La renuncia anticipada de la Congresista Marjorie Taylor Greene destapó algo más que una ruptura personal con Donald Trump: dejó al descubierto las tensiones, contradicciones y pases de factura dentro del movimiento MAGA, donde se ha demostrado que cuestionar al líder puede convertir a un aliado histórico en un estorbo político de un día para otro.
Ciudad de México, 2 de enero (SinEmbargo).- Durante años, Marjorie Taylor Greene fue una de las figuras más fieles y estridentes del trumpismo en el Congreso de Estados Unidos. Aliada incondicional de Donald Trump, defensora del lema Make America Great Again y símbolo de la política de confrontación que marcó a la derecha estadounidense, la Congresista republicana de Georgia terminó por convertirse en una de las voces más incómodas para el movimiento MAGA.
Su ruptura con Trump, acompañada de su renuncia anticipada al Congreso, revela no solo un desencanto personal, sino también las grietas internas de un proyecto político que prometía redención nacional y hoy enfrenta acusaciones de traicionar sus propias banderas, apunta The New York Times en un amplio perfil de la Congresista.
El quiebre, según relató Greene al Times, comenzó a tomar forma tras el asesinato del activista conservador Charlie Kirk, en septiembre de 2025. Greene siguió el funeral por televisión y quedó impactada por el contraste entre dos mensajes opuestos: el de Erika Kirk, viuda del activista, quien ofreció perdón público al asesino de su esposo, y el del Presidente Trump, quien reconoció sin rodeos que odiaba a sus adversarios políticos.
Para Greene, ese momento fue decisivo. Años después de haber adoptado la retórica beligerante del trumpismo, dijo haber visto con claridad una contradicción profunda entre el discurso de odio y los valores cristianos que decía defender el movimiento.
A partir de entonces, expone Robert Draper que cubre política para The Times, la Congresista comenzó un proceso de distanciamiento que la colocó en una posición marginal dentro de la derecha. Mientras influyentes voces conservadoras calificaban el asesinato de Kirk como un “acto de guerra” de la izquierda, Greene reconoció públicamente que había sido parte de una “cultura política tóxica”, basada en la deshumanización del adversario y la negación sistemática de errores.
“Donald Trump entrenó a nuestro bando para nunca disculparse”, admitiría después.

El Times apunta cómo Greene se alejó de la Casa Blanca al criticar la guerra en Gaza, a la que calificó de “genocidio”; denunciar que las políticas de criptomonedas e inteligencia artificial beneficiaban a grandes donantes multimillonarios; oponerse a aranceles que perjudicaban a empresas de su distrito en Georgia y reprochar la emisión masiva de visas estudiantiles para ciudadanos chinos. También acusó al Gobierno de abandonar compromisos sociales al permitir la expiración de subsidios del Obamacare y de someter al Congreso a una obediencia casi absoluta frente al Ejecutivo.
Sin embargo, añade el diario estadounidense, el punto de ruptura definitiva fue el caso Jeffrey Epstein. Greene exigió la publicación total de los archivos relacionados con el financiero acusado de tráfico sexual, al considerar que representan “todo lo malo de Washington”: élites poderosas protegidas por el sistema mientras las víctimas quedan en el olvido. Tras escuchar directamente a mujeres sobrevivientes de los abusos, la Congresista desafió abiertamente a Trump, quien —según su propio testimonio— reaccionó con enojo y le advirtió que la divulgación de los documentos perjudicaría a “sus amigos”.
El mismo reporte del Times, con base al testimonio de la Congresista, refiere que lejos de retroceder, Greene selló una alianza inédita con legisladores de ambos partidos para presionar por la liberación de los expedientes. Ese desafío fue tomado en la Casa Blanca como una traición. El 15 de noviembre, Trump la etiquetó públicamente como “Marjorie la Traidora”, y días después ella anunció que dejaría su escaño el 5 de enero, un año antes de concluir su mandato.
“Creí de verdad en Make America Great Again”, dijo Greene al periodista Robert Draper. “Eso fue lo que me convirtió en una traidora”.

Greene denunció amenazas contra su familia, incluida una advertencia de muerte contra su hijo universitario, amenazas que atribuyó al clima de hostilidad generado desde la cúpula del poder. Según relató, el propio Presidente minimizó la situación en mensajes privados, un gesto que terminó de confirmar, para ella, que la lealtad dentro del movimiento MAGA era "una calle de un solo sentido".
Desde la Casa Blanca, indica el Times, la respuesta fue dura: se acusó a Greene de abandonar a sus electores y de actuar movida por resentimiento. No obstante, ahonda el reporte, su salida ocurre en un momento de desgaste más amplio del trumpismo, marcado por la caída en los índices de aprobación presidencial, disputas internas por la agenda económica y crecientes desacuerdos sobre el significado real de America First.
Aunque Trump continúa dominando al Partido Republicano, el caso de Marjorie Taylor Greene funciona como una advertencia. Su trayectoria —de aliada ferviente a apóstata incómoda— ilustra los límites de la obediencia política y el costo de desafiar a un liderazgo que se presenta como salvador, pero actúa, para algunos de sus antiguos seguidores, como verdugo.
Greene abandona Washington sin un hogar político definido. Se asume “radiactiva” para ambos partidos y afirma odiar la política, aunque continúa expresándose sobre inmigración, vacunas, guerras y fraude electoral. “No he cambiado mis ideas”, sostiene. “He madurado”.
Su salida no debilita de inmediato a Trump, pero deja al descubierto una fractura simbólica en el movimiento MAGA y plantea una pregunta incómoda para la derecha estadounidense: ¿hasta qué punto el proyecto que prometía rescatar a Estados Unidos terminó devorando a algunos de sus más leales creyentes?




