Ciudad de México, 10 de mayo (SinEmbargo).- Soraya Jiménez dejó claro que no quería ningún homenaje póstumo. El 28 de marzo de 2013 falleció debido a un paro cardiaco. Tal como ella lo pidió, no hubo ningún tributo. La medalla de oro que la atleta ganó en halterofilia durante Sidney 2000 fue la primera presea dorada para una mujer en la historia de México y significó el fortalecimiento de un cambio social recién entrado el siglo XXI.
El oficio de Jiménez fungió como ironía de la vida mexicana. Ahí estaba una mujer haciendo valer una fuerza que se supone sólo pertenecía al género masculino. En el país del ranchero pundonoroso, Soraya cargó 225.5 kilogramos, el peso de muchos hombres.

A partir de ahí resonaron nuevos nombres femeninos que pusieron el lente del mundo en México. La campaña que Nike creó para celebrar el paso de Ana Gabriela Guevara establecía el cambio en una sola frase: “Mi héroe es una chava”. La efervescencia por la realidad de las ansiadas glorias que el futbol no lograba consumar, reconvirtieron la rutina del aficionado mexicano.
Los bares y restaurantes seguían llenándose no para ahogar goles que no llegaban, sino para ver en menos de un minuto a su héroe poner la bandera tricolor en todo lo alto.
Cuando Guevara se retiró, era la mejor del mundo. Demostró que las mujeres maduran más rápido que los hombres y no pospuso su retiro como cualquier boxeador. Se fue en medio de homenajes, y aplausos dejando un legado deportivo a la par de otro que no se ve en ninguna estadística. La labor de la mujer que tradicionalmente se veía en los hogares comenzó a traspasar muchas fronteras ideológicas. Los sueños cambiaban, cada vez eran más lejos y ambiciosos.
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Ciudad Neza es un punto geográfico del país que durante muchos años se catalogó de peligroso. Los Toros Neza de Antonio Mohamed le cambiaron la cara a la ciudad con su futbol vistoso y excéntrico en los 90´s. Después del auge por la pelota, Belem Guerrero soñó arriba de su bicicleta. Con sus facciones morenas y sus ojos negros, representó a la mexicana en otra prueba de velocidad como Guevara.
Los juegos olímpicos de Atenas 2004 fueron el marco donde Guerrero hizo realidad su sueño y puso otra vez al mexicano a los pies de su dama sin serenata incluida. En una carrera por puntos en aquel velódromo griego, Belem llegó segunda mientras en México se festejaba. Años antes, unos futbolistas con el pelo pintado de colores pusieron en el mapa a la tierra mexiquense, ahora una medalla de plata permitía a la ciclista honrar como se merecía al suelo que la vio nacer.
Cuando la velocidad estaba en boga, dos mexicanas se vistieron de blanco y dieron un giro al rumbo de las noticias relevantes deportivas. Iridia Salazar, una mujer que pudo conseguir lo que se propusiera con su sonrisa, prefirió dar patadas de alto rendimiento. Tenía 22 años cuando en Atenas se quitó la careta azul que le protegía la cabeza para mostrar su cabello ondulado y su felicidad tras haber ganado la medalla de bronce en taekwondo.
Cuatro años más tarde, María del Rosario Espinoza tenía 20 años cuando se presentó en Beijing 2008. Nacida en Sinaloa, la taekwondoín demostró un carácter inusual para el resto del mundo. Ese que los mexicanos ya estábamos acostumbrados a ver en las mujeres de este país. Espinoza se colgó el segundo oro femenino en la historia de México y cuatro años después ganaría el bronce. Los héroes habían corrido, pedaleado en bicicleta y ahora mostraban un temple para anotar puntos con patadas precisas.
En busca de completar los elementos olímpicos, el carácter de nuestras mujeres se fijó en el agua. Paola Espinosa, Tatiana Ortiz, Laura Sánchez y Alejandra Orozco se zambulleron desde las alturas a una alberca olímpica con la mirada del mundo encima. Las esbeltas figuras con las caras de concentración y los rictus del esfuerzo en la caída, formaron una rutina que durante mucho tiempo determinó las emociones del país.
Espinosa ganó plata y bronce en juegos olímpicos consecutivos, Ortiz y Sánchez bronce, mientras que Orozco, a sus 15 años, se colgaba la plata haciendo pareja con Paola a la que años antes le había pedido un autógrafo mientras entrenaba.
Las emociones de los juegos olímpicos son siempre memorables. Han logrado cambiar muchos rumbos, pero sin duda en México, cada cuatro años renuevan el secreto a voces de que son las mujeres las que engendran la suficiente inspiración para que un pueblo sueñe y se mueva. Soraya Jiménez no quiso reconocimiento alguno después de su muerte. Como buena mujer, predicó todo con el ejemplo. Hablando poco, pidiendo menos.





