LECTURAS | Las últimas horas de Marcial Maciel: “¡Por favor! ¡Traigan ya al exorcista!”

29/10/2016 - 12:03 am

¿Y si una corriente de la Iglesia Católica está apostando a que el Papa Francisco renuncie? ¿Y si el Papa Benedicto XVI renunció debido a una amenaza de muerte que recibió? ¿Y si existe una logia masónica dentro del Vaticano, a la que pertenecieron Juan XVIII y Pablo VI?

Ciudad de México, 29 de octubre (SinEmbargo).– La trama de Secreto Vaticano promete:

“Por primera vez en 600 años un sumo pontífice renuncia a su cargo en vida. Benedicto XVI asegura que su decisión fue tomada debido a su avanzada edad. La realidad es que recibió amenazas de muerte. Posteriormente, Pío del Rosario es reclutado para la misión de inteligencia más arriesgada y trascendente que se haya llevado a cabo dentro del Vaticano: descubrir quién forzó la renuncia de Benedicto XVI y por qué atentó contra la vida de su antecesor Juan Pablo II. La raíz de este complot amenaza la vida del nuevo papa Francisco, a quien sus enemigos llaman ‘antipapa’ y ‘masón’. Esta intriga catapulta a Pío del Rosario para infiltrarse con los hombres cercanos al papa, hacia el origen mismo del Banco del Vaticano y del propio cristianismo. ¿Qué dinero y qué intereses establecieron ese banco desde un principio para convertirlo en un organismo capaz de controlar a los mismos papas y a toda la Iglesia? Lo que descubre Pío es que una entidad del gobierno de Estados Unidos utiliza al Vaticano como una tubería blindada para realizar operaciones encubiertas y financiación del terrorismo”.

Así se promociona Secreto Vaticano, novela de actualidad, radiografía “nunca antes condensada de la guerra de poderes oculta que se está librando en el Vaticano, una investigación de hechos reales —con datos verídicos— que se presenta como un thriller novelado”.

El autor es Leopoldo Mendívil López, un escritor mexicano nacido en 1970 con estudios de comunicación en la Universidad Iberoamericana. Ha trabajado como publicista y tiene otros bestsellers como Secreto 1910, Secreto 1929, Secreto R y Secreto Vaticano, todos publicados por Grijalbo.

Con autorización de la editorial le llevamos a ustedes este adelanto de una novela que seguramente dará qué decir. Que venderá. Y, como podrá imaginarse por el origen del autor, esta novela tiene muchas referencias a México.

Siéntese, lea, disfrute el siguiente adelanto. Y si le late, cómprese el libro.

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—Las actividades sexuales criminales del sacerdote Marcial Maciel Degollado y de sus subalternos comenzaron a registrarse desde antes de 1983 —nos dijo el hombre de la careta—, en el Instituto Cumbres de la Ciudad de México, una escuela primaria donde sus hombres Lucatero y Francisco Rivas cometieron y encubrieron un número aún no cuantificado de violaciones de pequeños cuyos padres no eran importantes o influyentes. La escuela se convirtió en una especie de proveeduría de niños para el sexo de sacerdotes y probablemente también para contactos de alto nivel en el gobierno y del círculo de aliados poderosos. Las denuncias comenzaron a ser presentadas ante el Vaticano durante el pontificado de Juan Pablo II.

—Maciel fue acusado desde 1956 por abuso de morfina —intervino Clara—. Lo destituyeron desde el Vaticano, pero con sus influencias fue reinstalado en 1959. Fue él quien convirtió al uso de la morfina y de otras drogas en algo regular para tratar psiquiátricamente a sus sacerdotes, al grado de afectarles el cerebro.

El hombre de blanco nos dijo:

—En 1998 eran ya nueve las acusaciones de violación y más de treinta niños los violados por sacerdotes de Maciel. Pueden haber sucedido muchos más incidentes que nunca fueron reportados. En México las violaciones, y más cuando son homosexuales, se mantienen en secreto porque causan demasiada vergüenza a las víctimas. Todo esto fue llevado ante el papa Juan Pablo II, pero el Santo Padre no hizo nada.

Clara miró el sobrecogedor edificio recto y arenoso de cuatro pisos.

—¿Cómo un hombre puede cometer los actos más malignos y escudarse con Jesucristo?

El hombre le dijo:

—Éste es uno de los casos de encubrimiento más masivos e impunes en la historia humana. No hay virtualmente nadie en la cárcel. Ahora entendemos por qué —y se volvió hacia nosotros. Le dije:

—Doscientos millones de dólares anuales para el Vaticano.

—Así es —y el hombre de blanco se llevó las manos hacia el casco. Empezó a desacoplarse los seguros—. Maciel había sido el mago que convirtió un país de gobierno masónico en un país donde el gobierno y la cúpula empresarial fueran católicos y legionarios, dispuestos a obedecer el dictado de un solo hombre, un hipnotizador capaz de doblegar a cualquier millonario u hombre de Estado: él mismo, aunque estuviera acusado de violación de menores y ellos lo supieran, y aunque ese mandato suyo implicara donarles a él y a su organización todo su dinero y desheredar a sus propios hijos. Para algunos, estos logros increíbles no sólo son un auténtico milagro, sino la obra de un santo. El propio papa Juan Pablo II, aun cuando estuvo perfectamente enterado de todos estos crímenes con los niños, convirtió secretamente a Marcial Maciel en uno de los selectos cardenales capaces de elegir a un nuevo papa, o él mismo aspirar a convertirse en pontífice.

A su lado, uno de sus acompañantes se quitó rápidamente el casco. Era un hombre maduro, moreno, canoso, de anteojos. Un imperioso intelectual. Nos dijo:

Ego voxifer sum. Yo soy un portador de una voz. Apud te Voxifer Raúl Domínguez ero. Para ti voy a ser la voz del jurista mexicano Raúl Domínguez. Marcial Maciel fue ungido cardenal por Juan Pablo II bajo la modalidad in pectore. Significa “desde su pecho” o “en secreto”. Cuando las denuncias llegaron, Juan Pablo se opuso a tramitarlas. El responsable de recibirlas y procesarlas era el eminente Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Él mismo explicó después por qué no hizo nada: dos hombres protegieron a Marcial Maciel y le indicaron a Ratzinger que no hiciera nada.

—¿Quiénes? —le preguntó Clara. Se agazapó sobre el respaldo del asiento.

—Hombres que controlaron al propio papa. Ratzinger acató las órdenes. Obedeció. En el año 2004 se les escribió a las víctimas para informarles que el caso se iba a reabrir. Pero en realidad nada ocurrió. Se les notificó a los afectados que Maciel ya estaba muy “viejito” como para procesarlo por un crimen.

A doscientos metros de nosotros, por cada lado por detrás de las edificaciones, los conductores de los monstruosos Volvo C-303 comenzaron a tomar sus posiciones.

El hombre de blanco empezó a quitarse la careta:

—Claramente, la brillante mente empresarial de Marcial Maciel, que creó en forma legal y constructiva un emporio de escuelas tan grande como las corporaciones multinacionales Mitsubishi, el Banco de Brasil, Hitachi o Christian Dior, combinada con su magnetismo y su astucia para seducir y manipular utilizando a Jesucristo, lo transformó en un poder inatacable. Murió sin jamás pisar un reclusorio.

En mi cabeza vi una explosión de color rojo. Todo se llenó de gritos, de alaridos. Vi a los reporteros de La Crónica y El Mundo de España, Idoia Sota y José M. Vidal. Ella me dijo: “Es un imperio calculado en unos veinte mil quinientos millones de euros”. Comencé a avanzar dentro de la oscura habitación de Jacksonville, Florida. En la cama vi a Marcial Maciel. Olí su cuerpo. Olía a acetona. Se volvió hacia mí:

—Nadie conoce el verdadero tercer secreto de Fátima. Busca a Lucía. Que ella te diga la verdad.

Cerré los ojos. Vi un estallido: una imagen roja. Entraron hombres de negro, sacerdotes.

—¡Tienes que aceptar la extremaunción! —le gritaron al creador de la Legión de Cristo.

—No quiero —les dijo Maciel. Se volvió hacia un lado. Lo sujetaron con mucha fuerza.

—¡Tienes que tomarla! ¡Es para salvarte!


El viejo empezó a retorcerse:

—¡No quiero la confesión! ¡No quiero la extremaunción! ¡Digo que no!

Dos mujeres comenzaron a gritar en forma apocalíptica:


—¡Por favor! ¡Traigan ya al exorcista! ¡El padre no quiere recibir los sacramentos!


En la parte de atrás, por delante del espejo, vi a un sujeto borroso.

Estaba ahí, sonriéndome, observándome.

—¿Quién era el hombre de la CIA? —me preguntó una voz, en un dormitorio gris metálico. Sentí un vacío frío dentro de mi cabeza.

—Es la morfina —dijo un médico que olía a acetona con nitrofenol—. Le aplicaron doscientos miligramos en serie. Tendremos suerte si no perdió capacidades cognitivas. Tiene destrucción celular en la sección tres del Cornus Ammonis, CA-3 del hipocampo. La morfina causa destrucción en la memoria.

Vi en la habitación del padre Maciel a uno de sus más poderosos sucesores: el vicario Luis Garza Medina, de limpio rostro, con delgados anteojos. Se inclinó hacia él:

—Le doy dos horas para venirse con nosotros o llamo a todos los medios para que todo el mundo se entere de quién es usted de verdad.

Lentamente me le aproximé al padre Maciel:

—Padre mío... —y sentí un terror imposible de describir—. ¿Usted alguna vez visitó a la hermana Lucía, la niña que en 1917 vio a la Virgen en Fátima? ¿Alguna vez usted la fue a ver a la celda, al convento donde la tuvieron recluida, en Coímbra, Portugal? ¿Qué le dijo ella?

El hombre “santo” comenzó a retorcerse como una bestia. Empezó a gruñir.

—¡Escriban estas palabras! —nos gritó a todos. Sus ojos se rodaron hacia el techo—. Et Verbum Caro Factum Est. ¡Et Verbum Caro Factum Est!

¿Y el Verbo se hizo carne...?,pensé. Vi, como en un espejismo, el pasaje exacto donde esa frase está dentro del evangelio de Juan, el Apóstol. “Ioannes 1:14”, “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros...”

En el Hummer, el hombre de blanco nos dijo:

—Durante años nadie supo con claridad quién fue el protector secreto de Marcial Maciel en los niveles más altos del Vaticano. Hoy se tienen prácticamente todos los nombres: el cardenal polaco Stanislaw Dziwisz, secretario privado del papa Juan Pablo II; el cardenal Martínez Somalo y el poderosísimo secretario de Estado del papa Juan Pablo II, Angelo Sodano. Uno de ellos detuvo las investigaciones.

Clara volvió a intervenir:

—La periodista Carmen Aristegui ha explorado profusamente todo este episodio. Cuando el líder sindicalista de Polonia Lech Walesa, que era católico, se levantó en una “rebelión pacífica” contra la opresión de la Rusia comunista, el aparato de comunicación que usó para comunicarse directamente con el papa Juan Pablo II lo pagó Marcial Maciel Degollado, con dinero de la Legión de Cristo.

El hombre que se llamó a sí mismo Voxifer o “portador de la voz” del jurista Raúl Domínguez nos dijo:

—El alzamiento del polaco Lech Walesa se multiplicó a los demás países que estaban bajo la dominación de la Unión Soviética. Este fue el incidente que derrumbó al imperio Soviético.

—Esto convierte a Marcial Maciel en un héroe de la Guerra Fría —nos dijo el hombre de blanco. Lentamente se volvió a bajar la careta. No pudimos verle aún su cara—. Maciel no tiene ninguna estatua en ningún lugar del mundo por este hecho. Fue él, con esa radio de alta tecnología, el que probablemente logró el sueño de la segunda promesa de Fátima: derribar al comunismo y a la Rusia Soviética. El cardenal que hizo todo esto posible fue el antecesor y mentor de Angelo Sodano: Agostino Casaroli, secretario de Estado del Vaticano, todo esto durante el papado de Juan Pablo II. Fueron ellos los que derrumbaron a la Unión Soviética. Crearon el mundo que actualmente estamos viviendo.

Diez años atrás, saliendo de ese mismo edificio de color arena, el secretario privado del aún vivo y aún poderoso Marcial Maciel Degollado, el joven Rafael Moreno, de veintidós años, se dirigió hacia el Vaticano, hacia el Palacio Apostólico, hacia los apartamentos papales. Caminó apresurado, con sus papeles en el pecho, tronando sus negros tacones contra el mármol de las oscuras Estancias de Rafael.

Lo condujeron hacia el importante secretario Personal del papa Juan Pablo II: el rubio Georg Gänswein.

—Necesito verlo ahora —le dijo Rafael Moreno.

Georg Gänswein lentamente levantó la cara:

—Querido Rafael, Hermano en Cristo.

El secretario de Marcial Maciel se le aproximó:

—Necesito ver al papa.

—Su santidad no tiene tiempo ahora. Puedes ver a su secretario de Estado, Angelo Sodano. Tiene tiempo para recibirte.

—El cardenal Sodano no quiere verme. No quiere escuchar nada de esto. Tengo que ver al Santo Padre. Mi vida misma está en riesgo.

George Gänswein abrió los ojos. Comenzó a levantarse.

—¿Qué es lo que sucede? ¿Es así de serio? —y comenzó a crear un apunte. Apuntó la fecha. Octubre 19. 2003.

—He tenido que destruir evidencias. Lo incriminan.

—¿A quién? ¿A Marcial Maciel? —y cautelosamente se volvió hacia la imponente puerta dorada. Detrás estaba el papa Juan Pablo II.

Georg Gänswein, ahora secretario del papa Benedicto XVI, cerró los ojos. Comenzó a escribir en el papel:

Octubre 19, 2011.

Rafael Moreno fue por 18 años el secretario privado de MM. En 2003 insistió en informar a PPII, pero este no soportaría escucharlo, y no le creía. Quiso informar al cardenal Angelo Sodano, pero éste no le otorgó una cita. Moreno dijo que había tenido que destruir evidencias.

En la blanca Hummer, que olía a plástico nuevo, el hombre de blanco nos dijo:

—En el reporte de Jason Berry se informa que la vinculación de Marcial Maciel con el secretario de Estado Angelo Sodano fue tan fuerte que Maciel le organizó fiestas familiares, probablemente en este mismo inmueble que tenemos enfrente —y señaló hacia el impactante edificio de pequeñas ventanas cuadradas—, aquí en Via Aurelia 677. Berry informa que Maciel entregó regalos a Sodano por quince mil dólares, y que Maciel le ofreció contratos arquitectónicos de la Legión de Cristo al sobrino del cardenal: Andrea Sodano. Las fiestas que le organizó en estos inmuebles fueron para cuando menos doscientos invitados.

El hombre situado a su lado, que se dijo Voxifer o “portador de la voz” del gran jurista mexicano, nos dijo:

—En 13 de mayo del año 2000, el cardenal Angelo Sodano anunció al mundo que el tercer secreto de Fátima por fin iba ser revelado. Se publicó el 26 de junio del año 2000. El texto que se hizo público es la versión de cuatro páginas que se ha dado a conocer al mundo, sobre un obispo asesinado al subir por una montaña, hacia una cruz en la cima, donde dos ángeles recolectan su sangre con “aspersorios” o “rociadores de agua bendita”. Ésta es la versión que gran parte del mundo cree que es una mentira para ocultar la verdad.

Redacción/SinEmbargo

Redacción/SinEmbargo

Lo dice el reportero