La pieza imprescindible de cada cuatro años: un vistazo a las mejores antorchas olímpicas

27/07/2012 - 12:00 am

Ninguna olimpiada sería lo mismo sin su ceremonia de inauguración. Con la incursión de las grandes televisoras transmitiendo los juegos a cada rincón del planeta, las sedes se han esforzadao cada cuatro años por producir un espectáculo que deje boquiabierto a todos.

Sin embargo, antes de que el fuego olímpico toque el pebetero hace un recorrido simbólico en donde pasa por distintas ciudades que contemplan la grandeza de los juegos que desde la antigüedad han unido a la humanidad bajo el lazo del deporte.

El fuego olímpico no podría ser llevado de otra manera que no fuera una antorcha; accesorio en apariencia tan rudimentario, pero necesario en este caso. A pesar de ello, ha sido un pretexto ideal para que forme parte del diseño general de cada competencia. A continuación te presentamos 10 de las antorchas más representativas de la era olímpica moderna.

Antes de las olimpiadas del Fürher en Berlín, la antorcha olímpica era un objeto desconocido en los Juegos Olímpicos, de hecho en 1936 fue la primera edición en la que se instauró esta ceremonia, tomando como base el mito griego del robo del fuego de los dioses a manos del titán Prometeo. Su debut no pudo haber sido más elegante y fue llevada hasta el pebetero de la capital germana con un diseño elegante y sobrio aunque poco práctico, con una salida demasiado expuesta.

Después de la Segunda Guerra Mundial la antorcha poco había perdido su sentido clásico. No obstante, en Londres la punta presentaba un diseño elevado que protegía el fuego del viento. Por su parte, en Helsinki se apostó por una elegante base de madera y una cavidad profunda para asegurar la duración de la llama durante su relevo hasta la sede olímpica.

El diseño, en cambio, fue más moderno cuando las olimpiadas se desplazaron por primera vez en su historia al continente asiático. La antorcha en cuestión daba más la impresión de tratarse de un sable de mosquetero que de otra cosa, aunque a su favor tenía el detalle de la agarradera. En cambio, en México se apostó más por la apariencia que por la practicidad y aunque se recupero la concepción de la antorcha como tal, el objeto se antojaba tosco y difícil de sujetar a simple vista.

Una apariencia lujosa fue lo que distinguió a la antorcha de Moscú. Los últimos suspiros del comunismo apostaban a una imagen de grandeza que pusiera ser vista desde el recorrido previo a los juegos. Por su parte en Los Ángeles retornarían las vistas amaderadas y el metal grabado, mientras que la salida del fuego estaba adaptada con una boca reducida para que el fuego no saliera de manera desordenada.

En Seúl el dorado fue la constante y la agarradera fue el remate. Los motivos alrededor de la salida le dieron un toque clásico perteneciente a la cultura asiática en unas olimpiadas que se caracterizaron por revivir las tradiciones del país anfitrión durante su ceremonia inaugural.
En Barcelona, en cambio, la inovación arribó a todo lo que daba con una antorcha que buscaba salir de toda convención. El diseño fue espectacular para la época y hacía pensar en el futuro, más que en épocas pasadas.

Como si de un bastón se tratara, el fuego olímpico llego de nuevo a Estados Unidos. Ahora sí, alejada por fin de formas previsibles en Atlanta siguieron con la tónica impuesta desde Barcelona, aunque diera la impresión de que se trara de un sable de luz de Star Wars.
Para el cambio de siglo la elección no pudo ser más inusual el cono base de la forma original de la antorcha fue estilizado y adaptado con formas redondeadas, en la base, como remate contaba con un pequeño pie de apoyo para cuando no fuera transportada de mano en mano.

Cuando los Juegos Olímpicos retornaron a su cuna lo hicieron acompañados de nueva tecnología, y una ceremonia que en la primer ocasión había sido inexistente. A pesar de ello, el comité organizador no perdió la oportunidad para echar mano a todos los recursos posibles y presentr un diseño espacial acorde al nuevo siglo.
Para Beijing la antorcha fue un objeto menos exótico, pero sí más colorido; se prefirió la ornamentación antes que una forma curiosa y el resultado fue de los mejores en la historia de las olimpiadas. Algo cierto quedaba demostrado después de 72 años: la idea de Hitler no fue tan mala después de todo.

Redacción/SinEmbargo

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