Luego de un siglo de que se perpetrara el fraude más famoso en la historia de la paleontología, aún hay quien se empeña en desentrañar los misterios ocultos tras el montaje científico. El que fuera el perfecto eslabón perdido, el hombre de Piltdown fue un engaño que duró cuatro décadas y aún no se ha descubierto al autor.
Expertos de la época figuran como los principales sospechosos junto con un joven Pierre Teilhard de Chardin (quien después fuera destacado filósofo), pero el elemento maquiavélico se acentúa con la mención del mismísimo padre de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle quien también pudo haber estado inmiscuido en el fiasco paleontológico.
El cráneo de Piltdown se presentó hace casi 100 años, el 18 de diciembre de 1912, y científicos actuales analizan con técnicas avanzadas los fragmentos y los fósiles asociados con la esperanza de poder averiguar cómo se construyó semejante mentira y, ¿por qué no?, descubrir al culpable o culpables, así como sus motivaciones, según menciona Chris Stringer, paleontólogo del Museo de Historia Natural de Londres.
La historia nos lleva a un yacimiento de grava en Piltdown, Sussex, donde el arqueólogo aficionado Charles Dawson encontró unos fragmentos craneales humanos. El Eoanthropus dawsoni, como fue bautizado, causó sensación en el mundo académico y popular, pero también reacciones encontradas.
El fraude salió a la luz en 1950 con las nuevas técnicas de datación química que se aplicaron a los restos de Piltdown. se estableció que la mandíbula no tenía más de 50 mil años, y los análisis posteriores desvelaron no sólo que eran de un orangután moderno, sino que fueron manipuladas para que encajaran.
Para muchos el asunto ya es caso cerrado y la confirmación del fraude es suficiente. No obstante hay que recordar que la historia del supuesto "eslabón perdido" que engañó al mundo no es única. Como ejemplo los siguientes casos:
1. En 2009 el investigador Hwang Woo-suk fue condenado a dos años de vigilancia por las autoridades de Corea del Sur por cometer uno de los mayores fraudes científicos. El surcoreano y su equipo engañaron al mundo cinco años antes al anunciar que habían conseguido clonar embriones humanos por primera vez. Entonces la comunidad científica celebró y aceptó la noticia, la cual incluso fue publicada en la revista Science. Sin embargo, era mentira.
2. En el 2000, el arqueólogo Sinichi Fujimura ocupa un penoso lugar en los fraudes científicos a pesar de haber ganado con anterioridad el prestigio internacional por descubrir las cerámicas más antiguas de Japón, de unos 40 mil años. Hace 12 años el japonés aseguró haber encontrado cerca de la localidad de Tsukidate utensilios y agujeros que soportaban pilares de 600 mil años, lo que demostraba la presencia humana en el archipiélago en dicha época. No obstante, el escándalo se produjo cuando unos reporteros descubrieron que el científico colocaba de madrugada los artefactos prehistóricos que desenterraban sus colaboradores durante el día. Asombrosamente Fujimora se disculpó con una excusa poco científica al asegurar que "el diablo" lo impulsó a cometer el engaño.
3. El Archaeoraptor liaoningensis es otro fraude que no deja en paz a la comunidad científica, este "descubrimiento" se trató de un dinosaurio con alas que incluso llegó a ser portada de la revista National Geographic al tratarse de un "eslabón perdido" entre los dinosaurios y la aves. Fue encontrado en China en la década de los 90 y su aspecto con alas emplumadas y cola de dinosaurio fue una fantasía para los científicos. Al poco tiempo un escáner demostró que el dinosaurio original era un pequeño carnívoro, el "Microraptor zhaoianus", al que le habían colocado partes de un ave, denominada "Yanornis martini". Demasiado bello para ser cierto.
4. El vienés Paul Kammerer, uno de los biólogos más importantes de la primera mitad del siglo XX, habituó a sapos parteros a aparearse en el agua, al igual que las ranas. Bajo esas circunstancias, a los machos les crecen diminutas espinas en sus patas traseras para sujetarse mejor a la espalda mojada de las hembras. Sin embargo, Kammerer aseguraba que a la progenie de estos sapos nacía con esos mismos apéndices, lo cual que echaba por la borda la teoría de la evolución. Tiempo después un colega suyo descubrió que los sapos no eran naturales y que Kammerer les inyectó tinta china en sus patas. Quien fuera conocido como el "nuevo Darwin" no soportó la vergüenza y se mató de un tiro.






