
Ciudad de México, 11 julio (SinEmbargo).- La vendedora de libros Gaby Vargas inspira la novela Haz el amor y no la cama (Alfaguara) del escritor mexicano Federico Traeger, según confesó el propio autor en una entrevista con SinEmbargo.
La historia de Iván un “escribidor” a sueldo que le viene manejando lo que es un slogan, un boletín de prensa o una labor de fantasma a quien se le ofrezca, se enreda peligrosamente con la de Martha (con hache) Marmolejo, una exitosa autora “motivacional”, famosa y multimillonaria.
“Es una mujer muy autoritaria, acostumbrada a que todo el mundo le rinda cuentas y le diga que sí a todo, que se encuentra con Iván, un escritor fantasma y “rollero” profesional que hace lo que se le da la gana. El contraste entre ambos es muy interesante y se presta para mucha atención”, dice Traeger, nacido en ciudad de México hace 54 años.
– ¿En quién te inspiraste para el personaje de Martha (con hache) Marmolejo?

– En alguien muy conocido en México, pero a quien no tengo el gusto de conocer todavía. Se llama Gaby Vargas. Estando en la Feria del Libro de Monterrey hace un par de años vi una fotografía gigantesca de ella y me intrigó muchísimo. Se trataba de una mujer muy resuelta, muy hermosa, en control de su vida, madura pero a la vez muy juvenil…no sé, como que le encontré aspectos muy interesantes que se me quedaron dando vueltas en la cabeza. Esa imagen comenzó a dictarme el personaje.
– Lo que es cierto es que nadie quiere ser tan feliz como esa foto, ¿verdad?
– Así es. Se trata de una felicidad muy fabricada y muy llena de compromisos y de fechas límite, una imagen muy estresante, la verdad.
– Haz el amor y no la cama es una especie de crítica a esa literatura fácil que tanto vende por otra parte…
– Sí, en cierto modo lo es, sobre todo en el personaje de Iván, quien tanto amor le tiene a la palabra escrita y oral, contrasta mucho con lo que le pagan por hacer, que es escribir un libro “motivacional” al que le eleva la calidad literaria y topa con la pared que le impone el negocio. Ella se lo tachonea todo, el esposo y el representante también…resulta que al final, después de tanta insistencia por parte de Iván y de haberse mezclado lo personal con lo profesional, es más fácil que Martha ceda y diga que sí. La literatura motivacional es una especie de paliativo que nos da soluciones fáciles a temas complejos. Te plantea recetas que si las sigues paso a paso resolverán tu vida. Con el psicoanálisis te llevará diez años, aunque llegarías al fondo del asunto, claro está.
– Por eso no hay espíritu crítico en ese tipo de lecturas: Voy a leer esto porque de antemano me lo creo…
– Es lo mismo que con las vitaminas o con los productos basura para adelgazar, que compras incluso a sabiendas de que es puro rollo.

– ¿Eres un autor psicoanalizado, acaso?
– (risas) Sí, he ido al psicoanálisis, cómo no. Ha sido interesante…he ido durante muchos años.
– Es muy gracioso como ella habla de sí en tercera persona, algo que la define muy bien, sin duda…
– Me di cuenta de que mucha gente que está muy conciente de su imagen tiende a hablar de sí en tercera persona. Es muy extraño.
– Lo que llama la atención es por qué Iván se engancha con semejante mujer. Al principio él es un hombre al que sólo parece importarle su pastor caucásico…
– Lo que pasa es que cuando dan el paso hacia la relación sexual y amorosa, entran en una zona de vulnerabilidad, donde todas las barreras se han bajado. Ella entonces se convierte en una mujer frágil, enamorada. Él, además, es un hombre inseguro, miedoso, que por primera vez en su vida profesional comienza a sentir celos del éxito que otra persona tiene gracias a sus frases y a su escritura. Empieza a sentir la necesidad de dejar de ser un fantasma.
– Iván deja muy claro a lo largo de la novela que tiene una deuda muy grande con su escritura. ¿Eso es algo que te pasó, teniendo en cuenta de que te defines como alguien que escribe lo que sea con tal de poder vivir a tu antojo?
– Sí, totalmente. En cierto modo, Iván es un Federico Traeger que me hubiera gustado ser. Más libre, con más huevos para decir las cosas tal y como son, que no se queda con las palabras detrás de los dientes, porque conoce el valor real de las palabras. En mi caso, siempre escribí, pero toda la vida me dediqué profesionalmente a la publicidad, que es estimulante creativamente hablando, pero que implica un trabajo en equipo, donde una idea empieza siendo de una persona pero acaba siendo de otra.
– En la publicidad, si sale mal la idea era tuya, pero si sale bien era de otra persona. Pasa lo mismo en la edición periodística…
– (risas) Efectivamente, cuando fracasas eres el autor, pero si triunfas es del capo de la agencia.
– Este estilo de frases cortas, las máximas dentro de la narrativa, ¿te define o sólo lo has usado en el contexto de esta novela?
– No, me define. Soy un amante de la palabra y me gusta darle ciertos giros a las frases. Para mí las palabras son como esas piedras que me gustaba dar vuelta cuando era niño e iba al campo. Siempre quería saber lo que había debajo de las piedras. A menudo te encontrabas un universo de animales, de cosas extrañísimas. Y pienso que así son las palabras, que si las giras, encontrarás cosas maravillas debajo.
Federico Traeger vive en Houston. Ha publicado los libros de cuentos Epidemia de comas y El día del informe, dos novelas escritas a cuatro manos con Beatriz Rivas: Amores adúlteros y Amores adúlteros…al final, y un libro-regalo de aforismos, Lo que no mata enamora. Actualmente escribe dos novelas y lo que él llama “un ambicioso libro de minificciones”.

– Escritores tan importantes como el argentino Rodolfo Fogwill han trabajado durante mucho tiempo en la publicidad, algo tiene ese oficio…
– Es que la publicidad te obliga a la brevedad, a las frases cortas que contengan un mensaje condensado. Entre mi amor por el cuento corto, por la minificción y mi trabajo publicitario, ha nacido mi estilo de jugar con las palabras y con frases que tienen cierta carga.
– ¿Por qué es ambicioso tu próximo libro de minificciones?
– Porque en la minificción no puede haber trucos ni maquillaje de adjetivos como sí puede existir en la obra más extensa. El juego literario queda al desnudo en la minificción y el lector decide si ganaste o perdiste. Es un género muy crudo en el que con muy pocas palabras tienes que contar mucho. Leo y releo mucho los textos cortos de Jorge Luis Borges, esas maravillas breves que tiene. Mi idea es hacer unas 200 minificciones para que el libro tenga una extensión agradable.
– En un tiempo la minificción y los aforismos se convirtieron en anacrónicos, pero ahora resurgen…¿será porque la poesía está remitiendo?
– No sé. Creo que la minificción es juguetona y se lee fácil, requiere mucho menos tiempo que una novela o un poema largo y si es bueno el texto te deja muy enriquecido. Es verdad que la minificción ha vuelto a estar en auge, se han hecho varios grupos del género en Argentina, España, México…Lo que sí no es muy comercial, así que vamos a ver quién me publica el libro.





