Lo primero que tengo que decir es que Ethel Krauze siempre me sorprende. Me sorprendió con La otra Ilíada, el poemario anterior que apareció publicado hace apenas unos meses atrás en Madrid, por Ediciones Torremozas, pues, por el título, me esperaba un canto épico sobre la guerra de Troya, con referencias al grandioso poema de Homero y a sus héroes, pero lo que me encontré fue un canto, sí, heroico, también, pero dedicado al quehacer femenino, a la lucha interminable contra la suciedad que se acumula en la cocina, en el baño, en las paredes, en los pisos. Y ahora, en una edad en que a las mujeres de mi generación ya se nos considera más que maduras, Ethel nos sale con un libro de poesía erótica dedicado al marido. ¡Qué maravilla!
Por Kyra Galván
Ciudad de México, 6 de mayo (SinEmbargo).- Al comenzar a leer sus primeras páginas lo primero que se me vino a la cabeza fue: “El cantar de los cantares”, pues la autora ha confesado en su libro: Cómo acercarse a la poesía (1) que fue una de las primeras lecturas que la impresionó profundamente. Evidentemente, Ethel ha abrevado en sus aguas y así como David, el rey, deseó con locura insensata a Betsabé, así desea su yo poético al marido. Como dos amantes que se buscan ávidamente. Esto es un largo poema de amor conyugal.
Krauze, a lo largo del libro va afirmando: Qué bueno que Dios me hizo caliente, que me hizo diosa, sabihonda, para amar al marido y yo digo: ¡qué bueno que Dios hizo a Ethel Krauze o nos hubiéramos perdido de su poesía!
El libro: Lo que su cuerpo me provoca (2) es un gozo para el lector en todos los aspectos, pero sobre todo, el saber que ella goza de la vida nos hace quererla aún más, porque como en todo lo que hace, se convierte en maestra de los demás.
Así, independientemente del evidente valor literario del libro, el punto más importante de esta nueva obra poética, es que la autora nos ofrece el gozo del sexo, del intercambio de caricias, de la aceptación del placer que pueden darse dos personas adultas, sin culpa, bien aceptadas y además, cantadas en poesía. Parecería algo más que evidente, pero es algo que a veces olvidamos y muchas mujeres, acostumbradas al maltrato en sus vidas, también tienen que volver a abrir el corazón y los brazos al buen trato que Ethel Krauze nos retrata en sus poemas.
Su poesía erótica, por otra parte, nunca cruza el límite entre lo vulgar y lo elegante y no por eso pierde el ritmo intenso y constante, característico de su poesía. Encontramos cadencia, ritmo y rimas internas aderezadas con hormonas en muy buen estado de salud.
Dentro de la tradición poética universal, el erotismo es una constante tempranísima. No sólo en la Biblia, también en la poesía anónima egipcia se adivina la misma prisa de los amantes por estar juntos y el mismo desencanto al estar separados.
Dentro de la poesía latina los seductores versos de Catulo a Lesbia nos hacen revivir su pasión, muchísimos siglos después. Luego, vino el Libro del Buen Amor, del Arcipreste de Hita y el Decameron de Bocaccio, los Cuentos de Canterbury de Chaucer y en el Renacimiento, nos deleitaron los versos de John Donne a su amada. Más tarde, los de Baudelaire en sus versos malditos. ¿Y qué decir de las escritoras beatniks en los cincuenta? ¿O de los poemas de Bukowski? ¿O de las jóvenes poetas de hoy en día en México, que con tanto desparpajo hablan del sexo?
Pues bien, yo les digo que ellas pueden hacerlo porque un montón de mujeres, principalmente las nacidas a mediados de los años cincuenta en México – y en esta categoría me incluyo - fueron las que abrieron brecha.

Llegó un momento en la Historia en que el espejo se volteó, literalmente. Ya no fue la mirada masculina la que describía el cuerpo de la mujer, la única que dictaba los términos del erotismo humano. Desde principios de los años setenta en México, el erotismo se de-construye a través de la mirada del “otro” que estuvo tanto tiempo callada, maniatada, tanto tiempo siendo el objeto del deseo.
La mirada femenina entonces se vuelve activa, se vuelve apreciativa, crítica y también, evaluadora por primera vez del sujeto masculino. Su cuerpo, su performance y su estado, está sujeto a escrutinio, a ponerse en tela de juicio. La mujer está dispuesta, también, no sólo a recibir placer, sino a darlo y cito a Ethel Krauze:
“Para entrar en calor”
Mi marido tiene hambre
y sed
de justicia.
Le daré de comer en las veredas de mis senos,
le daré de beber en los ríos de oro de mi vientre (3)
La italiana Valeria Manca publicó en 1989 (4), una antología de poesía erótica femenina que incluía autoras como Nelly Keoseyán, Verónica Volkov, Perla Schwartz, Ethel Krauze, Maricruz Patiño e Iliana Godoy, entre otras. Ahí se hizo evidente que las mujeres empezamos a jugarnos el pellejo en un medio absolutamente machista a riesgo de ser llamadas casquivanas o peor aún, porque nos arriesgamos a usar palabras hasta entonces prohibidas: como clítoris, falo y vagina. Nos atrevimos a hablar de nuestros propios cuerpos –algo que parecía inaudito -y también del de nuestros compañeros.

Las poetas jóvenes hoy en día no tienen idea de lo que fue romper estereotipos y abrir compuertas. Y por lo visto, Ethel Krauze los sigue rompiendo.
Cito el poema que da título al libro:
Cuatro
¡Qué bueno
que tengo ojos, nariz y boca
para mirar, oler, morder
todo lo que tu cuerpo
me provoca! (5)
Es un libro redondo, circular en el sentido de que completa y satisface las ansias del lector. Su libro es como las pinturas de Rubens, rubicundo, de carnes llenas, reflejando una salud de juventud y de versos atrayentes. Pero también, y hay que decirlo, en medio del trenzado de cuerpos que intercambian caricias y fluidos, se vislumbra una elevación espiritual que incluye a Dios. A Dios no se le excluye del trato. Está presente una referencia a las escrituras bíblicas y aparece siempre como testigo de la pasión; está presente para recibir un agradecimiento o incluso, para convertirlos en criaturas celestiales. Por ejemplo, en el verso treinta y ocho:
Somos habitación de ángeles que han caído en la espesura
de las sábanas
han perdido sus alas rodando en la batalla:
sus ojos lanzan furias negras
sus brazos, ramas rojas
su pecho, un ronco río de ayes que nunca habían oído.
Somos culpables.
Somos la ruina de los ángeles castos.
Que Dios comprenda este milagro.
Ethel Krauze, en la proliferación de su palabra habla de milagros, de cópulas, de ritos, de complacencias mutuas y bien lo dice ella misma en el poema cuarenta y cuatro:
Todo poema es un cuerpo
y un cuerpo todo, es un poema (6)
Terrmino diciendo que este libro es también, un milagro que la autora nos regala. “No es cosa de gula, - dice ella - sino de bendición”.
1.Krauze, Ethel, Cómo acercarse a la Poesía, Editorial Limusa, CONACULTA, México, 1992, primera edición
2. Krauze, Ethel, “Lo que tu cuerpo me provoca”, UAM, Xochimilco, colección la luna en la escalera, MÉXICO, 2016
3. Krauze, ethel, “Lo que tu cuerpo me provoca”, UAM, Xochimilco, colección la luna en la escalera, 2016,pág.7
4.Manca, Valeria, El cuerpo del deseo, Poesía erótica femenina en el México actual. UAM, Universidad Veracruzana,México,1989
5.Krauze, ethel, op.cit, pág.12
6.Ibid, pág. 52




