El Oasis de la Insignificancia
Óscar de la Borbolla
500 columnas y mi balance
"En estos últimos diez años y tras 500 reflexiones casi me siento solo en ese pacto. Y es que yo mismo no estoy tan seguro de dónde comienza lo objetivo y dónde francamente se trata de mera subjetividad".
Con esta columna llegó a 500 entregas para SinEmbargo. Son más de 10 años en los que de manera semanal he intentado ir aclarándome algún aspecto del mundo. Siempre he procurado explicarme algo a mí mismo: unas veces, de la naturaleza de la realidad, otras, de la condición humana; prácticamente, puedo decir que nada humano ha sido ajeno a esta columna: la ciencia, el arte, la filosofía, la religión, la tecnología, la moral, la conducta… En fin, creo que cuanto ha despertado mi interés o mi curiosidad ha desfilado por este espacio, y hoy, con 500 reflexiones a mis espaldas quisiera, además de agradecer a Alejandro Páez Varela, por tantísimos años de hospitalidad, y a todo el equipo de SinEmbargo que hace posible que se dé el encuentro con los lectores; también quisiera llevar a cabo un análisis de mi experiencia, un balance de lo que me ha sucedido: me reviso y descubro que hoy tengo más claro lo que me rodea, pero simultáneamente encuentro en mí un sentimiento de estupefacción provocado por el mundo de hoy.
¿Cómo puede ser esto posible: sentir que ahora entiendo mejor muchas cosas y a la vez sentirme aturdido, pasmado frente al mundo? Aclaro que no se trata simplemente de la tradicional paradoja de quien por saber más se percata de lo absolutamente grande que es su ignorancia, sino de que por mucho o poco que entienda hoy me siento estupefacto. Esta paradoja es, al parecer, de otro tipo e intentaré explicarla de la mejor manera que está a mi alcance: acometerla en primera persona. No cuento con un equipo de investigadores para realizar un estudio de campo y, por ello, no puedo más que confiar en que lo que me ocurre a mí le suceda también a mucha gente.
Comenzaré con una obviedad: cuando en mi temprana juventud cobré conciencia, quiero decir, cuando empecé a juzgar por mí mismo lo que me pasaba y pasaba ante mí, y conquisté lo que se llama tener "criterio propio": saber por mí mismo lo que estaba bien y lo que estaba mal, lo que me convenía y lo que no, y comencé a tomar mis decisiones, me sentí responsable; responsable de mis actos. Fue un momento decisivo, pues tuve la claridad y la honestidad de reconocerme como autor de lo que hacía: yo me sabía responsable aunque pudiera no admitirlo y escondiera la mano tras arrojar la piedra. De todas maneras, lo sabía con absoluta claridad: mis actos eran míos y yo era el responsable.

En esa remota ocasión ocurrió en mi vida un salto espectacular: pacté con la objetividad: había algo real: un mundo fuera de mí con el que me relacionaba, un mundo donde 5 era mayor que 4 y que, por mucho que yo deseara que ciertas cosas fueran de otro modo, no podía permitirme confundir la realidad con mis deseos. Ese salto espectacular simplemente consistió en aceptar que los hechos tenían la última palabra.
En estos últimos diez años y tras 500 reflexiones casi me siento solo en ese pacto. Y es que yo mismo no estoy tan seguro de dónde comienza lo objetivo y dónde francamente se trata de mera subjetividad. Los problemas revisados, las teorías estudiadas y, sobre todo, el observar detenidamente a los demás me han llevado a la estupefacción que he mencionado.
Vayamos por partes. En primer lugar, a lo más inmediato: la conducta de los demás. Hoy pareciera que nadie es responsable de sus actos. La inmensa mayoría pretexta el famoso "yo no fui, fue otro", y en muchísimas ocasiones, la autoría del acto se diluye achacándola a algún aspecto de la circunstancia: al medio social, a padecimientos mentales, a la adversidad en la infancia, a alguna alteración provocada por enervantes, a razones genéticas, a presiones grupales, a la falta de oportunidades, a la abundancia de oportunidades, a un sesgo cognitivo, al plomo en la sangre, a la ignorancia, a las mareas, al alcohol o a los astros… el caso es que incontables personas no es que se engañen o quieran eludir su responsabilidad, sino que auténticamente se sienten ininputables: tiran la piedra, no esconden la mano y ni ellos, ni quienes atestiguan el hecho, lo admiten. Hoy, para muchísimas personas 5 ya no es mayor que 4.

En segundo lugar, lo menos inmediato: las ideas filosóficas que parece que contribuyen al eclipsamiento de la objetividad, que no es otra cosa que la desaparición de la verdad, la verdad que los antiguos griegos llamaban: alétheia y que, literalmente, significa: desocultar. La verdad es lo que está oculto por incontables velos, es lo que se descubre dejando ver la evidencia: el ser mismo, los hechos. Ya el mismo Platón, con su Alegoría de la Caverna mostró lo escurridiza que es la verdad, y durante siglos las metodologías epistemológicas reiteraron dicha dificultad, pero de todos modos prometían algún método eficaz para llegar a la verdad. Poco a poco, sin embargo, la posibilidad de alcanzar la famosa verdad fue volviéndose ilusoria. A mi juicio, son cuatro los filósofos que asestaron fuertes golpes a la esperanza de encontrar la verdad: Berkeley (1685-1753) con su "ser es ser percibido", mostró que la objetividad es subjetiva: el ser es percepción. Kant (1724-1804) con su inaccesibilidad al nóumeno, a la cosa misma, mostró que todo era fenómeno, que lo que llamábamos realidad es una aparición en la conciencia. Hegel (1770-1831) con su dialéctica hizo que la verdad fuera un proceso y, por más que propuso haber llegado al saber absoluto, lo que sí dejó claro es que la verdad es histórica. Y finalmente, Nietzsche (1844-1900) con su apotegma: "no hay hechos, solo hay interpretaciones", idea que comparto, pero que sienta las bases de unas consecuencias prácticas que han armado este mundo que me deja estupefacto. Un mundo al que en mi adolescencia habría calificado como un mundo de locos y que hoy, sin embargo no puedo negar la validez de todos los puntos de vista, sin poder privilegiar ninguno, pues, precisamente, de eso se trata la pérdida de la objetividad: que todos tengan razón porque ninguno la tiene, y que haya múltiples mentalidades.
El recorrido que implican 500 reflexiones, me ha servido; pero estoy estupefacto. Solo me resta agregar: un gracias sincero, gracias a quienes me acompañan aquí en SinEmbargo al Aire desde hace unos meses y a quienes me han seguido durante años en SinEmbargo Mx.
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