
Ciudad de México, 15 de febrero (SinEmbargo).- “La primera vez que aparecía en la televisión, en el Canal 10 de Monterrey, me rechazaron. Don Mario Quintanilla, el director del canal, al verme al aire opinó que me veía mal; que estaba tan grandote que ni siquiera cabía en la pantalla. ¡Se ve grotesco! Sus manos parecen manoplas de béisbol. ¿Cómo se le ocurre? ¡Usted no sirve para la televisión! ¿No se da cuenta? Mire, vaya con el gerente, Juan Garza, y mejor póngase a vender publicidad”.
Las memorias de Rubén Aguirre, el entrañable Profesor Jirafales, recientemente editadas por Planeta son el testimonio de un rechazo que no se quedó en el no.
Por el contrario, aunque al locutor, cronista de la fiesta brava, actor y padre de familia (tuvo siete hijos y dice haber plantado más de mil árboles) nacido en Saltillo el 15 de junio de 1934, no pudo borrarse durante muchos años el adjetivo de “grotesco”, superó el dictamen con creces, para convertirse gracias al maestro de escuela que estaba irremediablemente enamorado de Doña Florinda en la familia televisiva del Chavo del 8, en un comediante de rango internacional.
Después de usted es también un libro sobre la historia de la radio en nuestro país, relato de aquellos años primigenios donde la tecnología brillaba por su ausencia y todo lo que se emitía al aire era fruto exclusivo de la creatividad de los locutores.
Entre ellos, el más audaz y sin duda ingenioso, Rubén Aguirre, quien para matar el aburrimiento cuando le tocaban los turnos de madrugada se ponía a inventar radionovelas en el que él hacía todos los ruidos, todas las voces.
Estamos en un hermoso hotel de Puerto Vallarta. Tenemos una cita con el Profesor Jirafales. A sabiendas, amigos y parientes mandan correos con saludos, multiplicando una muletilla eterna: “Tá ta ta tá”, expresión inolvidable que el comediante copiara a un viejo maestro de escuela llamado Wenceslao.
“Era un viejecito que era muy buen maestro, muy buen hombre, pero que cuando le hacíamos perder la paciencia le salía el ta ta ta tá", contó Rubén
A los 81 años, Rubén Aguirre conserva el vozarrón. Ya no camina, porque un grave accidente automovilístico le afectó la columna vertebral y a su esposa de toda la vida, Consuelo, la dejó sin una pierna.
Fueron momentos duros para un hombre con alma de viajero y que transita en la hermosa localidad balnearia de Jalisco el invierno de su vida, rodeado de sus hijos, entre ellos Verónica, que lo ayudó a revisar y corregir su escrito.
En el prólogo escrito por Armando Fuentes Aguirre “Catón”, primo de Jirafales, se destaca “su alegría y su generosidad”.
Alegre y generoso, efectivamente, se muestra durante la larga entrevista con SinEmbargo, donde entre otras cosas tiene hermosas palabras Ramón Valdés, Ron Damón, un comediante sin par con el que compartió platós, sueños y amistad.
–¿Quién es para usted el mejor comediante de México?
–Cantinflas, sin duda.
–¿Más que Tin Tan?
–Tin Tan era más completo, cantaba, bailaba, pero hizo también malas películas. Bueno, claro que Cantinflas hizo cosas horribles al final de su carrera. De todos los comediantes actuales, el más inteligente, el que más me gusta es Eugenio Derbez. Y de las mujeres, Consuelo Duval. ¡Cómo la admiro, qué buena comediante es! Me atrevo a compararla y a decir que es superior incluso a Carol Burnett.
–Buenos comediantes con libros flojos
–Sí, la verdad que sí. No hay buenos escritores de humor en la televisión actual. O no hay escritores o no les pagan, algo pasa. La tecnología ha crecido mucho, pero el talento no ha ido a la par. Se repiten novelas que fueron éxito 30 años atrás, si una novela triunfa en Argentina, la traen a México, le cambian dos o tres cositas y la montan aquí. Refritan para no pensar. Falta talento y sobra tecnología. A nosotros nos costaba muchísimo hacer chiquito al Chapulín en nuestras épocas. Eran horas y horas de trabajo del pobre director del programa. Ahora con tanta facilidad hacen volar a los actores, los vuelven flacos, gordos, de las maneras que quieran.
–Dice usted en su libro que algunos actores se convierten en monstruos sagrados y confunden la ficción con la realidad. ¿Roberto Gómez Bolaños fue un monstruo sagrado?
–Creo que sí. Creo también que si Roberto hubiera nacido en los Estados Unidos y no en México que Bob Hope ni que nada. Nació en México y desgraciadamente aquí los trabajos de actor siempre son mal pagados y mal difundidos.
–En su libro no obstante usted se anima a discutirle algunas cosas…
–Éramos tan amigos que me daba la libertad de discutirle algunas cosas. Si hubiera sido sólo mi jefe, no me hubiera atrevido. Por otro lado, los problemas se los busca cada quién. Ni Edgar Vivar ni yo tuvimos alguna vez problemas para usar nuestros personajes, por ejemplo. Ellos (por Carlos Villagrán y La Chilindrina) tuvieron algunas cuestiones, no sé si en busca de notoriedad o de ambición, no lo sé.
–Pero usted dice en su libro que el trabajo es de quien lo necesita
–Sí, como dice Neruda en El Cartero: la poesía es de quien la necesita. Así también es el trabajo. Y el personaje igual, no es de quien lo inventa, sino de quien lo ejecuta y luego lo necesita para trabajar.
–Usted ha sido muy amigo de Roberto Gómez Bolaños, pero también ha sido muy amigo de La Chilindrina
–Y de Carlos Villagrán también. A María Antonieta de las Nieves la conocí cuando era casi una niña. Luego se casó con un locutor amigo mío y yo fui muy feliz. Cada quien tiene su carácter y nadie tiene la culpa de ser como es. Hay gente muy hosca, yo no lo soy. Mi forma de ser busca lo menos posible el conflicto y llevarse bien con todo el mundo.

LA HISTORIA DE LA RADIO
Oye, ¿qué estás haciendo en la madrugada? Están habla y habla preguntando por una radionovela llamada La espiga de Teresita. ¿Qué es eso, Rubén?
–Es una idea que se me ocurrió para entretener al público y a mí mismo. Es que el turno es difícil, señor…
–Pues lo que estés haciendo, síguelo haciendo. La gente no deja de hablar protestando porque ayer no transmitiste tu “radionovela”. (Del libro Después de usted)
–Su libro es también una especie de historia de la radio mexicana. Deslumbra, por ejemplo, su facilidad para crear radionovelas que luego se hacían exitosas…
–¡A los 28 años te comes el mundo, mija! Nada te detiene. Tenía yo un ansia tan grande de hacer, de decir, que me brotaban las ideas por racimos. Por eso no sólo hice “La espiga de Teresita”, también hice “No vuelvo a comer higos”, que tuvo mucho éxito. Nunca escribí nada, lo que yo hacía era improvisar. Una vez la dirección del canal compró un lote de películas mudas y me pidieron que les pusiera voz, ¡me divertí como loco! Era un mundo en el que se podía crear, por eso ahora me da un poco de tristeza cuando en alguno de los programas que se hacen en la actualidad veo que trabajan el asistente del asistente del asistente. En nuestros tiempos éramos tres para todo. Muchas veces, entre Chespirito y el resto del elenco terminábamos de pintar una escenografía. Ahora no se aprende nada. Los muchachos están tan especializados en una sola cosa, que dejan de aprender otras que son muy útiles para la profesión.
–¿Qué es lo que más le gusta de la radio?
–Que me hablen. Para escuchar música está mi equipo y yo elijo la música que quiero escuchar. Que me estén diciendo cosas, una receta de cocina, el tiempo, lo que sea, pero que me hablen, para eso está hecha la radio.
–A usted le fue fácil gracias a esa voz que tiene…
–(risas) Unos amigos me dijeron que tenía buena voz y fue ahí que decidí ser locutor. En mi oficio aprendí algunas cosas muy hermosas como leer bien a primera vista. Puedo tomar un periódico o un libro o lo que fuera y leerlo de corrido con las puntuaciones justas.

–En la televisión inició con un rechazo…
–Fue muy duro. Iniciar con tanta ilusión y sufrir tanto rechazo, pero lo cuento precisamente para que los jóvenes sepan que nunca hay que quedarse con el primer no, hay que insistir hasta lograr lo que uno sueña.
–Hoy la televisión y concretamente Televisa es el enemigo público número uno…¿qué piensa usted?
–No puedo patear el pesebre. Cobro una pensión vitalicia de Televisa que me permite vivir dignamente mi vejez. Cuando me hicieron firmar el contrato de exclusividad me molesté un poco, sentía que me habían castrado, perdí muchas oportunidades y algunas muy buenas desde lo económico por eso, pero ahora no me quejo. Más bien lo agradezco. Pero volviendo a tu pregunta, en mis tiempos, la televisión se hacía con muchas restricciones y veo que ahora el gobierno no se mete. En mis tiempos, había un tiempo determinado para los anuncios, ahora no se puede ver la televisión porque los anuncios duran más que los programas. Por eso la televisión ahora es el enemigo, porque no se puede ver la televisión.
–¿Ha sido difícil ser padre de familia, tener tantos hijos?
–Bueno, siempre lo quise así. En los momentos de estrecheces se hace difícil, pero mi mujer se acuerda mucho de un amigo locutor que yo tenía y que siempre manejaba una camioneta de esas que les decían “monja” llena de niños. Y yo le solía decir a Consuelo: así quiero que sea mi vida, llena de chicos. Cada uno de mis hijos trajo su torta bajo el brazo, cada uno de ellos medio una gran satisfacción. Lo más difícil fue no tanto la alimentación, sino la educación. Me preocupé siempre mucho porque fueran a las mejores escuelas, porque fueran bien vestidos, eso fue difícil a veces.
“JIRAFALES SOY YO”
–¿Cuál cree que ha sido el mayor encanto del profesor Jirafales?
–Bueno, no puedo hablar mucho, porque se parece mucho a mí, Jirafales soy yo. Somos tan parecidos. Yo también soy vanidoso, presumido, como él. Soy cursi, muy cursi, romántico, no podría hacer una gran diferencia entre los dos. Por eso no me costó tanto trabajo encarnarlo. A veces me ponía el sombrero, encendía el puro y decía: ¡A trabajar! Sólo eso.

–¿Tiene como él espíritu docente?
–No sé, pero la de profesor es una profesión que me hubiera gustado tener. Me gusta enseñar y lo hago con mis hijos y nietos, con la gente que me rodea.
–Eso sí, nunca pudo conquistar a Doña Florinda
–(risas) ¡Porque así estaba escrito en el libreto! La idea de Roberto era precisamente que nunca el Profesor Jirafales pudiera conquistar a doña Florinda. Era un romance otoñal y ellos se conformaban con una tacita de café y un ramito de flores, algo que en estos tiempos es imposible. Lo que Roberto quiso retratar con ese amor platónico, en donde ni un beso nos dimos, muy de vez en cuando nos tocábamos la mano, fue resaltar valores humanos, me imagino.
–Qué recuerda del plató, de las grabaciones
–Recuerdo esa sensación de no ir a trabajar sino de ir a divertirme. Ir a las grabaciones del Chavo del 8 era una satisfacción muy grande. La dificultad recibía en los libretos, me costaba aprendérmelos, nunca fui un gran memorista. Ramón (Valdés) me daba mucha envidia, con un ensayo se aprendía todo.
–¿Cómo era Ramón Valdés?
–Era un ser delicioso. Era el que nos animaba siempre. En tantos viajes, en tantas grabaciones, siempre había algún inconveniente. Por ejemplo, debías quedarte horas en espera en el aeropuerto esperando un avión que venía demorado, entonces él nos animaba con sus bromas. Era un genio para eso. Un día lo citaron a las 8 de la mañana y llegó a las 11. Roberto le reclamó y él contesta: - Mira, campeón, estaba listo para venir, pero pasó mi mujer en negligé y me tuve que quedar. Ese era Ramón Valdés.
–El humor de Roberto Gómez Bolaños y la experiencia del Chavo del 8 son muy criticados en México, no así en el resto de Latinoamérica, ¿qué siente que aportó?
–Creo que todos los personajes creados por Roberto Gómez Bolaños crearon el primer concepto de cultura popular en nuestro país. Por otro lado, en todos los países hay un Chavo del 8, es decir, hay un niño que no desayunó. Y eso lo supo retratar muy bien Roberto. Eso hizo que el público se adueñara del Chavo y del resto de los personajes. Cuando empezamos con el Chavo del 8 mucha gente decía que era un programa para bobos, para enajenados mentales. ¿Cómo es posible gente tan grande actuando como niños? Roberto era un hombre muy talentoso. Sabía, por ejemplo, que en el terreno de los superhéroes no podíamos competir con Batman y por eso creó el Chapulín Colorado, un héroe acorde con nuestras posibilidades que no usaba el poder de la Kriptonita sino el de la chiquitolina.



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