
En mi familia sólo leía mi madre. Mis amigos no leían, hasta que las revistas de rock nos acercaron a un mundo imaginario. Los viajes, la ecología, la rebeldía, el despertar sexual, encendieron la curiosidad por la lectura, pero leer por entonces obedecía a una necesidad de identidad
Ciudad de México, 30 de julio (SinEmbargo).- A fines de los ‘60, ya vivía en el suburbio, lejos de todo, en un terregal; era el niño que escuchaba Radio Capital y Radio Universidad, por supuesto en AM, ¿qué onda?
Mi papá compraba el periódico de color morado llamado El Fígaro, cuyas páginas mi madre me leía. Venían historias de la Revolución Mexicana, la huida de Pancho Villa, narraciones de caballos y desiertos.
Aunque su servidor estaba medio perdido fui descubriendo la lectura; por supuesto, los dibujos animados, los famosos muñequitos de Memín Pinguín y el Kalimán; trabajaba de joven en la peluquería de Don Porfirio, llena de cuentos de muñequitos y me corrió porque me la pasaba leyendo, sin atender a los clientes.
Serenidad y paciencia, mi querido Catana, me decía, por entonces.
Me entró por el oído la curiosidad de las narraciones del escritor para aventuras radiofónicas llamado Víctor Fox. En la secundaría leí Platero yo, me fui descubriendo como lector y con ello me descubría.
En mi familia sólo leía mi madre. Mis amigos no leían, hasta que las revistas de rock nos acercaron a un mundo imaginario. Los viajes, la ecología, la rebeldía, el despertar sexual, encendieron la curiosidad por la lectura, pero leer por entonces obedecía a una necesidad de identidad.

Lo leí en una semana. Narraba el viaje de un niño italiano hasta Tucumán, en Argentina, que era un lugar que yo pensaba cercano a Cuernavaca. Era Ítaca, la familia dividida, el exilio, la madre. Es una novela católica, medio de autoayuda, una historia costumbrista sobre la rebeldía y el compañerismo. Un retrato de los niños italianos del siglo XIX, pero también de la inmigración y el reencuentro. “Verás edificios inmensos, ciudades maravillosas”, le dice la madre al niño.

La leí en 1972 y me trasladó al viaje familiar de mi abuela, las mujeres en la Revolución Mexicana sin mitificaciones, la vida cruda de los mexicanos… una supervieja, conservadora, luchadora, hija de la Chingada, desacralizando a Pancho Villa. Lo leí como una novela, pero luego me enteré que era una crónica. Yo estaba en una etapa mística y el libro tenia a Santo Niño de Atocha en la portada.

Una de las novelas más intensas que he leído. Parte de ella la escribió José Agustín en Lecumberri, encerrado en la cárcel. Narra un viaje literario en Acapulco, un viaje de ácido. Terrible, con la muerte al final de la laguna y de fondo el soundtrack del rock de los ’70 a alta velocidad en un Charger y un Lanchero; entre el tarot y dos norteamericanas; de la Costera en Acapulco a la laguna de Coyuca de Benítez; un trip acelerado para sentirse bien. “Te leo el tarot, güerita?” Entre tantas melodías de ese soundtrack: “Animals”, de Pink Floyd.
La editorial Extemporáneos publicó una serie de libros sobre la contracultura. En esta antología descubrí a Gary Snyder, a Allen Ginsberg, Timothy Leary , William Burroughs: el mundo colonizado de la contracultura, pero ¡qué sabroso! Un acercamiento a la rebeldía juvenil, lo vegetariano, la vida en comunidad.

Ricardo Castillo le dio un giro muy fuerte a la poesía mexicana a fines de los 70. Fueron años importantes para la poesía, surgían el infrarrealismo, Roberto Bolaño, Mario Santiago Papasquiaro y El pobrecito Señor X nos dio un sentido más cercano, cotidiano, de la escritura poética. No era un texto escrito en la Ciudad de México. ¡Era un poeta de Guadalajara el que nos partía la madre!

Una antología de Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro con la que conocí la poesía de Bruno Montané, Orlando Guillén, Enrique Verástegui, Mario Santiago. Es una bomba literaria que instituye otra mirada sobre la poesía latinoamericana de la época.

Una novela de transgresión donde los personajes se muestran en el deseo de salir de la pobreza al que han sido arrojados a causa de la desigualdad reinante. Las pasiones crecen y los llevan a un callejón sin salida. Revueltas describe las necesidades primigenias de la vida, el amor, la clandestinidad, el alcoholismo. Frágiles pero indiferentes, desarrapados y creyentes, los personajes cultivan la esperanza de una camaradería colectiva, sin percatarse de que en realidad van rompiendo lazos. La familia se desintegra, pero la devoción al partido no se interrumpe. Es una historia sobre el sacrificio. Revueltas fue el primer autor en México en hacer una crítica a la izquierda organizada y leí esta novela en una época en que yo mismo me embarcaba en varias rupturas.

¿Dónde crees que está la Maga? No la encontré- Se desnudaba en mi memoria en los Callejones de la Colonia Roma. Entendiendo la vida como búsqueda, como desencuentro, como partida de ajedrez , Horacio siempre buscaba el equilibrio. ¿Qué pinche equilibrio?. Me gustan las reflexiones de Morelli, que habla por boca de Cortázar para reflexionar sobre el acto de escribir, sobre el papel de la literatura, sobre la posibilidad de acabar con la novela desde dentro. Rayuela es un suceso narrativo que rompe las reglas de la novela al uso, la narración lineal y tiene ese final que tanto consuela. Rayuela es un paréntesis, una gresca, un desgarro, un juego, un universo del outsider amoroso y durante algo más de una semana, el rentoy de los corazones rotos . Rayuela es el encuentro entra el cielo y la tierra. Las páginas de esta novela tienen el swing, el jazz, Miles Davis, Charly Parker. Tardé años en terminarla. Creo que aún no la he terminado.

Cuando apareció en 1998 la lectura fue una sorpresa. Ya había leído Llamadas telefónicas. Acababa de fallecer Mario Santiago Papasquiaro y esa novela fue un golpe. Hablaba de mis amigos, Roberto los hacía ficción en un viaje intelectual, rumbo al desierto de Sonora. Aparecían García Madero, el Ulises Lima que me mentaba la madre, un Peguero que tenía una señal estilo Belano. Creo que deberíamos escribir una guía, para saber quién es quién, aunque ese es el misterio. Los detectives salvajes me hizo recordar las caminatas con esa pandilla, el viajero eterno Piel Divina…imaginé a Roberto Bolaño escribiéndola, mientras tal vez miraba a los irrecuperables de los manicomios catalanes. La novela es una pesadilla en motocicleta hacia el norte de México. ¿Quién será Cesárea Tinajero? Esta es una novela interminable, es la novela de una generación de mexicanos que transitan por CU, por el café La Habana.
Está la entrañable Alcira con su folletín “Poesía en armas”, que repartía en CU, en el desierto de Sonora…el eterno retorno, una interminable caminata de los poetas latinoamericanos. Es una novela mexicana que todavía leo.

Una historia intensa del rock mexicano, de 1956 a 1976, con la que el autor cuenta cómo era el reventón en esos años. La descripción de un rock primigenio y una historia alucinada que a veces no queremos reconocer. Las bandas de los ‘50, las de Tijuana, Los Dug Dugs, los covers, la onda chicana, El Ritual, el Pájaro Alberto, nuestra identidad traducida a lo largo de 622 páginas que no deberíamos dejar pasar.

¿Quién es Rafael Catana?
Artista de la Ciudad de México, cantautor de rock, escritor de canciones. Ha fundado varios movimientos culturales en el ex DF, recorrido el país con su guitarra a cuesta, ha tocado con su banda en Europa, ha escrito música para cine. Tiene varios discos editados y recientemente ha publicado el libro de poemas Los pájaros de la cervecería.














