
Ciudad de México, 23 de mayo (SinEmbargo).- Cuando en 2008 Pablo Barrera se rompió el ligamento cruzado de la rodilla izquierda, las alarmas saltaron en el cuerpo médico de Pumas. Era demasiado joven para haber sufrir una lesión de esa magnitud que podría lastrar su carrera. El tiempo pasó y aquel futbolista, rápido, eléctrico y desequilibrante, que jugaba mejor a perfil cambiado, se recuperó hasta llegar a la cima.
Para 2009, Barrera ya era un titular indiscutible. Esa temporada, Pumas alcanzó la final frente a Pachuca. Durante el partido de vuelta, Pablo marcaría el gol que le daría el sexto título a los universitarios.
Atrás habían quedado aquellos tiempos de muletas y reposo. Barrera comenzaba a brillar sin necesidad de que el sol saliera a relucir en el Estadio Universitario. El 9 de julio de 2010, después de que Pablo hiciera que los franceses en el Mundial de Sudáfrica tuvieran algunas pesadillas, se confirmó su salida rumbo a tierras europeas.
El West Ham había tocado las puertas de Pumas para llevarse a un zurdo que prometía convertirse en un jugador de talla mundial. Osvaldo Castro, el “Pata Bendita”, el chileno que hacía temblar los postes de las porterías rivales con su un potente disparo de izquierda, había acertado en proyectar la formación futbolística del jugador nacido en Tlalnepantla, y que, desde pequeño, jugaba en el Colo-Colo, una escuela de futbol que se ubicaba cerca de su casa.
Pablo se iría a Inglaterra y recibiría por dos años de contrato 3.5 millones de libras esterlinas. El reto que tenía enfrente Pablo era atractivo, tan atractivo como vivir en Londres. La temporada no le sonrió, el West Ham descendió y poco pudo hacer Barrera para evitar la debacle institucional.
Al final del verano, después de que Javier Aguirre tomara las riendas del Zaragoza de España, a Barrera también se le abrieron las puertas. De Londres a Zaragoza, sin escalas. Con la protección del técnico mexicano, Barrera al menos tenía garantizada la continuidad. La ilusión de la afición maña por la llegada del zurdo era gigante.
Sin embargo, al "Vasco" se le acumulaban los problemas en el banquillo, el club pasaba por un momento muy delicado económicamente, y la afición quería evitar a toda costa el sufrimiento de las últimas jornadas en la delgada línea del descenso.
Aguirre no logró contener la presión y debió abandonar el banquillo antes de que llegara el invierno. A Efraín Juárez la afición ya le había puesto la cruz, por lo que la paciencia con Barrera también amenazaba con diluirse. Llegó Manolo Jiménez como nuevo entrenador. Con la llegada del andaluz, Barrera quedó en un segundo plano.
Los días de gloria europea se había esfumado y Barrera había perdido su oportunidad para demostrar el nivel al que tenía acostumbrados a los mexicanos con la Selección Nacional.
Entonces llegó el Cruz Azul, que poco había hecho en el Draft, confiado de que en el mercado internacional encontraría los jugadores ideales para reforzar su plantilla. Memo Vázquez era el encargado de ajustar la mira. Trajo a Luis Amaranto Perea del Atlético de Madrid. A Pavone desde Argentina. Y finalmente, a Pablo Barrera del Zaragoza. El zurdo mexicano ahora vestiría una piel color azul, esta vez azul celeste.
Ha pasado algún tiempo desde su desembarco. Se ha hecho importante. Ha metido goles. Se desliza por la banda como si llevara patineta. Sube. Baja. Asiste. Tuvo la fortuna de romper el maleficio que tantos años había perseguido a Cruz Azul. Ahora es campeón y aspira a otro título, con la máquina, esa que ahora está engrasado y funciona como una locomotora. Ha recuperado los colores de su mejilla. Sale al campo con la frente en alto. Mira a los ojos al aficionado celeste. Es él, ese chico de Tlalnepantla que salió su barrio para triunfar.





