos para un teólogo luterano de tendencias políticas conservadoras. Aunque lo que cuenta Bell de que llamaba a Hitler «el Anticristo» probablemente sea apócrifo, comentaba: «No, él no es el Anticristo; Hitler no es lo bastante grande para eso; el Anticristo le utiliza, pero no es tan estúpido como ese hombre», una formulación de la que el diablo salía bien parado. Bonhoeffer exudaba optimismo cuando resultaba difícil ver más allá de los éxitos del régimen y dio apoyo moral a muchos miembros de la resistencia (aunque a Moltke la combinación de pedantería libresca y radicalismo le pareciese tan antipática como a Bonhoeffer las equivocaciones del conde respecto del asesinato), antes y después de su detención. Y estaba, por último, el vigor extraordinario de su fe de que dio pruebas durante su largo encarcelamiento, en la prisión militar de Tegel, en las celdas de la Gestapo y en Bunchenwald. Detenido el 5 de abril de 1943 en el curso de unas investigaciones dentro de la Abwehr, mantuvo la suficiente presencia de ánimo para convencer gradualmente a sus interrogadores de que retiraran las acusaciones más graves, ya que era difícil diferenciar entre sus actividades lícitas e ilícitas en la Abwehr, hasta que las pruebas documentales que afloraron tras la conspiración del 20 de julio le comprometieron fatalmente. Al descubrir lo largo que se hacía el tiempo de prisión, Bonhoeffer estableció un régimen físico e intelectual que no le dejaba tiempo libre. Sus padres, su prometida y sus amigos le proporcionaron libros que no podía obtener en la biblioteca de la prisión de Tegel, libros que utilizó para realizar importantes avances innovadores en una nueva teología «no religiosa», en la que se conciliaba el cristianismo con una humanidad contemporánea secular «mayor de edad». Se ganó a muchos de sus guardianes, y ofreció consuelo espiritual a sus diversos compañeros de prisión, salvo cuando sus ideas le parecían aborrecibles. Después de un confinamiento más riguroso en Prinz-Albrecht Strasse y en Buchenwald, le ahorcaron a primeros de abril de 1945 en el campo de concentración de Flossenbürg. Poco antes de su muerte le dijo a un compañero de prisión italiano «que como pastor consideraba su deber no sólo consolar y cuidar a las víctimas de hombres exaltados que conducían locamente un vehículo de motor por una calle atestada de ellas, sino también intentar detenerles».
La contrapartida católica de Bonhoeffer fue el sacerdote jesuita Alfred Delp (1907-1945). Mientras Bonhoeffer era vástago de la alta burguesía académica, Delp procedía una familia modesta del Lampertheim hessiano, una ciudad dormitorio de mercado para obreros del Mannheim industrial. Hijo de padres confesionalmente mixtos fue bautizado en la Iglesia católica pero se educó como protestante, hasta que en 1921 eligió confirmarse como católico. Participó en el movimiento juvenil Neudeutschland y decidió ingresar en la orden de los jesuitas. Aparte de muestras esporádicas de que tenía un carácter exigente, tuvo una vida casi vacía de personalidad, pasando por una serie de seminarios. Hizo el noviciado en Feldkirch, en el Vorarlberg, y estudió luego filosofía escolástica durante tres años en Pullach, cerca de Múnich, volviendo luego a Feldkirch como maestro de la Stella Matutina jesuita. A partir de 1934, estudió Teología en la casa jesuita de Valkenburg, Holanda, y en Sankt Georgen/Francfort, siendo ordenado en 1937 y regresando a Múnich primero como predicador y luego como director del semanario jesuita Stimmen der Zeit. Influido por Acción Católica, se interesó por la «tercera idea» más allá del individualismo liberal y del colectivismo marxista y por soluciones católicas a las cuestiones sociales. En octubre de 1941, el provincial jesuita Augustin Rosch, que había creado recientemente el Comité para Asuntos de las Órdenes Religiosas de la conferencia de obispos de Fulda con la finalidad de combatir los ataques nazis a las órdenes religiosas, tuvo una reunión clandestina con Helmuth von Moltke. Rosch introdujo posteriormente a Alfred Delp y a Lothar König en lo que se convertiría en el círculo de Kreisau. Para Moltke, los jesuitas eran una vía útil para llegar al episcopado católico y a los grupos de resistencia del sur de Alemania, como el círculo monárquico bávaro de Franz Sperr. La participación de Delp tuvo otra ventaja imprevista. Su profundo interés por la cuestión social (sobre la cual publicó artículos de opinión) ayudó a socialistas como Mierendorff a cooperar con más entusiasmo con aristócratas prusianos. Delp fue detenido el 28 de julio de 1944, cuando celebraba misa. Fue torturado. Se celebró una parodia de juicio entre el 9 y el 11 de enero de 1945. Un acusado jesuita permitió a Freisler descubrir una conspiración «negra» internacional y dar rienda suelta a la furia anticlerical: «¡Ni con pinzas tocaría un alemán a un jesuita! [...] Si supiese que había un provincial jesuita en una ciudad sería casi un motivo para que yo no fuese a esa ciudad». Delp fue condenado a muerte y ahorcado el 2 de febrero de 1945. Sus últimos pensamientos fueron: «Esto no ha sido un juicio: ha sido simplemente la actuación de la voluntad de aniquilar». Por entonces, la «voluntad de aniquilar» se había generalizado, pues el nazismo se lanzaba a una carrera para materializar su misión destructiva, mientras las bombas de los Aliados estallaban en las ciudades alemanas, llevando indiscriminadamente la muerte y la destrucción a culpables e inocentes y, en realidad, también a los «testigos solitarios» de la resistencia.





