El audiolibro de Archivo agonía traduce imágenes históricas de agonía a un complejo paisaje sonoro con 3 voces, y nos muestra cómo vivimos rodeados de estas imágenes.
Ciudad de México, 8 de febrero (SinEmbargo).– La novela Archivo agonía (Sexto piso) de Marina Azahua aborda el duelo, la muerte y los momentos finales de la vida a través de una colección de imágenes —la inmolación de un monje en el Tíbet, una ejecución en la silla eléctrica, y fusilamientos durante la Revolución mexicana—, que ahoran son narradas en el audiolibro de este trabajo que produce la plataforma Everand.
Se trata de una reinterpretación de la obra de Azahua publicada en 2024, una versión sonora, interpretada por la propia Marina Azahua, Elvira Liceaga y Rafael Pacheco, en donde las voces e imágenes del libro impreso cobran una vida singular e invitan al oyente a internarse en los ecos, la música y los silencios que habitan el duelo y la memoria.
“El principal desafío al traducir este libro al formato de audiolibro fue asumir que no podía ser una calca del texto original. Hay audiolibros que simplemente leen el texto en voz alta, sin más, pero el formato permite experimentar con lo sonoro a otros niveles. Lo que al inicio parecía un problema —cómo traducir imágenes a sonido— terminó siendo una ventaja. Derivó en un audiolibro muy singular, que abrió la posibilidad de hacer algo más que una simple adaptación”, compartió la autora en entrevista.
Archivo agonía narra la historia de R., quien le escribe a su amigo editor, Gabriel Fonseca, sobre Edith, su esposa fallecida, y sobre sus “canarios” —así les llamaba— intervenciones artísticas sobre recortes de periódicos que fueron integrando un archivo de imágenes como la que captó Malcolm Browne en junio de 1963 del monje budista Mahayana vietnamita Thích Quang Duc al momento de inmolarse, o la de Ruth Snyder luego de morir en la silla eléctrica y, también, la de un fusilamiento en la Revolución Mexicana. Cada una de esas imágenes que integran ese archivo fueron intervenidas por la fallecida Edith y narradas a detalle por su esposo R.
Darle voz a las imágenes
En ese sentido, Azahua comentó cómo tenía cierta ventaja, pues antes de Archivo agonía había escrito libros sobre arte y fotografía sin imágenes. “Mi escritura está muy centrada en la descripción de lo visual, así que era un terreno familiar. Las imágenes tenían que tener su propia voz, literalmente. Yo leí las cartas de la novela; Elvira Liceaga leyó los ‘canarios’, es decir, las imágenes; y una tercera voz, Rafael Pacheco, dio vida a las notas del archivo”.
“La voz de Elvira fue central en el experimento, porque necesitábamos que las imágenes tuvieran su propia sonoridad. No sólo por la voz, sino porque esas secciones están musicalizadas. Cada imagen, cada caso histórico de personas muriendo, tiene un tratamiento sonoro distinto, ligado conceptualmente a la escena”, apuntó.
Por ejemplo, platicó, en la ejecución en la silla eléctrica, el instrumento central es un sintetizador, un instrumento eléctrico. En el caso de los fusilamientos, el productor del audiolibro, Santiago Parra, se puso a investigar qué instrumentos se usaban en las orquestas durante la Revolución mexicana. Encontró una foto de una orquesta del ejército carrancista con una tuba pequeña y localizó a un trío que utilizaba ese mismo instrumento.
“Para el paisaje sonoro de los fusilamientos también grabaron un rifle: cómo suena al cargarse. Y en el caso del monje en llamas, hay un bidón de plástico que se derrite junto a él. Santiago se preguntó cómo sonaría el fuego desde el interior de un bidón. Así que metieron un micrófono dentro y grabaron el sonido. Son ese tipo de retos creativos los que te demuestran que, a veces, una dificultad termina siendo una bendición”, describió.
Un archivo de duelos
—Las intervenciones de Edith, ya en el plano literario, dotan de vida a estos recortes, desde una interpretación muy personal. ¿Eso también ocurrió durante la grabación del audiolibro?— se le preguntó.
—Una de las cosas más hermosas fue darme cuenta de que existía una traducción muy natural entre las imágenes producidas por el personaje de Edith y el paisaje sonoro que se construyó para cada canario. El trabajo artístico de Edith está basado en capas, en niveles, casi como sustratos geológicos. Usaba mucho albanene, superponía papeles, fotocopias. Hay una lógica de estratificación en su obra.
“Y el sonido funciona igual: por traslapes. Se construye un efecto complejo a partir de múltiples capas sonoras. Puedes tener pájaros en Vietnam, una marcha en la calle, el fuego, y el efecto surge de esa superposición, de ese palimpsesto unificado. Eso hizo que la traducción al audiolibro fuera muy natural y muy divertida. Era como desarmar y volver a armar la manera en que Edith había construido esas imágenes”.
—¿Qué significó para ti escuchar el producto final? ¿Qué lecturas te permitió?
—Traducir estas imágenes al sonido fue, para mí, una forma de salvarlas del silencio al que el archivo las había condenado. En la novela, la presencia de Edith es muy fuerte, pero ella no hablaba: se manifestaba a través de gestos visuales. En el audiolibro, Edith adquiere una voz material, la voz de Elvira. Ahora habla.
“Creemos que los audiolibros son algo nuevo, pero llevamos muchísimo tiempo relacionándonos con la literatura desde la escucha. Son formatos distintos, no calcas entre sí. Y cuando entendemos eso, podemos abrazar esas diferencias. Hay imágenes que se te quedan más grabadas porque te llegaron en audio”.
—Los archivos de agonía exploran ese estado en circunstancias muy distintas: el bonzo como protesta, el patíbulo, el pelotón de fusilamiento. También es clave que quien narra sea alguien que ya no está— se le planteó a Marina Azahua al final de la plática.
—Tiene que ver con el testimonio. No sólo las personas son testigos; también lo son los artefactos. En realidad no nos damos cuenta de cuán rodeados de imágenes de agonía estamos. En el último mes hemos visto videos casi en vivo de personas asesinadas por la patrulla fronteriza en Estados Unidos. Hemos visto una y otra y otra vez el video del asesinato de Renee Good, el video del asesinato de Alex Pretty. Antes era la imagen fija; ahora es el video reiterado. Estas imágenes siempre han circulado. Antes de la fotografía estaban el dibujo, la pintura. Hay toda una tradición visual obsesionada con el momento de la muerte: los lechos de muerte, la agonía como género pictórico.
“Para mí era fundamental reflexionar sobre la importancia de acompañar a los moribundos. Sobre lo que implica estar ahí, aun sabiendo que su experiencia es inaccesible. Y sobre lo que significa ser testigos de ese tránsito, tanto en una muerte pública como en una privada”. puntualizó.





