DÍA DE MUERTOS, VÍVELO COMO SI FUERA EL ÚLTIMO DE TUS DÍAS

28/10/2012 - 12:00 am

¿Cómo se te ocurre poner a Bolaño al lado del Che? En memoria de mis difuntos, usaré la primera persona para contar un hecho personal muy ad hoc. Una vez tuve dos postales del escritor chileno Roberto Bolaño. Una de ellas la puse en el primer altar que hice en México, el año posterior a su muerte prematura (El autor de Los detectives salvajes murió en Barcelona, en 2003, cuando apenas tenía 50 años). La foto de Bolaño al lado del Che. Vivía entonces en un hermoso departamento en La Candelaria, Coyoacán.

Al regresar a la casa, nos encontramos con que habían estado los bomberos, y que por poco perdemos gran parte de nuestras pertenencias en el incendio que habían producido las velas puestas en el altar de Bolaño.

Mis amigos decían: “¿Cómo se te ocurre poner a Bolaño y al Che juntos?” Debo decir que esa costumbre tan mexicana de hacer altares todos los noviembres fue un hábito que adquirí y perdí casi en forma simultánea en aquella ocasión. Son menesteres que los naturales de este país fantástico realizan con precisión y alevosía. En una transterrada se convierten en gestos apócrifos e inútiles, además de complicados.

Cada 2 de noviembre que se aproxima, los conductores de televisión apelan al lugar común: “los mexicanos –dicen- viven la muerte de un modo distinto”. Si el presentador de turno es español, argentino o lituano, el lugar común se hace todavía más pedestre y, así, el enigma de los difuntos en esta tierra bendita se vuelve –si cabe- más indescifrable.

No se sabe bien qué quieren decir con eso de “vivir la muerte”, con eso de calificarlo como “un modo distinto”.

“Días pasan como nubes”, reza una canción popular. Y con el transcurrir del tiempo, todo intento de descubrir de qué están hechas dos de las celebraciones más importantes de nuestro país, se convierte en un gesto fútil e inabarcable.

El 1 de noviembre, dedicado a Todos los Santos y el 2, a los Fieles Difuntos, el día en que nuestros muertos queridos regresan para compartir una jornada de alimentos y evocaciones, constituyen ceremonias muy arraigadas en los naturales de una nación que hace altares para que las almas del Más Allá existan en un segundo aire que desafía la razón del tiempo, la cordura del espacio.

Y eso no es vivir la muerte. Ni quiere decir que los dolientes familiares del que ha dejado esta esfera cósmica disfruten con alegría su ausencia. Se trata de una celebración ancestral que nos compele a aceptarnos como seres minúsculos en un orden natural que nos trasciende.

Por eso, las pintorescas celebraciones que tanto llaman la atención a los foráneos, proponen un rito trascendente, jornadas de reflexión y encuentro con los que uno más quiere, muy alejados de los dictámenes del mercantilismo (aun cuando el enorme atractivo turístico de esta “fiesta” haya desvirtuado un poco el acontecimiento en algunos lugares) y de la propia iglesia católica, que a lo largo de la historia ha intentado una y otra vez y siempre en vano adueñarse de los rituales.

A Hallowen, es sabido, le hacemos guacala y fuchi. Nada tiene que ver con las ceremonias sagradas que implican dichas fechas en nuestros territorios, aunque Palacio de Hierro no se dé por enterado, claro está.

Vivamos entonces este día como si fuera el último. Es decir, muramos un poquito con nuestros difuntos queridos y vislumbremos el horizonte que se perfila detrás de un gran ramo de cempasuchil como la hermosa posibilidad que nos da el azar de cumplir nuestros sueños. Por nosotros y por los que ya no están.

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Doña Catrina se hace la dulce y se encarama con su silueta de azúcar para marcar la omnipresencia de su rostro inolvidable en nuestras vidas. Imposible no verlas a cada paso de nuestro transcurrir por las diferentes ciudades mexicanas.

Según una receta de la PROFECO, podemos también hacer las calaveritas propias y engañar a la muerte con nuestra pericia culinaria. Sólo necesitaremos 1 cucharada de miel de maíz, 1/2 cucharadita de vainilla, 1 clara de huevo, 2 tazas de azúcar glas, 5 cucharadas de fécula de maíz y colorantes vegetales comestibles. A darle al pincel y al batidor de globo como si fuera el último día de nuestra existencia. Si el cráneo o la mirada salen un poco torcidos, los parientes sabrán entender.

Para los aficionados a lo fashion, hay calaveritas que no se comen pero que nos hacen ver de lo más cool, por caso las diseñadas por la mexicana Tanya Moss en plata .925: llaveros, collares y pulseras muy elegantes y adecuadas para las finísimas personas que somos.

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Si en otros territorios más previsibles que el mexicano florecen en el Día de Muertos claveles rojos y blancos, gladiolos que se ponen mustios en poco tiempo, a lo sumo delgadas calas (parecidas aunque no iguales a nuestros rotundos alcatraces), el carácter prehispánico de nuestras costumbres nos ha puesto las cosas un poco más difíciles.

Al menos, no todo el mundo puede pronunciar sin que se le trabe la lengua las palabras cempasúchil o la más tradicional todavía cempoasóchil. Y aunque en este punto comience, usted lector, a escribir comentarios al pie presumiendo de su arte para nombrar la flor amarilla que resplandece en estos días, quién sabe si es tan mexicano como para saber a ciencia cierta que, además de adornar los altares, también tiene propiedades curativas.

Alivia el dolor de estómago, ahuyenta parásitos intestinales, sirve para el empacho y la diarrea, aligera los cólicos y hasta los crueles dolores de muelas.

Los estudiosos aseguran que también son eficaces en el tratamiento de ciertas enfermedades respiratorios como la gripa y la bronquitis.

No pague más de 25 pesos por un buen ramo o de 10 por una de maceta.

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Las almas viven en un lugar que la civilización mexicana que nos precedió ha llamado Mictlán. Los altares u ofrendas las convocan el 1 y el 2 de noviembre, días en que nuestros difuntos tienen una cita ineludible en nuestros recuerdos.

Lo primero es buscar el mejor retrato de la persona fallecida. Luego, armar un altar de siete escalones donde iremos distribuyendo los papeles de colores, una botella de tequila, naranjas, velas y, por supuesto, los alimentos y/o bebidas que disfrutaba nuestro ser querido.

Frutos que representan la tierra. El papel picado o papel de china, para convocar a los dioses del viento. El agua, infaltable y una veladora encendida para atraer los espíritus del fuego.

Sal para purificar, copal para guiar a las ánimas y las flores de cempasúchitl.

Este año, uno de los altares más atractivos se erige en el Museo de El Carmen de Ciudad de México. Según informó el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), 12 cuerpos momificados hace 300 años son protagonistas del altar conmemorativo del Día de Muertos.

Se trata de fotografías de gran formato que se exhibirán hasta el 4 de noviembre y que muestran los restos descubiertos por revolucionarios zapatistas en 1917. En 1929 las momias fueron depositadas en cajas donde se han conservado en buen estado, en un área de criptas que será abierta al público a fines de 2012.

Aunque en los últimos tiempos muchas voces se han quejado del ambiente “demasiado turístico” que rodea las celebraciones tradicionales en Janitzio, Michoacán, este sitio todavía conserva el encanto de una de las islas más bellas del lago de Pátzcuaro. Y lo que pasa en Janitzio, como se sabe, se queda allí.

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La luz es imprescindible para alumbrar el inframundo. La soledad del alma se expresa en los cirios, cuyas llamas representan la ascensión del espíritu.

En noviembre, los comerciantes de velas se hacen su agosto. Igual se quejan, afirmando que si antes muchas personas compraban cajas enteras para ofrendarlas a la memoria de sus muertos, hoy adquieren las velas por unidades. La crisis ha llegado también a este rubro.

Un hecho insoslayable lo constituyen los posibles accidentes, a veces trágicos, que puede ocasionar una vela encendida en un hogar inflamable. Hay que tomar todas las precauciones posibles para evitar un incendio. Es decir, conviene apagar las velas antes de salir de la casa y cuidarse mucho del viento que puede torcer el curso de la llama y originar un fuego incontrolable.

Hay velas artesanales, artísticas y aquellas muy sofisticadas donde los santos no parecen el Ecce Homo de Borja. Para todos los bolsillos, lo importante es que alumbren.

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A falta de copal, bueno es el incienso. Lo mejor, como decía el Chavo del 8: las dos cosas. Nuestros antepasados usaban la resina vegetal del árbol que llamaban copalquáhuitl (ajá) y los españoles trajeron con ellos, entre otras cosas, el incienso.

En el Día de Muertos, copal e incienso son grandes purificadores y el humo y el aroma constituyen grandes símbolos de reverencia hacia los ancestros.

El paso de la vida a la muerte se produce así libre de los malos espíritus.

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Ay, tan rico, poco apropiado eso sí en una dieta que pretende estar libre de carbohidratos.

Los que cuidan la silueta pueden comer el que está hecho con harina integral. Conviene saber que una rebanada pequeña de 140 gramos tiene aproximadamente 220 calorías. No está tan terrible. Ahora bien, ¿quién come sólo una pequeña rebanada?

El pan de muerto tiene forma redonda para simbolizar una tumba. La parte superior representa el cráneo, los adornos laterales, las extremidades. Se adorna con azúcar roja, para simbolizar la sangre. Tres lugares en el DF para comer el mejor pan de muerto, hecho con la receta tradicional de nuestros ancestros: La Esperanza, Maque y Pastelería Suiza.

Y a nuestros muertos queridos, ¡salud!.

Mónica Maristain

Mónica Maristain

Es editora, periodista y escritora. Nació en Argentina y desde el 2000 reside en México. Ha escrito para distintos medios nacionales e internacionales, entre ellos la revista Playboy, de la que fue editora en jefe para Latinoamérica. Actualmente es editora de Cultura y Espectáculos en SinEmbargo.mx. Tiene 12 libros publicados.

Lo dice el reportero