En el bar, la luz media y amarilla es cálida, nos cubre a todos como brazos de una madre. A través de la ventana aparecen los cuernos de la luna. La noche, catalizadora de un tímido infierno. El alcohol se vuelve un solaz al corazón, lleno de culpa y cobardía porque dejaste pasar la vida frente a ti.

Las sillas rechinan y me recuerdan el paso del tiempo. En la juventud, la piel es efervescente y la mente aún más. Los años pasan, pero ya no sonríen afables; se llevan consigo el brillo de los ojos expectantes. Cayeron las hojas y murieron las aves.

Por Fernando Barbazan

Ciudad de México, 18 de enero (SinEmbargo).- Es entonces cuando comienzas a comprender al alcohólico insistente. El alcohol se vuelve un solaz al corazón, lleno de culpa y cobardía. Cobardía porque dejaste pasar la vida frente a ti, siguiendo un camino predeterminado, un camino hecho para ti, un humano genérico, cualquiera, y con la trágica y bella facultad de razonar.

Las sillas rechinan y me recuerdan el paso del tiempo en mí. Porque primero, en la juventud, la piel es efervescente y la mente aún más. “Quiero vivir, quiero hacer, quiero sentir”. Todos los días hay algo nuevo. Súbitamente comienzas a crecer. Los años pasan, pero ya no sonríen afables, ya no. Se llevan consigo el brillo de los ojos expectantes, porque ya no hay algo que aguardar.

Cada cosa, cada libro, cada obra, cada sonido… ya nada es nuevo. Todo es una bifurcación de otras cosas. Y es una bifurcación ilimitada, imposible de abarcar. Pasaron los años y tú eres aún más diminuto de lo que fuiste al nacer. Cayeron las hojas y murieron las aves. Tu vida se extingue. Tu vida y tu obra, tu vida y tu deseo. Ya no hay potencial, hay cenizas incapaces de arder de nuevo…

Arder. Las mesas arden, mi bebida arde entre mis manos. Las collilas están regadas por el suelo y el piso siempre está pegajoso; cada vez que me levanto parece que la tierra me quiere jalar hacia su centro. La luz media y amarilla es cálida, nos cubre a todos como brazos de una madre. A través de la ventana aparecen los cuernos de la luna; a la razón le escasea el sosiego. La noche, como nébula y catalizador de un tímido infierno, asoma el rostro cuando sólo los perros y los ebrios conversan entre ellos.

9:28 pm.

Te pienso, te recuerdo. Te hago honor. Me encantas. Tu olor a fresas rancias y a naturaleza muerta. La textura de tu carne de durazno, de durazno negro y terciopelo con encaje. Tu columpio del amor, ya sabes. Tu idioma espacial, vaporoso y envolvente. Tu viscosidad. Tus muslos. No recuerdo tu cara. La verdad, nunca recuerdo las caras.

Algunas mujeres dan miedo. Algunas ven a través de la ropa, de los ojos. Y mis ojos desaparecen, los cobijo. Algunas ven a través de los párpados. Entonces mi vista se torna perdida; mi ojo trata de huir, pero está preso por mi propia decisión. Esas mujeres son las que más miedo me dan porque son terribles, formidables, casi inhumanas… representan al universo entero. Y como tal, son cazadoras involuntarias de corazones derrotados.

Desaparecen, tremendamente aéreas, intangibles, etéreas. Sólo las admiras; cada quien tiene una, o dos, o seis.

Hay mujeres que se encarnan y otras que sólo susurran. Algunas veces un susurro puede más que setenta noches. Algunas veces ese susurro hace sangrar las orejas y el corazón.

Pero afortunadamente, estas mujeres se van con el aire, cabalgan la cresta de la ola y se pierden en el crepúsculo. Solo regresan sus lágrimas, porque estas mujeres lloran más que otras. Y si regresa, créeme, no es para tu solaz: es un simple milagro.

23:16 pm.

El ensueño es una técnica muy útil para mandar a la mierda a las cifras que componen al mundo real. La gente tiene cifras en la cara, en la muñeca, en la cintura y en la verga. Las cifras descomponen a cualquiera. El ensueño ayuda a olvidar las cifras que resquebrajan la esperanza de escapar del martillo de la mierda de sistema que domina. Tú, mi amigo, eres cifras. Tú, eres un número. Tú eres una mota en la vía láctea. Tú, ya sabes, eres una mierda. Vete a tu ensueño, que cuando despiertes, las cifras te habrán despedazado…

Sin música no quiero los oídos. Sin música sólo me quedan unos cuantos gemidos como reminiscencia del placer. Sin música sólo quedan los fluidos que otorgan los coros de la orquesta que te inyecto desde el sexo. Sin música, ya, tú y yo somos música. La música, al fin, tatuada en tu carne, piel de pentagrama…

1:16 am.

El ron es lo que usualmente me pinta el mundo de colores. La cerveza y un cigarrillo, que sirve para difuminar las líneas que delimitan cada objeto en mi visión. No necesito más. El mundo real me estorba en la trayectoria de las letras. El mundo se compone de sintagmas y paradigmas que fastidian mi percepción retorcida de una realidad podrida.

Ah, mi hogar. Estoy impregnado en todos los vasos, en la madera, en los retretes. Me gusta pensar que me transformaré en una cucaracha o una rata para venir aquí eternamente después de vida. Me colaré por los agujeros hasta que alguien me pise, caiga en una trampa o me quede adherido en algún chicle que se quedó en el azulejo.

Aquí ya me conocen bien, es mi hogar. Después de varios tragos flotaré por el aire. Mi buen amigo el cantinero me llevará cargando para aventarme en ese bordo llamado mi departamento. Ah, pero yo siempre regreso al bar. Esta es la única casa en la que me reciben.