
Ciudad de México, 20 abr (Sin Embargo).- La vejez no es una cosa en que piense un joven. Como bien marca el autor de Por ti no pasan los años (Tusquets), Lewis Wolpert, citando una frase de León Trotski, “la vejez es lo más inesperado que le puede pasar a un ser humano”.
Sin embargo, los viejos están entre nosotros, nosotros también seremos viejos si, de acuerdo con las estadísticas del mundo contemporáneo, la expectativa de vida sigue en aumento y ya no llame la atención que una persona atraviese con lucidez y cierto brío la barrera centenaria.
En 2040, un año que está a la vuelta de la esquina, la cifra de mayores de 65 años supondrá un 14% de la población mundial. Serán 1300 millones de individuos de la tercera edad los que pueblen el mundo dentro de dos décadas.
En este ensayo apasionante, de la colección “Libros para pensar la ciencia”, el autor, un notable divulgador científico nacido en Johannesburgo en 1929, se topa en los inicios con la dificultad que implica definir el envejecimiento y para hacerlo establece las cuatro etapas que atravesamos a lo largo de una vida: la infancia, la adultez activa, la madurez y por último la que caracteriza con el conocido comentario “Por ti no pasan los años”.
“A mis 81 años lo oigo a cada momento y también lo repito una y otra vez cuando me encuentro con amistades de mi edad. Está muy extendida la opinión de que la vejez comienza hacia los 65 años, pero ahora que hay tanta gente con más de 75 años y hasta 85, debemos replantearnos cuando comienza en realidad la vejez”, explica Wolpert.
Envejecer de un modo diferente de acuerdo a cada persona, sentir miedo por el proceso de envejecimiento, envejecer para los demás mientras uno se siente joven como siempre, son algunas de las características que caracterizan la última etapa de la vida humana.
Los altos estudios y las prácticas deportivas constantes aseguran una mejor ancianidad, una era en la que la falta o necesidad de actividad sexual resulta un mito insostenible, de acuerdo al autor de este ensayo.
LAS ENFERMEDADES DE LA EDAD
Vivir más años nos ha hecho testigos de enfermedades que sólo vienen con el paso de los años y las primeras en la lista son las que se relacionan con los males del corazón o cardiopatías. La obesidad, como una causa evitable de múltiples disfunciones, resulta de todas nuestras perversiones físicas, la más peligrosa.
“La obesidad incrementa la posibilidad de fallecer por cualquier causa, sobre todo por enfermedad arterial coronaria y por derrame cerebral”, advierte el escritor y por tanto –informa- “la pérdida de peso en la gente mayor puede reducir la morbilidad debida a factores de riesgo cardiovascular, así como la artritis”, una dolencia muy común en la vejez.
Damos por sentado que el cáncer es una enfermedad que viene con los años y Wolpert confirma esa impresión. “La incidencia del cáncer en quienes superan los 65 años es diez veces mayor que en la gente que no llega a esa edad”, dice, no obstante lo cual la relación entre este padecimiento y la vejez “es bastante compleja”.

“La relación con el envejecimiento probablemente tenga que ver con el tiempo adicional que tienen las células para desarrollar anomalías que aumenten el riesgo de cáncer y también con el tiempo adicional que permanecen expuestas a un medio cancerígeno”, explica.
La osteoporosis, es decir, el deterioro de los huesos, la pérdida de la visión y, sobre todo, la desmemoria, son los síntomas que indican que ya no somos unos niños.
EN EL TERRITORIO DEL OLVIDO
“Primero olvidas los nombres, después olvidas las caras, más tarde olvidas subirte la cremallera, luego olvidas bajarte la cremallera”, con esta frase de Leo Rosenberg, Wolpert ilustra el deterioro mental que acontece con el paso de los años.
Establece el autor una diferencia optimista al decir que “las actividades mentales suelen sufrir una decadencia mucho menos acusada con la edad que las actividades físicas”, al tiempo que dedica un capítulo entero a describir las distintas dolencias neuronales que puede padecer una persona anciana.
Que no crea el lector que Por ti no pasan los años es un tratado sobre las enfermedades; precisamente, la pregunta vivificadora en la que hace centro el ensayo es la que todos nos hacemos en forma más o menos consciente: ¿Se puede disfrutar la vejez?.
“La vejez tiene sus placeres y aunque distintos no son inferiores a los placeres de la juventud”, dice el escritor Somerset Maugham y para ejemplificarlo, el autor echa mano de su propia experiencia vital: “Personalmente, ahora que he llegado a los 80, la jubilación me resulta bastante dura”, dice Wolpert.
“Echo de menos mi grupo de colegas científicos, sobre todo los alumnos de doctorado con los que trabajé. Aún tengo un despacho en la University College y acudo para seminarios y, en ocasiones muy contadas para dar conferencias.
Paso la mayor parte del tiempo escribiendo libros como éste. Lo hago recostado en la cama con el ordenador apoyado en el regazo. Pero aún juego al tenis dos días por semana, salgo a correr despacio una vez por semana y uso la bicicleta para ir aquí y allá. También hay momentos en que, por desgracia, me pregunto qué sentido tiene seguir viviendo”, admite.
Particularmente revelador resulta el capítulo dedicado al maltrato de los ancianos, en una sociedad que como la contemporánea sólo atiende las necesidades y los intereses de los jóvenes.
“El geronticidio (el asesinato de personas mayores cuando dejan de tener utilidad) aparece en los cuentos populares de muchos territorios, pero también ha sido una realidad histórica”, explica.
“A pesar de su efecto negativo en la vida cotidiana de la gente mayor, el edaísmo (discriminación hacia las personas por su edad) suele pasarse por alto, ignorarse y hasta agravarse en el ámbito de la sanidad y la atención social. Y hasta hace poco, no se había reconocido oficialmente que la exclusión social afecta a la gente mayor del mismo modo que a los niños y a las familias”, advierte.
Por ti no pasan los años es un tratado valiente acerca de una etapa por la que atravesaremos irremediablemente, aunque –como bien indica el autor- nos hayamos desgañitado la garganta cantando aquel emblemático tema de The Who que rezaba aquello de “espero morir antes de llegar a viejo”.
El cierre, con las máximas de Jonathan Swift escritas hace 300 años, es más que gráfica. No podremos evitar llegar a viejos, pero podemos aprender algunas cosas para darle calidad de vida a nuestra vejez y disfrutar en lo que cabe el ocaso de la existencia.
- No contraer matrimonio con una mujer joven
- No quedarme en compañía de jóvenes a menos que ellos realmente lo deseen
- No ser desagradable o gruñón, ni suspicaz
- No desdeñar los métodos del presente, ni juicios, ni modas, ni hombres, ni guerras, etc.
- No tomarle mucho afecto a los niños, ni facilitarles que se acerquen a mí
- No contar la misma historia una y otra vez a la misma gente
- No ser codicioso
- No desatender el decoro ni el aseo, para no caer en la indecencia
- No ser demasiado severo con la gente joven, sino ser comprensivo con sus locuras y debilidades de juventud
- No dejarme influir por, ni prestar oídos a, chismorreos de sirvientes perversos u otros
- No dar demasiados consejos ni importunar a nadie con ellos, salvo a quienes los pidan
- Confiar en que algunos buenos amigos me avisen de cuáles de estas resoluciones incumplo o desatiendo y dónde; y enmendarme conforme a ello
- No hablar demasiado, ni tampoco de mí
- No vanagloriarme ni de mi belleza pretérita o fuerza o atenciones con las mujeres, etcétera
- No ser categórico ni dogmático
- No dejar de cumplir cada una de estas normas, para no caer en el incumplimiento de todas





