Erick Castillo Sánchez se resistió a un asalto y lo mataron anoche, en Acapulco. Era fotógrafo. Trabajaba en Discovery Channel. Estuvo con Alfonso Cuarón en Roma.

Oí que Erick Castillo cometió la estupidez de resistirse. O la estupidez de ir de vacaciones a Acapulco. O la estupidez de ser fotógrafo. O quizás cometió la estupidez de vivir.

Hace dos días, un niño cometió la estupidez de nacer en Empalme, Sonora, donde los sicarios están fuera de control. Lo quemaron vivo, al pobre. Iban además por la madre y por su hermanito, también niño. Le prendieron fuego a la casa. Solo él murió. Los otros resultaron quemados.

Y ya. No tiene sentido el recuento de casos. Aquí te matan por estúpido o por doblemente estúpido. Porque naces en Nuevo Laredo y pareces narco, por ejemplo. No tiene sentido seguir contando porque acabamos y, es más, ni siquiera hay datos. Miles han muerto este año. Miles que se quedan en el anonimato.

Más bien, estúpido yo. Tenía esperanzas de que esta tragedia terminara pronto. Estúpido yo, que soy neoliberal por quejarme de la inseguridad, que tengo una agenda oculta porque digo estas cosas; que soy ariete del “golpeteo mediático“ porque me conmueve un niño, un fotógrafo.

Mataron a Erick Castillo Sánchez porque este país está de la tiznada. Mataron a ese niño porque hay perros sueltos y con rabia.

Pero estúpido yo. Yo, y mi pobre esperanza.