“Los retos que enfrentan las democracias actuales tienen que ver, no solamente con capacidades lógicas y de raciocinio básicas, sino también con actitudes sobre la comprobación y el valor de la evidencia”.
Foto: Rogelio Morales, Cuartoscuro

Recientemente, leyendo la magnífica biografía que Ghamari-Tabrizi (2005) escribió sobre Herman Kahn, me encontré con un hecho asombroso relacionado con el papel que jugó la ideología en la Guerra Fría. Herman Kahn fue un famoso analista y académico que se dedicó, entre otras cosas, a planear los posibles efectos de una guerra nuclear y a dirigir equipos de investigación para prepararse para ellos. Su On Thermonuclear War (Kahn, 1960) se convirtió en un clásico que le ganó la (mala) fama de ser un personaje desparpajado que, con calma horrible, calculaba el número de decesos que tendría un ataque sorpresa sobre los Estados Unidos, así como su impacto en la infraestructura física y económica del país. Se dice que su personalidad inspiró el personaje del doctor Strangelove de la película del mismo nombre, dirigida por Stanley Kubrick.

En la biografía de Ghamari-Tabrizi, se describe un Kahn que -contrario a esta imagen de caricatura- se encontraba constantemente preocupado por convencer a todos de diseñar política pública con base en la evidencia, identificando claramente cuándo se estaba funcionando bajo el supuesto de hipótesis que, aunque probables, no habían sido demostradas. Esto era particularmente difícil en un entorno en el que se suponía que los Soviéticos buscaban la erradicación de la cultura y forma de vida Occidentales y que, en consecuencia, amasaban una gran cantidad de armas nucleares con este objetivo. Los estrategas militares estadounidenses estaban convencidos, además, que los soviéticos eran capaces de camuflagearlas de manera efectiva, por lo que manchas, sombras, transportes, graneros, torres y otros edificios fotografiados por los Lockheed U-2 eran contabilizados como probables misiles o instalaciones para lanzarlos. Usando este enfoque, los dirigentes del Pentágono argumentaban que los soviéticos tenían cerca de mil Misiles Balísticos Intercontinentales (MBIC) funcionales, 200 de los cuales se encontraban listos para ser disparados. En realidad, solo cuatro MBIC eran funcionales en 1961 (Ghamari-Tabrizi, 2005, p. 2).

¿Qué pasó? ¿Cómo fue posible estar tan equivocados? El supuesto tanto de Kahn como de su biógrafa es que a falta de evidencia dura, que era imposible de obtener por las limitaciones de la tecnología y la desconfianza extrema, las ideologías de la Guerra Fría se usaron como si fueran criterios de política pública válidos. Para los militares estadounidenses, los soviéticos no podían querer otra cosa que el exterminio de ese país -incluso a costa de la aniquilación de la humanidad, como aparece en la película mencionada con la “Máquina del fin del mundo”-. El problema es cómo obtener información de buena calidad, que sea efectiva para describir la realidad social, pero que también sea aceptada como un referente válido por la mayoría de los actores y tomadores de decisiones, sean del gobierno o de fuera de él. Diseñar políticas en base a la ideología puede tener efectos desastrosos, no solamente porque no se obtendrán los objetivos buscados, sino también porque se distorsionará el espacio público, introduciendo prejuicios que impiden generar visiones compartidas de los problemas.

Quizá usted pueda identificar ejemplos recientes en distintos niveles de gobierno, en los que las políticas han sido definidas desde postulados o creencias ideológicas, generando escenarios parecidos a los de la Guerra Fría. Las situaciones concretas pueden ser muy preocupantes pues, al igual que con el ejemplo de los MBIC, la ausencia de evidencia de su existencia es considerada por algunos como la prueba misma de que existen. Esto es similar a argumentar que hay fuego precisamente porque no se ha encontrado humo -ni olor a quemado-, dado que los enemigos los han ocultado.

Así, algunos gobiernos populistas en varias partes del mundo se han opuesto al uso obligatorio del cubrebocas porque, increíblemente, argumentan que es una mordaza que atenta contra las libertades fundamentales. O se han tomado decisiones de gobierno suponiendo que la gran complejidad y diversidad social se puede dividir en dos grupos -los que están a favor de los dirigentes y los que están en contra, como si no fuera posible escapar a esta dicotomía idiota. O la creencia de que todo irá bien, pues las autoridades son incorruptibles, o porque tienen un conocimiento privilegiado sobre cómo hacer buenos negocios, a pesar de que sus decisiones sean malas y polarizantes.

Algunos de los retos que enfrentan las democracias actuales tienen que ver, no solamente con capacidades lógicas y de raciocinio básicas, sino también con actitudes sobre la comprobación y el valor de la evidencia. Un porcentaje importante de los ciudadanos de hoy está dispuesto a apoyar políticas basadas en la confianza ciega y casi absoluta en caudillos, a pesar de la evidencia que muestra que las cosas van mal y terminarán peor. En este sentido, el problema de fondo es casi teológico, pues muchos votantes se relacionan con sus candidatos y dirigentes de una manera que es más propia de las religiones y no de las sociedades seculares. Por estas razones es indispensable volver a re-enmarcar la discusión actual en el ámbito de las elecciones limpias y el buen gobierno; el de la planeación, la implementación y la evaluación; el de la gobernanza y la calidad de vida.

Apoyar a políticos -de cualquier partido- a pesar de sus pésimos resultados, termina por debilitar la democracia misma, pues desvincula el mandato democrático de la responsabilidad y la rendición de cuentas. Es similar a aplaudir a Nerón por su interpretación del arpa, mientras Roma arde alrededor.

 

 

Referencias

Ghamari-Tabrizi, S. (2005). The Worlds of Herman Kahn. The intuitive Science of Thermonuclear War. Cambridge, Mass.: Harvard University Press.

Kahn, H. (1960). On Thermonuclear War. Princeton: Princeton University Press.