Nacido en México hace 89 años, hacia mediados del siglo XX el bailaor de flamenco Roberto Ximénez, más tarde maestro de corte internacional de ballet clásico y danza española, formó con Manolo Vargas una compañía de ballet español, ambos discípulos de La Argentinita. Difícilmente alguien lo recuerda ahora. Vive entre Madrid y Miami. De paso por México, se detuvo para conversar sobre los orígenes de su vocación, de su vasta trayectoria, de su concepción de la danza en los distintos géneros, del aprendizaje y las técnicas, de lo que hoy representa el flamenco…
Por Leonardo Páez
Quizá porque la vida es corta, algunos espíritus de genio vislumbran temprano la exigencia ineludible de ejercer su vocación, de acudir al misterioso y arduo llamado sin prejuicios ni desmayos, en una entrega existencial capaz de convertir la propia sangre en refrescante vino, para ellos y para muchos otros.
Tal es el caso del bailarín, bailaor de flamenco, coreógrafo, iluminador, escenógrafo, diseñador de vestuario, investigador y maestro internacional de ballet clásico y de danza española Roberto Ximénez (Ciudad de México, 3 de diciembre de 1922), autor también del valioso libro Hacia al-Ándalus, todavía a la espera de un editor sensible.
Llama un amigo:
–¿Te suena el nombre de Roberto Ximénez?
Me resuena, respondo, desde 1963, en que lo admiré en Bellas Artes con el Ballet Español Ximénez-Vargas, que en 1954 formó con su amigo y paisano el notable bailarín Manolo Vargas, discípulos ambos de La Argentinita, y cuando hacía años que la crítica mundial y el público amante del ballet español coincidieron en considerarla la mejor de todas las compañías de danza.
–Pues si quieres entrevistarlo apúrate porque se va mañana a Madrid.
Pocas horas después se da el encuentro con el maestro. Una intemporal figura esbelta y erguida, como si fuera a bailar mañana en un escenario, mirada de águila tras unos lentes para ver de cerca, rostro y manos sin arrugas casi, completo y abundante pelo cano salvo por involuntaria tonsura, más unos ademanes suaves y un hablar pausado enmarcan una plática cargada de experiencias, lucidez y pasión, lo que vuelve difícil aceptar que el hombre tenga 89 años. En algunos casos, la pesada loza de la vocación aligera la existencia de quienes la saben cargar.
Increíble precocidad
–Pensando que era un juego más --evoca Ximénez--, mi padre fue a la Escuela de Danza de la Secretaría de Educación Pública para gestionar mi ingreso, pues aún no cumplía los cinco años. Luego de tres años allí, fui reexaminado y continué otros nueve años en la Escuela Nacional de Danza en el Instituto Nacional de Educación Extra-Escolar y Estética, que luego sería el de Bellas Artes, y cuyo fundador y primer director fue el pintor Carlos Mérida.
“Encontré maestros extraordinarios como Nelly y Gloria Campobello, Hipólito Zybin, el propio Mérida, Francisco Domínguez, Javier Villaurrutia, Julio Castellanos, Armando de Maria y Campos y, en clases particulares, los escenógrafos Fontanals, de la Selva y Ontañón, y de nuevo en Bellas Artes, el ingeniero Ricardo Zedillo, con el que aprendí Luminotecnia Escénica. El país y sus instituciones tenían la convicción de los beneficios que acarrea divulgar el conocimiento en todos los campos.”
Años después, cuando el padre de Roberto, un ingeniero amigo del entonces secretario de Gobernación Miguel Alemán Valdés, vio que la decisión profesional de su hijo iba en serio, “le retiró la canasta”, ya que tenía preparado para él “un gran futuro”… como ingeniero químico. Al muchacho lo que más le dolió y motivó a la vez fue que su padre afirmara que más que la danza le gustaba “la golfería”. Esa incomprensión sería uno de los principales acicates en su carrera, apoyado en el corazón, la cabeza y la constancia.
--Estuve casado 38 años con María del Carmen, una dama de la alta sociedad de San Sebastián, quien desafortunadamente ya falleció. En Nueva York, como el doctor no llegaba, tuve que atender el parto prematuro de mi esposa, pero el producto no se logró. Por cierto, nuestro padrino de boda, un gran traumatólogo, mandaba sus pacientes a mi estudio para que los rehabilitara. Ahora, con Lolita, reparto mi tiempo entre Madrid y Sarasota, Florida, una pequeña población con playas de arena blanquísima, pero también con museos y salas de concierto.
Flamenco y flamenquerías
–¿El flamenco? –responde Ximénez preguntando–, es fruto de los sentimientos del ser humano. Y aunque deriva de las culturas mesopotámicas posee tintes de otros países, incluida la India y la diáspora gitana, sobre todo en Andalucía, pero el flamenco no pertenece a una sola localidad, raza o región. La mejor alumna y primera bailarina que tuve fue una norteamericana a la que yo le puse María Alba. Era tan temperamental y arrebatada que la despedí seis veces antes de la definitiva. En mi compañía yo daba ejemplo de disciplina, por lo que no podía tolerar la indisciplina. Sin riendas, María Alba ya no fue la misma. Tal vez por eso el bailarín y coreógrafo José Antonio Morales me puso El maestro Latiguillo. Entonces, como todo arte, el flamenco está a disposición de quien lo sienta, domine su técnica sin que ésta lo limite y logre además transmitir su emoción y su misterio. Somos sentimientos, aunque pocos sabemos sacarlos. Permanece porque está en nosotros mismos, es la misma fuente existencial.
“Ahora el flamenco se ha convertido en una mina de oro, por eso seguido se cae en bastardizaciones del baile y el cante. Cada rama es independiente y no se debe mezclar azafrán con oliva. El cajón peruano, por ejemplo, pertenece al Perú y a su rico folclor, pero no al flamenco. Su sonido esconde o estorba al bailaor, al cantaor y a la guitarra. No es antojo mío. En el Festival Internacional de Flamenco, en Córdoba, donde he sido jurado, no se admitían cajón ni violín. Se debe tener cuidado con las fusiones porque detrás hay muchos mercenarios escasos de óptica y de concepto.”
El mundo por tablado
Como la conversación continúa en el restorán, Ximénez habla de comida: “Déjeme decirle que cuando estuve en activo comía como loco, pero con dos funciones diarias lo quemaba todo.”
Y va a la historia:
–La Compañía Ximénez-Vargas fue considerada la mejor del mundo en un momento dado en buena medida porque no copiábamos y menos lo sobado. Me metí en archivos y partituras desconocidas, incluso de autores famosos. Además, sabía manejar las luces, que son una coreografía de colores y sombras, un matizador. Dirigir la luz y graduarla, como si se tratara de otro bailarín. Mis coreografías no se parecían a otras, pero lo que hacíamos fue imitado por el resto. En Nueva York la agencia representante nos puso “Los ejecutivos”, porque Manolo y yo siempre íbamos de pipa y guante.
“Manolo Vargas era un gran artista. Fue mi colega, mi hermano, mi socio y también mi alumno, aunque me llevase diez años. Soy hechura sobre todo de La Argentinita, que me inculcó huir de lo fácil. Cuando ella estuvo enferma es cuando mejor bailó. Elevó el nivel de la danza española y del flamenco en cuanto a repertorio, coreografías y bailarines, con una perspectiva más amplia de la danza. Me precio de haber puesto de pie muchas veces al público en diferentes países, pero lo más difícil no es alcanzar la fama sino saber asimilarla.
“Lo peor que le puede ocurrir a un artista es suponer que ya dejó de aprender, de ahí la importancia de la actitud sobre la aptitud. Siendo ya primer bailarín constaté que cualquier gitanillo me revelaba cosas que desconocía. Fue cuando logré encontrar mi duende. Luego Juan Sánchez Estampío, bailaor y maestro, me abrió los ojos en muchos sentidos. La rectitud del cuerpo y del espíritu, la diferencia del baile flamenco en el hombre y la mujer. También estudié guitarra flamenca para poder pedir a los guitarristas exactamente lo que quería. En Nueva York, el sindicato de músicos me quiso imponer algunos. A tres les hice un examen por separado pero ninguno aprobó porque no supieron acompañarme. Sólo entonces pudieron actuar mis guitarristas. Ya con mi compañía rompí la vieja costumbre de los ballets españoles de no pagar a los bailarines si no había función aunque sí hubiese ensayos. El resto de las compañías se me echaron encima, pero los días de ensayo yo pagaba a mi gente medio sueldo. Fue mi aportación al derecho laboral en la danza española.”
Estudiar, trabajar, estudiar
–Nunca he admitido a madres, hermanos o novios a presenciar una clase; me desconcentran a mí y los alumnos quieren lucirse. Veo bailar a un alumno y veo sus defectos, dónde se localizan, cómo se manifiestan y de qué manera convertir esos defectos en cualidades de su baile. Suelo repetir: “Tu obligación es hacerlo; mi obligación es hacer que lo hagas”. He sido decidor de verdades cada vez que se ofrece, y tiemblo cuando me preguntan sobre una actuación. Realicé múltiples misiones oficiales españolas en el extranjero, para irritación de muchas figuras de la danza en España, por ello tuve mucha contra de parte de mis colegas, y además por ser mexicano, pero todos pescaron ideas de mi método y coreografías.
“Me siento tan mexicano como español. Recuerdo que mi amiga Lucha Reyes lloraba en mi hombro porque estaba enamorada de su representante. Después de trabajar en el Waikiki, ella y yo nos íbamos a los caldos de Indianilla. Para triunfar en México primero hay que triunfar en el extranjero. Me fui a dar la batalla a la cuna del baile español y lo hice con éxito. Me aterroriza pensar lo que hubiera pasado si me quedo aquí. No soy malinchista pero mi horizonte fue el extranjero. En México hay gran talento, pero se pierde porque no se desarrolla como es debido. No sé cómo he podido vivir como he vivido: estudiar, trabajar, estudiar, trabajar. Pero soy un multimillonario existencial por el trabajo profesional realizado y por las incontables respuestas obtenidas, por el amor, las alegrías, las tristezas, los desafíos superados.”
–Apro





