
Ciudad de México, 6 abr (SinEmbargo). Daniel Sada (1953-2011) parecía ser un hombre tímido. Para su familia era, además, “un ser estrafalario”, según palabras del propio autor de Porque es mentira la verdad nunca se sabe, macronovela de 600 páginas con la que el escritor se consagrara internacionalmente en 2000.
Ahora llegó el turno de reeditar Albedrío, novela que Sada diera a conocer a principios de los ´90 y que narra las peripecias de Chuyito, un niño que se escapa con los gitanos que llegan al pueblo con su cine ambulante.
Escrita en octosílabos, la novela constituye todo un reto para el lector acostumbrado a la narración más lineal.
En ese obstáculo estriba también el encanto de una prosa cuidada que Daniel pulía a diario casi con obsesión.
Sada, licenciado en Periodismo y en Letras Hispánicas, era un burócrata cuando escribió Albedrío: “Trabajaba durante muchas horas en el día, así que el único tiempo en el que podía escribir era a la madrugada”, contó.
La nueva publicación de Albedrío salió ya a la venta en una presentación diferente, "con una bien cuidada edición y una impresión que la convierte en tomo de colección", dice el boletín de prensa de Tusquets.
Quizá para mantenerse despierto es que el autor eligió los versos octosílabos para narrar su historia. “Además la escribí en una máquina manual que hacía mucho ruido, por eso el ritmo es muy enfático”.
Esta suerte de escritor-percusionista que era Sada, se confesaba a menudo un apasionado por la música, cualquiera sea su género. “No soy escrupuloso ni reticente a nada cuando se trata de música”, dijo.
Crecido en un pueblo de 1000 habitantes perteneciente al Estado de Coahuila, su formación, hasta los 20 años, se originó en la única biblioteca que existía en los alrededores. Era la de su maestra y sólo tenía obras clásicas.
“Ella me enseñó métrica y literatura clásica. Yo no sabía que existía la literatura contemporánea”, dijo.
Por esa razón, para Sada representaba un “shock” escuchar a ciertos escritores modernos referirse al “no lenguaje, a la austeridad de la palabra, al vacío...”.
Y era firme en su convicción de que en la literatura no alcanza con sólo contar una historia.
“Creo que la literatura es un reto, para el lector y para el autor. Si no se asumen esos retos no vale la pena ni abrir un libro ni escribirlo. Cuando hago un libro es porque al mismo tiempo hago una invitación a explorar cosas. Si todo es para entretenerme o excitarme, entonces no me interesa”, proclamaba.
La obra de Sada, que tiene como modelos a Virgilio, a Dante, a Borges, Quevedo, Sor Juana y Rulfo, plantea un obstáculo inicial de lectura. “Vencido ese obstáculo –dijo el escritor- la obra puede leerse de corrido”.
“Creo que todo gran propósito estético implica una dificultad inicial a vencer. Y esa ha sido mi actitud como lector, pues en realidad le dedico más tiempo a la lectura que a la escritura”, reconoció.
Los críticos y colegas suyos como el poeta Eduardo Lizalde, han dicho que la literatura de Sada se inscribe entre lo mejor de la tradición narrativa mexicana del siglo 20.
El escritor, sin embargo, decía desconocer a qué tradición pertenecía.
“De hecho creo que la novela mexicana apenas empieza a surgir. Porque hay una gran tradición poética, pero no se rescata mucha obra narrativa de nuestra historia”.
Como el Chuyito de Albedrío, también Sada temía a los húngaros que visitaban su pueblo.

“No sabía de dónde venían ni adónde iban. Me causaban mucho misterio y quería conocerlos. Además, tampoco me gustaba la escuela, ni mi casa, donde me hacían estudiar obligatoriamente”.
“Es por eso que siempre albergué el deseo de huir y al mismo tiempo de que ese deseo se vaya modificando a través de las acciones, digamos que ese es, a grandes rasgos, el esqueleto de mi novela”, precisó.
CÓMO NO SER UN ESCRITOR DE MERCADO
Para Daniel Sada, la disyuntiva a la que se enfrenta un narrador contemporáneo es si convertirse o no en un escritor de mercado. Él resolvió la partida escribiendo siempre lo que quiso.
Y no era muy optimista cuando analizaba el panorama de la literatura contemporánea. “Creo que en los últimos veinte años los editores le han ganado la batalla a los escritores. Los obligan a escribir novelas excitantes, de entretenimiento, poco reflexivas y muy folclóricas”, aseguró.
“No envidio a nadie e ignoro aquello que no me interesa”, decía sobre sus colegas.
Riguroso y disciplinado, Daniel Sada escribía a diario y como el argentino Ernesto Sábato, también él quemó unas cuantas novelas. “Si publicara todo lo que he escrito, tendría unos 20 libros”, confesaba.
ALBEDRIO (fragmento)
“De ayer es la historia de hoy, de ayer la malversación. En Castaños, en invierno, pocas son las diversiones que entretienen a la gente. El acurruque es mejor, el gozo junto al fogón. Los ambientes embebidos de cocinas olorosas y mujeres trabajando: muy fume y fume los hombres dado que se saben cómo desviar el aburriumiento que traen los días desiguales de ventoleras y hielos; pues, cuando nadie supone, de pronto el sol sale grande como en tiempo de verano: los asombros se hacen tema que no dura una mañana porque antes del mediodía las nubes nublan al pueblo y por la tarde los fríos entran delgados mordiendo por debajo de las puertas: el viento echa niebla y lío para que la gente aguarde: por la noche, sin salir, ya sea que amanezca gris o se produzca un milagro. Pero no. El invierno dura mucho si la intensidad es larga. Los fulanos ya sin más se pasan toda una tarde jugando a la barajita mientas mojan hojarascas en caldosos chocolates. El juego es lento en la mesa, mas los niños por debajo juegan a inventar caminos: los zapatos de los grandes son los pueblos o los ranchos por donde ir; en la casa de Montes es así y a lo mejor en las otras si tan bien nacen las dudas. Las piernas de los señores son cañones peligrosos, hasta que...¡Sálganse de allí de abajo”, grita don Acacio Montes mientras el tío Luis Elviro con disimulo y de lado le mira todas las cartas. Los niños salen corriendo con sus carros en las manos, regañados por las madres. Si acaso los tiquismiquis y las pláticas apenas de poca risa y regusto en esos fondos calientes: afuera el frío llena todo endureciendo las caras”.





