Andrés Calamaro conquista el Auditorio Nacional y ofrece su mejor concierto en México

30/06/2013 - 9:07 am

Foto: Cuartoscuro
Foto: Cuartoscuro

Ciudad de México, 30 jun (SinEmbargo).- Pocos artistas tan contradictorios y difíciles de comprender como el argentino Andrés Calamaro (Buenos Aires, 1961), sin duda una de las máximas figuras del rock en español contemporáneo, acaso el que menos ha calado entre los aficionados al género en nuestro país.

Durante mucho tiempo artista de culto en México, el público local vivió siempre alejado de las tormentas mediáticas –la mayoría escándalos provocados por el propio músico y otros que le vinieron de arriba cuando un abogado derechista y anacrónico quiso mandarlo a la cárcel por su canción “Loco”- y los gestos públicos de un artista tan admirado como repelido en su nación de origen.

Popular pero luciendo su abrigo de Marc Jacobs, sensible a las causas sociales pero sin escuchar las voces de los defensores de los animales que abominan de las corridas de toros, inteligente y culto pero empeñado en parecer y aparecer menos informado de lo que en realidad está, Calamaro es genio y figura de un personaje que ha ido construyendo a los tumbos, desmintiéndose a sí mismo en cuanta ocasión le fuera posible.

Sin que en México tengan peso su pelea con Charly García, sus romances con actrices locales, sus tuits enardecidos que a menudo alimentan la basura amarillista, fue la música el único pasaporte que tuvo que esgrimir a la hora de presentarse en nuestros escenarios.

Llegó tarde y grande. Cuando ya era un músico más que consagrado tanto en Argentina como en España, cuando ya había vencido a la muerte y doblegado el sino fatal a que lo había destinado su dañina adicción a las drogas, cuando ya era un señor mayor, padre de una niña y un artista que había perdido a unos cuantos amigos en el camino, entre ellos sus compañeros en Los Rodríguez, Julián Infante, Germán Vilella, Daniel Zamora y Guille Martín.

En  ese sentido podría decirse que su presencia aquí fue de menor a mayor. Si los primeros conciertos tanto en el Auditorio Nacional como en el Vive Latino fueron importantes porque saldaban una deuda antigua y concretaron un ansiado y largamente esperado encuentro con el público mexicano, el de anoche en El Coloso de Reforma resultó su consagración definitiva.

La muestra exacta de la grandeza de un compositor e intérprete formidable, de un músico con múltiples recursos, todos al servicio de una obra que tiene la enorme virtud de transcribir casi en forma científica aquello que nos pasa cuando nos enamoramos, cuando nos rompen el corazón, cuando gana o pierde nuestro equipo de futbol, cuando nos quedamos solos frente al espejo.

CASI TODO SE LO DEBE A SUS MÚSICOS

Ya lo habían advertido tanto la crítica como los asistentes a sus conciertos en Monterrey y Guadalajara: Calamaro está en su mejor forma y los músicos que trae son cosa seria.

Él mismo lo había reconocido en la conferencia de prensa el pasado 21 de junio cuando contó que las críticas publicadas acerca de sus shows en Latinoamérica destacaban el talento de sus acompañantes.

“Hay gente que dice que los músicos se roban el concierto pero yo estoy encantado porque cuando más se lo roben quiere decir que mejor música estamos haciendo”, dijo.

Lo cierto es que de la mano Baltasar Comotto (guitarra), Julián Kanevsky (guitarra), Mariano Domínguez (bajo), Sergio Verdinelli (batería) y Germán Wiedemer (teclados), en el marco  de su gira Bohemio (el título además del nuevo disco que verá la luz en septiembre próximo), “El Salmón” desembarcó por cuarta vez en el Distrito Federal para demostrar por qué es considerado uno de los más grandes exponentes del rock argentino y una figura imprescindible en el rock en español contemporáneo.

Sus músicos merecen un capítulo aparte. No son cualquier cosa. Hablamos de tipos como el guitarrista Baltasar Comotto, una joya descubierta por el Indio Solari – ex líder de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota-, quien lo mantiene como estable en su banda Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado.

Por si fuera poco, Baltasar, que debutó profesionalmente en el 2000, tocó con el fallecido Luis Alberto Spinetta, figura cumbre de la música popular argentina y que aparece en el segundo disco en solitario del guitarrista, Blindado, lanzado en 2011.

Julián Kanevsky, un guitarrista fino y elegante como pocos, nació hace 38 años en Buenos Aires, pero desarrolló su carrera en Madrid, tocando al lado de artistas españoles como Fito & Fittipaldis y Jaime Urrutia, entre otros. Tiene discos en solitario y es el único veterano en la nueva banda de Calamaro. La de anoche fue su cuarta presentación en México junto al Salmón.

Mariano Domínguez, el único bajista con cara de mala (la profesión se caracteriza por los tipos con pinta de bonachón) es estable en la banda Illya Kuriaki and the Valderramas y ha tocado con importantes artistas emergentes de Argentina como Santiago Vázquez, Juana Molina y Lisandro Aristimuño.

Sergio Verdinelli es el baterista histórico de IKV y fue integrante de las bandas de Luis Alberto Spinetta y Fito Páez. Se trata de un pequeño gigante al mando de la tarola, sin duda uno de los máximos responsables de la fuerza vertiginosa y abrumadora que da tono y carácter al Calamaro modelo 2013.

El veterano del grupo es el tecladista y director musical Germán Wiedemer, un músico de trayectoria y de raíz blusera, que formó parte de Los Ratones Paranoicos, Memphis La Blusera y tocó con Botafogo, David Lebón y Vicentico, entre otros.

TAN IGUAL Y TAN DISTINTO

Así, muy bien cuidado y apoyado por músicos de excelente nivel, Andrés Calamaro fue noticia anoche por algo que finalmente le hace justicia a su enorme calidad artística, un hecho además que borró las sospechas y miedos crecidos en el desarrollo de una accidentada conferencia de prensa en el DF, donde el músico apenas si logró hilvanar cuatro frases coherentes.

“Mi enfermedad”, “¿Quién asó la manteca?”, “A los ojos” abrieron un show en un escenario luminoso, hermosamente diseñado, con líneas sencillas y una pantalla al fondo con la que Calamaro dialogaba, esbozando sus filias a los toros, a Diego Maradona y evocando a sus muertos queridos, entre ellos el cantante de Memphis Adrián Otero, “el chico cuartetero” Rodrigo y, por supuesto, Luis Alberto Spinetta.

La voz de “Andrelo” no estaba en su mejor momento en el final de una gira que inició a principios de junio en Colombia. “Mañana me voy a casita”, confesó un locuaz Calamaro, el anticarisma que anoche se salió del molde hablando mucho durante el concierto, saludando a sus amigos toreros como Diego Silveti, quien le agradeció la mención hoy en su cuenta de Twitter y Arturo Macías, presente en el concierto.

“Saluden a un torero, maricones”, espetó desafiante al público cuando le dedicó un tímido aplauso a Macías. Puede uno no estar de acuerdo con la pasión de Calamaro por los toros, pero nadie puede negar su valentía al defender con tanto ahínco una pasión genuina.

Foto: Cuartoscuro
Foto: Cuartoscuro

Y así lo entendió la asistencia reunida en el Auditorio Nacional, al soportar estoicamente el video de las corridas y de la fiesta taurina que enmarcaron la interpretación de dos bellas canciones de su vasto repertorio: “Días distintos” y “El tercio de los sueños”.

“Crímenes perfectos”, “Los aviones” (que terminó con un acorde de “Oye cómo va”, de Tito Puente), “Día Mundial de la mujer” (con un colofón breve evocando “Stairway to Heaven”, de Led Zeppelin), mostraron el costado más romántico del Salmón, autor de las más hermosas canciones de amor del rock argentino.

El ritmo se aceleró con “Me arde”, una curiosa y un tanto desafinada versión de “Mi gin tonic” y la pegadiza cumbia de estadio “Las tres Marías”, donde Calamaro intentó infructuosamente mostrar sus nulas dotes para el baile.

“Para no olvidar” anticipó la mención al 29 de junio, cara fecha para los argentinos pues se conmemora el aniversario del título mundial de futbol obtenido en México’86, una circunstancia que Andrés no dejó pasar, cantando su himno a Maradona y exhortando al público a compartir su fervor por el astro mundial del balompié, que es en nuestro país un hombre bastante discutido.

La conmovedora “Estadio Azteca”, con el consabido saludo enviado a través de Calamaro por el autor de la letra Marcelo Scornik, quien la escribió cuando vivía en México, el tango hecho con el legendario compositor Mariano Mores, “Jugar con fuego” y “Loco” fueron testimonio de un Andrelo mucho más afinado (tomó un mate en el escenario dizque para aclarar la garganta) y a esas alturas totalmente entregado al público mexicano y viceversa.

El éxtasis sobrevino con lo que muchos consideran el mejor Calamaro expresado en la canción desgarradora “Output Input”.

“Carnaval de Brasil”, “Te quiero igual”, “El salmón” fueron lo mejor de un show que tuvo momentos inolvidables en varios tramos.

“Sin documentos” coreada por el público a voz en cuello, la intimidad de un argentino de ley en “Volver”, “Flaca”, “Paloma” y “Alta suciedad” fueron gemas en un mar de joyas a cargo de una banda poderosa y por momentos imposible.

El cierre con “Los chicos” dejó colmadas todas las expectativas y fue el broche dorado para un artista que bordó su consagración entre el público mexicano que ya lo hizo suyo.

Calamaro fue mucho Calamaro en el Auditorio Nacional. Bien por Andrelo, bien por nosotros.

Mónica Maristain

Mónica Maristain

Es editora, periodista y escritora. Nació en Argentina y desde el 2000 reside en México. Ha escrito para distintos medios nacionales e internacionales, entre ellos la revista Playboy, de la que fue editora en jefe para Latinoamérica. Actualmente es editora de Cultura y Espectáculos en SinEmbargo.mx. Tiene 12 libros publicados.

Lo dice el reportero