Enero de 2026. Sur de Australia. Miles de murciélagos -conocidos como "zorros voladores"- están cayendo muertos desde sus nidos. Sus cuerpos aparecen esparcidos en el suelo, algunos aún abrazando a sus crías, que horas después también morirán. La escena es devastadora y silenciosa. La causa no es un misterio: una ola de calor extrema, con temperaturas hasta 20 °C por encima del promedio histórico en la región. La magnitud del evento ya es considerada uno de los mayores episodios de mortalidad masiva registrados para esta especie.
¿Cuál es la razón de la muerte de los murciélagos?
Muchos animales han sido afectados, pero los más vulnerables han sido precisamente los "zorros voladores", cuyas especies ya estaban catalogadas como en riesgo o vulnerables. Cuando la temperatura supera los 42 °C, estos murciélagos cruzan un umbral crítico: no tienen glándulas sudoríparas y dependen de mecanismos limitados para regular su temperatura corporal, como jadear o extender las alas. Cuando el calor es extremo y prolongado, esos mecanismos fallan. El resultado es hipertermia, colapso físico y muerte.
El calor también reduce su capacidad de volar y alimentarse, afectando el acceso a flores y néctar, lo que agrava aún más su debilitamiento.
Ante la tragedia, personas y rescatistas han intentado salvar a las crías huérfanas. Sin embargo, la cantidad es abrumadora. Los centros de rescate y voluntarios simplemente no se dan abasto frente a una crisis de esta magnitud.
Cicatrices ecológicas
Este suceso no es un hecho aislado, es un síntoma directo de cómo el cambio climático está intensificando las olas de calor, haciéndolas más frecuentes, más largas y más severas. Se trata de una tendencia global ampliamente documentada, atribuida principalmente a la acumulación de gases de efecto invernadero como el dióxido de carbono y el metano, derivados de actividades humanas como la quema de combustibles fósiles, la ganadería industrial y diversos procesos industriales. A esto se suman sequías más prolongadas y un mayor riesgo de incendios forestales.
Para las especies más vulnerables, esta crisis significa algo brutal: no hay tiempo para recuperarse entre un evento y otro.
"Hemos perdido a toda la generación del 2019", dijo el Ranger jefe de un parque que protege a estos murciélagos.
No se trata simplemente de “días calurosos”. Se trata de temperaturas anormalmente altas que ocurren con mayor frecuencia, duran más y dejan cicatrices ecológicas profundas, exactamente como lo predice la ciencia climática sobre el calentamiento global.
El impacto de los "zorros voladores"
En el caso de los "zorros voladores", la pérdida va más allá de la compasión. Estos animales cumplen funciones ecológicas vitales, como la polinización y la dispersión de semillas. Su desaparición afecta bosques enteros, altera ecosistemas y rompe equilibrios que tardaron miles de años en formarse.
Los animales no están muriendo sólo por el calor, están muriendo por un sistema que normaliza su sufrimiento, que ignora la crisis ecológica y que sigue priorizando modelos de producción y consumo incompatibles con la vida.
Cada cuerpo que cae de un árbol en Australia es una advertencia. No es una tragedia lejana ni inevitable: es una consecuencia directa de decisiones humanas. Mientras el mundo siga tratando estas muertes como daños colaterales, el conteo continuará creciendo, especie por especie.
El colapso no llega de golpe: cae, silencioso, desde las ramas, con crías aferradas a cuerpos que ya no pueden protegerlas. Cuando finalmente decidamos mirar, puede que ya no quede nada que salvar.




