Un Quijote en Tenochtitlán
Juan Carlos Monedero
Trump, Cuba y México: las moscas y la mierda
30/01/2026 - 12:00 am
"Me preguntaba si se aplicaría esa frase a Trump y a todos lo que apoyan las barbaridades que está haciendo el Presidente norteamericano".
¿Qué haría López Obrador con la amenaza de Trump a México de poner aranceles si envía petróleo a Cuba?
Estoy convencido de que, de la manera que fuera, no dejaría a Cuba desabastecida. Siguiendo como siempre o de manera creativa. Pero seguiría la relación entre México y Cuba. Porque lo que uno piensa que debe hacer, no te lo pueden dictar desde fuera. Además, es lo inteligente, porque la izquierda se ha roto en muchos países, precisamente por haber renunciado a políticas de izquierda. Y algo esencial ¿alguien piensa que si cedes ante Trump eso va a apaciguarlo?
Milton Mayer, un periodista norteamericano, publicó en 1955 el libro Creían que eran libres, explicando cómo se impuso el nazismo en Alemania. Entre gente normal, que fue acostumbrándose a renunciar a la fibra moral de su país. Una conclusión de Mayer sirve para entender a Trump:
“Lo que preocupa a los tiranos es la resistencia en sí, no la ausencia de las pocas manos que se precisan para ejecutar el tenebroso trabajo de la tiranía. Lo que los nazis necesitaban calcular era en qué punto las atrocidades harían que la comunidad despertase y recuperase sus hábitos morales. Dicho punto puede desplazarse hacia delante si se declara una emergencia nacional, o la guerra fría, e incluso más allá si la guerra es caliente. Pero sigue siendo el punto al que el tirano debe acercarse siempre y no sobrepasar nunca. Si sus cálculos quedan muy por detrás del talante del pueblo, se arriesga a sufrir un golpe en sus propias filas; si van muy por delante, una revolución popular”
Como la derecha y la extrema derecha andan prendiéndole fuego a sociedades, parlamentos y cancillerías allí donde gobiernan y también donde no gobiernan, las redes se llenan también de comentarios sobre qué hacer con los fascistas.
En España ha habido un ligero escándalo -con carga de profundidad- porque se convocaron en Sevilla unas conferencias sobre la guerra civil española a la que finalmente renunciaron algunos de los invitados. La renuncia, desatada por un joven talentoso y exitoso, Javier Uclés, molestó como una patada en la entrepierna al organizador, el escritor Arturo Pérez Reverte, y junto a él a todos los medios reaccionarios que saben muy bien eso de hacerse las víctimas.
Las razones de la renuncia de algunos escritores, profesoras y políticos ha tenido que ver con el título, en realidad muy desafortunado, de las jornadas: “La guerra que perdimos todos”, que cae en la equidistancia con la que el fascismo siempre ha querido limpiar las culpas de aquella barbarie que puso en marcha Franco, Mola y Sanjurjo, tres militares asesinos, ayudados por Hitler y Mussolini.
La guerra civil la empezaron los que dieron el golpe de Estado, fascistas, monárquicos, golpistas, algún banquero y la jerarquía de la iglesia católica, mientras que la perdieron entre 150 mil y 200 mil fusilados por Franco, 500 mil exiliados, 350 mil encarcelados, condenados a trabajos forzados y torturados, a los que, además, les robaron sus bienes y a decenas de miles de mujeres, sus hijos. Junto a millones de españoles que perdieron la democracia. En el acto convocado por el autor del capitán Alatriste estaban al menos dos personas que no dudarían en dar hoy mismo otro golpe de Estado para tumbar al gobierno de Pedro Sánchez y, tampoco lo dudo, escribir listas de ultimables.
Esta semana también ha renunciado a la Cadena Ser un humorista que se rió de los medios carroñeros que utilizaron el accidente ferroviario en Málaga y al que las redes han masacrado diciendo que se había reído de las víctimas, lo que es falso. El ataque ha sido inclemente, como hace siempre la derecha cuando ve que puede hacer sangre. Ahí han estado los periodistas de la derecha, las presentadoras de la derecha, los comentaristas de la derecha (con los periodistas de izquierda no hay corporativismo que valga). Cuando finalmente renunció, las redes de la extrema derecha sacaban pecho: ¡Ya nos hemos cargado a otro! Era lo único que les importaba. Las víctimas nunca les han interesado: las usan para su pelea política. En México, en Argentina, en Chile, en Ecuador o en Colombia no son muy diferentes.
Una de las reflexiones de las redes, atribuyéndosela a los sospechosos habituales, decía: “Una abeja no desperdicia energía intentando convencer a una mosca de que la miel es mejor que la mierda”. No termina de convencerme la frase. Porque los seres humanos somos todos seres humanos. No hay seres humanos-mosca y seres humanos-abejas. Aunque sea verdad que unos chapoteen en la mierda y otros trabajen en el más dulce de los alimentos.
Me preguntaba si se aplicaría esa frase a Donald Trump, a los mercenarios del ICE, su Gestapo particular y, al tiempo, a todos lo que apoyan las barbaridades que está haciendo el Presidente norteamericano en tantos sitios. Pero tenemos que entender que si no vale para todos los que apoyan a Trump, sí a una parte considerable.
Y va siendo hora de que entendamos que Trump, no es, como bien dice Da Empoli, un acontecimiento, sino una época. Él es el producto de algo que está ahí y que tiene la “virtud” de, además de ser síntoma, de catalizar, es de decir, de animar y vivificar la reacción que le ha apoyado, de representarla y potenciarla. Por tanto, no es verdad que sea un mero accidente que se pasará pronto cuando la gente vuelva a votar a los demócratas. Hay un enorme giro a la derecha, ese giro es emocional, no racional, piensan que EU se hunde y quieren un “cirujano de hierro”. Y por eso está Trump ahí. Él y su exceso de testosterona.
Se ha publicado un estudio esta semana, se llama Después del MAGA, que analiza el universo que apoya al Presidente del pelo naranja. Ahí sale que un 30 por ciento de los 77 millones que le votaron son integristas religiosos, gente que cree que son el “pueblo bueno”, que EU está en peligro por culpa de los inmigrantes, de la izquierda, de los ecologistas y demás malos americanos que se merecen el infierno. También odian a los países que no se humillan a los norteamericanos. Son también esos vecinos chivatos que defienden al ICE, a los que les parece bien que acribillen a Pretti y a Renée Good, que lleven a juicio a niños para deportarlos, que los usen para que sus padres salgan de sus casas y los detengan o los cacen en el trabajo, misa o un partido de futbol como si fueran alimañas.
Otro sector intermedio normaliza ese corrimiento hacia la derecha porque son profundamente contrarios al ecologismo, al feminismo, al pacifismo y a la igualdad racial. Es decir, están en contra de lo que llaman la agenda woke. Un tercer grupo son los republicanos tradicionales, que piensan en términos de partido. Un último grupo son los moderados a los que les molesta Trump pero les pesa sobre todo el odio a la izquierda.
Todos comparten la idea de que lo normativo, el deber ser, no es relevante, y que todo debe medirse en términos de costo-beneficio, sirviendo la agenda “anti-woke” como pegamento simbólico. Si devastar Gaza es rentable, adelante con la devastación.
Hace falta que los pueblos sigan en las calles. Mientras que los gobiernos despiertan.
Basta ver el comportamiento del ICE con los propios norteamericanos, no sólo con los inmigrantes, gente militarizada y organizada en un cuerpo donde han reunido a la escoria ultra y violenta de los norteamericanos, para imaginar el futuro. Hoy vamos camino de dictaduras de clase personalistas, donde al dictador, en este caso Trump, apenas le acompañan un puñado de tecnócratas millonarios y el ejército de mercenarios que pueden comprar con su dinero.
Cuanto más se tarde en pararle los pies, será más difícil. Si quiebra nuestras líneas rojas morales, iremos, como en el tango, cuesta abajo en la rodada. A Trump le molestan lo que se llaman instancias multilaterales, es decir, instancias donde todos los países tienen los mismos derechos. Como la ONU. Por eso se ha inventado la Junta de Paz para gestionar el futuro de Gaza. El control de Gaza se lo ha entregado a un asesino, Tony Blair, corresponsable de alrededor de un millón de muertos en Irak con la mentira de la existencia de armas de destrucción masiva, y al yerno de Trump, Kushner, una rata inmobiliaria que va a hacer negocios levantando una ciudad de veraneo para ricos sobre las ruinas de Palestina. La Junta de Paz, donde solo hay dictadores y presidentes que están arruinando a sus países, como la Argentina de Milei, sustituye a la ONU, cada país debe pagar por su presencia permanente mil millones de dólares, precio que no debe aportar EU. Por supuesto, en la Junta de Paz está Israel y Netanyahu.
Esa misma lógica es la que ha llevado a Trump a presionar para quedarse con Groenlandia, hasta que sus aliados de la extrema derecha europea, y los arrodillados del resto de Europa (quizá con una tenue contestación de España y Dinamarca), le han dicho que eso ponía en riesgo la OTAN y, cosa no menor, el mundial de fútbol.
Ha reconocido la prensa norteamericana que el objetivo de las sanciones a Venezuela no era otro que debilitar al gobierno de Maduro. Los venezolanos que están fuera del país le deben a Obama, Biden y Trump el favor de haberse tenido que ir fuera de Venezuela porque los norteamericanos querían robarse el petróleo del país.
Sigue Venezuela rodeada de barcos, aviones, drones y misiles, con una pistola en la sien, viendo cómo le roban el petróleo y le devuelven, como posibilidad de la paz y contra su voluntad, un porcentaje no pequeño de lo que sale del país que está yendo a dos fondos que deben gestionar el bienestar de los venezolanos..
Trump sabe que él puede rodear con el ejército más poderosos del mundo a un país pequeño como Venezuela, pero no puede ponerlo de rodillas, igual que le pasó en Vietnam. Sigue siendo tiempo para Venezuela, para Colombia, para México, de ganar tiempo. Trump sabe que puede perder las elecciones de midterm, las que tienen lugar a mediados del mandato, y que son en noviembre de 2026. Si Trump pierde la cámara de representantes y el Senado, es muy probable que sea destituido en un impeachment, que es la salida más natural para el deterioro acelerado que sufre el país, sin contar, según la tradición norteamericana, que le pueda pasar antes algo.
Trump tiene su propio país en pie de guerra. ¿Podrá generar un conflicto armado entre la guardia nacional y el ICE que le permita declarar el estado de sitio y anular las elecciones? Ya dijo que no quería marcharse. Y si lo que tiene por delante es la cárcel, seguirá con la política de patada y hacia delante. En algún momento, los países del mundo tendrán que pararle los pies. Y deben hacerlo con legitimidad, para que los propios norteamericanos se den cuenta de que votaron a un loco, eso sí, con ayuda de Elon Musk que se compró Twitter y de la amplia mayoría de los medios de comunicación.
Trump puede frenarse, como en Groenlandia o con el ICE en Minneapolis. Hitler hacía lo mismo. Amenazaba y si había mucha respuesta, se replegaba. Hasta que volvía a intentarlo. Cada cesión a Trump le engrandece. Cada derrota, le enfada. Pero ese enfado, anima a los buenos norteamericanos. La norteamérica decente está en la calle. También Canadá está plantando cara a su vecino. E Irán no está dispuesto a dejarse humillar, por mucho que una guerra entre Irán e Israel sea el sueño húmedo de Netanyahu. Y China ha dicho que no va a dejar sola a Cuba. Y la ciudadanía europea se está sintiendo humillada con el comportamiento de sus dirigentes.
El apaciguamiento nunca ha frenado a los fascistas. Y la gente que ha estudiado el fascismo sabe que en EU ya hay un gobierno caminando a pasos agigantados hacia el fascismo. No es tiempo de quedarse esperando.
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