
Monterrey, NL, 15 de marzo (SinEmbargo).- “Especie de clochard con lagunas mentales, pero en que sus periodos de lucidez volvía a ser un asesino eficaz y despiadado. Lo ubicaría en Ciudad Juárez, porque me gustaría que fuera testigo del periodo álgido de la Guerra del Narco”, así ve el autor a su personaje Ramiro Mendoza.
Eduardo Antonio Parra (León, Guanajuato, 1965), uno de los autores más admirados y queridos del México contemporáneo, considerado además uno de nuestros más eximios cuentistas, presentó en Monterrey su novela Nostalgia de la sombra, reedición a cargo de editorial Tusquets.
El acto tuvo lugar en la Biblioteca Universitaria Capilla Alfonsina, donde el autor estuvo acompañado por su colega el novelista Hugo Valdés, dando marco a uno de los actos centrales en la UANLeer, Feria Universitaria del Libro y donde se habló, entre otras cosas, de la posibilidad de revivir al corrector de estilo regiomontano que se convierte en sicario.

“Me da mucho gusto que se haya editado otra vez, la editorial en la que estaba no lo había considerado pertinente, a pesar de que mucha gente quería leerla. Siento que es una novela cuya aceptación crece con el correr del tiempo. Hace 10 años, cuando salió por primera vez, el país era distinto. Era una época en que los lectores me decían que se trataba de una novela muy violenta, ahora les va a parecer de clasificación A”, dice Parra.
“Creo que las circunstancias de México en general y de Monterrey en particular se fueron acomodando a la novela, más que la novela a ellas”, agrega el escritor, quien participó en la antología de Tusquets La muerte y su erotismo, con un cuento titulado “Los amantes muertos”.
–¿Se siente más cuentista que novelista?
–Sí, sigo aferrado a los cuentos. Pero también hay que decir que tengo dos novelas ya y un par más en preparación. Para mí el cuento es la joya de la corona, es un género que me fascina. Claro que hay ciertos temas que por la historia y por el desarrollo los tengo que plasmar en una novela. En el caso de Nostalgia de la sombra, quería a un personaje que fuera muy conocido para el lector, que fuera muy profunda la penetración en el personaje y necesitaba para ello muchas más páginas que las que da un cuento.
–Por hablar de dos grandes escritores que lo preceden, Juan Villoro y Daniel Sada, creo que usted es más hijo de este que de aquel, ¿verdad?
–Sí, sí. Daniel era una especie de gurú. El fue el jurado cuando gané mi primer premio. Ahí nos conocimos y desde entonces estuvo pendiente de mi obra. Yo lo admiraba muchísimo, luego nos hicimos muy amigos y ahora que ya no está me han pasado cosas muy curiosas como que mucha gente se acerque con libros de Sada para que yo se los firme. “Es que Daniel te hubiera dejado firmar sus libros”, me dicen. No sé si me hubiera dejado, pero los firmo con mucho gusto.
–Volviendo a Nostalgia de la sombra, ¿coincide con Sada cuando decía aquello que no existe la literatura del narco?
–Sí, coincido. Creo que hay acercamientos, roces, pero no existe una novela que fuera al narco lo que fue El Padrino, de Mario Puzo, a la mafia, por ejemplo. No necesariamente que se centrara en el Capo, pero sí una novela que girara en torno al narco. Una de las mejores novelas que he leído en los últimos tiempos es Vida y destino, de Vasili Grossman. Ahí todo gira alrededor del Sitio de Stalingrado. ¿Cómo hacer una novela tan profundamente humana como la de Grossman pero que gire alrededor del mundo del narcotráfico? El fenómeno está demasiado omnipresente y es demasiado reciente. Necesitamos más distancia de los hechos para poder escribir sobre ellos.
–Nadie ha contado, además, la historia del lado de las víctimas. Acaso Alejandro Páez en El reino de las moscas y Corazón de Kalashnikov haya sido el que más cerca estuvo de eso…
–Sí, es verdad, porque además hace falta contar la historia de las víctimas. El fenómeno de la guerra del narco tiene muchos aspectos. El que me interesa a mí es el cotidiano de la gente afectada por el fenómeno aunque no haya sido secuestrada.
–Algo así pasaba en la dictadura argentina, supongo que también pasó en el nazismo, eso de crecer en medio de la represión, de vivir al lado y con la muerte…
–Claro y que la gente te diga que porque no te matan, no te torturan o no te secuestren, llevas una vida normal. Imagínate a una familia en el norte de México que ve cómo matan a sus vecinos, es humano que comience a pensar ¿cuándo me va a tocar a mí?, eso no es llevar una vida normal.
–Creo que hemos comenzado a vivir un gran resurgimiento de la literatura mexicana. Hay muchos y buenos escritores. Al morir Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis, además, ya no hay presidentes de la República de las Letras y esa República de las Letras, a su vez, la veo renovada, más viva que nunca…¿lo ve así?
–Creo que los que se fueron, sobre todo Fuentes, fueron tan grandes e icónicos que no permitían ver a los demás. Ahora la gente ha comenzado a darse vuelta hacia los nuevos escritores mexicanos y eso explica la efervescencia que vive nuestra literatura. Hay muchos y todos hacemos lo mejor que podemos. Esto se está poniendo muy interesante, hay demasiado, para todos los gustos, de todos los estilos y mucha calidad en la mayoría. Y de todos ellos, Juan Villoro es nuestro escritor más conocido, el más reconocido, el más mediático también. Creo que no va a pasar mucho tiempo antes de que la gente lo vea en la calle y le pida autógrafos. Y Fadanelli por ahí anda…
–¿Y cómo se encuentra usted en dicho contexto?
–Me siento a mitad de camino. Cuando veo todos los proyectos que tengo, los libros que pienso escribir, me doy cuenta de que es el mismo número o más de los que ya escribí. Así que hay que seguir talachando.
Próximamente saldrá en ediciones ERA el libro de cuentos Desterrados, relatos escritos en los últimos 10 años y que refrendan su firme compromiso con el cuento, un género que nunca abandonará.





