
Ciudad de México, 25 de marzo (SinEmbargo).- “Decía un maestro de literatura que escritor es aquel que no alcanza a ser poeta. Periodista es aquel que no alcanza a ser escritor y redactor es aquel que no alcanza a ser periodista”. La voz suave y grave de locutor de René Delgado (Ciudad de México, 1954) corta el aire solemne de la prolija y señorial oficina que ocupa en el periódico Reforma, que dirige desde 2004 y que ayudó a fundar en 1993.
De impecable traje azul, barba bien recortada, aunque su presencia resulta intimidante al inicio, es lo suficiente cortés y profesional como para hacer una mención a un detalle biográfico de la cronista, demostrando que se documentó antes de la entrevista motivada por la edición de su nueva novela.
Se trata de Autopsia de un recuerdo, publicada por Grijalbo 16 años después de El rescate y que lo regresa –aun cuando esta no sea una continuación de aquella, como bien se encarga de aclarar la casa editora- al mundo oscuro del crimen organizado, esa bruma donde todos son culpables de algo y donde ni siquiera el punto final de la trama devela todos los misterios.
Un periodista convocado por los forenses a reconocer el cadáver de su amante, asesinada junto a su dealer, sicarios que consagran en grupo los rituales de la violencia, el amor flotando como una espada aciaga en el alma de tipos rudos y mujeres victimizadas por el horror: historias que plantean una paradoja en la novela.
Por un lado, pueden ser reconocidas en la realidad que nos rodea y por el otro son fruto de una invención literaria que el autor defiende y alimenta con imaginación prodigiosa y una pluma que como estilete provoca emociones vibrantes, en un relato que se lee con fluidez hasta el final.
Como si hubiera valido la pena esperar tantos años para volver a la literatura y al mundo de los libros, un periodo en el que se dio tiempo de todos modos para publicar en algunas antologías y seguir su vida disciplinada, en la que el oficio periodístico funciona como un todo de realización personal.
La entrevista escatima tiempo a su actividad febril. De vez en cuando mira el reloj con cierta ansiedad y sus respuestas cortas pero firmes revelan que este hombre sabe cómo sacarle el jugo a las horas y concentrarse, incluso hasta disfrutar –sonriendo esplendorosamente en algunos tramos- una charla sobre letras y, al final, como no podía ser de otra manera, sobre los medios, las noticias, el país.
EL AMOR FRENTE A LA MUERTE
–Ese amor que siente Juan por Teresa en la novela expresa también lo corto que se queda el amor frente a la muerte…¿coincide?
–Lo que pasa es que como periodista que es el protagonista también es evidencia de las dificultades que plantea este oficio en torno a las relaciones. El oficio exige sacrificios.
–¿Hay algo de biográfico?
–En lo que se refiere a las cuestiones sentimentales no. En lo que es el personaje, sí.
–En la novela muere también Sandra, no sólo Teresa.
–Bueno, eso lo dice usted. Usted llega a esa conclusión.
–¿Nunca pensó en una trilogía?
–Francamente no. Había escrito hace 20 años El rescate y de pronto no he logrado someter la tentación de escribir literatura. Digamos que el común denominador del periodismo y la literatura es la escritura y no he podido renunciar a la ficción.
–Esta ficción es sentimental y conmovedora
–Sí y digamos que eso obedece a la libertad que se permite la ficción y que no permite el periodismo. No voy a negar que tiene ese sentimentalismo que usted menciona y diría también que hay algo de romanticismo.
–¿El amor es un ideal en el que usted todavía cree?
–Sí y de hecho me halaga mucho que pregunte usted por ello, porque en el fondo creo que hay dos pies sobre los que caminar en la vida. Uno es el amor y el otro es el trabajo. Uno puede cojear del uno o del otro, pero no de los dos a la vez, sería un desastre.
–Usted no se imagina lo mal que me va en el trabajo cuando me enamoro…
–(risas) Siempre le digo a mi mujer que al fin de cuentas estoy casado con los medios y que ella y yo vivimos un gran amasiato. En nuestro gremio siempre aparece el nombre ligado al trabajo. René Delgado del Reforma y así. En ese sentido pareciera ser que se establece un matrimonio con el oficio, más que con las personas.
–Pensando en esta ficción que recrea, no es tanta ficción, ¿no le parece?
–No, es verdad. Se trata, como diría Mario Vargas Llosa, de la verdad de las mentiras. En el fondo hay elementos de la realidad, pero no solamente son hechos los que aparecen, están recreados. En el caso de El rescate, el secuestro deriva de dos secuestros reales, de dos verdades que construyen “la mentira” de la novela.
–Me gusta mucho Juan, el protagonista de Autopsia de un recuerdo. ¿Usted lo quiere?
–Lo quiero sí, pero no solamente a Juan Lavín. Es parte de la magia de la escritura, cómo de pronto brotan personajes que no tenía uno contemplados.
–Hábleme un poquito de Juan
–No sé si le dije adiós en este libro. Los personajes determinan cuando muere el autor, pero no necesariamente el autor sabe cuando mueren los personajes. Uno está pensando en el siguiente escrito, pero no he tomado ninguna decisión al respecto.
–¿Los personajes mandan o mandan el autor?
–El deseo es declararse uno gobernador de una realidad ficticia, pero al escribir siempre hay disensos sobre el tema. No creo que uno siempre sea el que manda en lo que quiere contar.
–Si con su esposa vive un amasiato y con el Reforma un matrimonio, ¿qué es la literatura para usted?
–Es otra instancia de la escritura. Donde no necesariamente son compatibles el periodismo y la literatura, que tiene como horizonte la imaginación. Al practicar el periodismo nos hacemos de datos, de experiencias, de circunstancias, que no se agotan en el espacio que establece el medio y que tienen un sustrato a veces más rico que el que tiene la propia noticia. No renuncio a tomar esas porciones de la realidad para recrearlas en la literatura.
–¿Es un desafío también?
–Sin duda. Existe además el temor a la exposición pública de lo que uno ha imaginado, pero al mismo tiempo y por fortuna me rebelo a quedarme en el espacio donde habitualmente me desenvuelvo.
–¿Piensa en el éxito literario?
–¡No! Ni siquiera me considero un escritor, fundamentalmente me considero un reportero y agradecido de pertenecer a este oficio, donde uno conoce a los más hermosos personajes y también a los más perversos. De ese modo también encuentro personajes en las personas y de eso está lleno el libro.
TAMBIÉN UN CRONISTA
Como periodista, René Delgado se alinea en esa tendencia de quienes habiendo desarrollado una rica y exitosa carrera en los medios, se anima con la literatura, tal el caso de Jorge Zepeda Patterson, flamante Premio Planeta por Milena o el fémur más bello del mundo y el de Diego Petersen, autor de Los que habitan el abismo, por nombrar dos casos entre muchos otros.
El director del Reforma también ha incursionado en la crónica, publicando en 1989 el reportaje Ovando y Gil: Crimen en Víspera de Elecciones y un año anterior el volumen de política La oposición: debate por la nación.

–¿Qué piensa de los periodistas que como usted se dedican a la literatura?
–Yendo a mi personaje Juan Lavín, mentiría si dijera que no hay mucho de mí en él, pero no se trata de mi “gloriosa biografía”, porque sobre todo no creo en los desdoblamientos, en el sentido de que el periodismo y la literatura no entablan una disputa entre el deber y el placer. Nos ocurre un poco lo que al payaso de Heinrich Böll, que no tiene un tiempo libre puesto que no tiene tampoco un tiempo esclavo. Tiene un solo tiempo, el de él.
–¿Cree que el mandato en el periodismo es todavía el tener que escribir bien? No creo que ese sea el mandato de las nuevas generaciones. ¿Coincide?
–No, desde Ernest Hemingway hasta Arturo Pérez Reverte, nuestro oficio ha tenido grandes plumas y lo que creo que está cambiando es el espacio de la expresión. Quizás tengamos que pensar en publicaciones periódicas para encontrar esas plumas. Además, me parece que hay periodistas que nos deben libros, como Jaime Avilés y Roberto Zamarripa, por ejemplo.
–¿Usa Facebook o Twitter?
–Ninguno de los dos. Siempre digo que soy generación télex/fax/correo electrónico y whatsapp. En otras redes no he incursionado. Como dice Juan Lavín en mi novela, a veces la gente pareciera estar más interesada en lo último más que en lo primero y a menudo tengo la percepción de que las noticias ocultan la información.
–¿Estamos ante el momento más difícil del periodismo en México?
–Me parece que sí, tanto por el desafío que plantea la migración del lector de papel a las plataformas digitales como por la ausencia de modelo de negocio en esa migración, en medio de un vértigo político donde la capacidad de reportear la realidad no alcanza. Un problema esconde otro problema y lo agranda.
–¿Después del tiempo transcurrido, diría que triunfó el Reforma al persistir en su modelo de Internet pago?
–Bueno, la información cuesta. Generar la idea de que la información es gratuita puede meternos en un segundo problema, pero hablar de que si triunfó o perdió, me parece que la moneda está en el aire, ¿no? No solamente Reforma, es un desafío que traemos todos los periódicos.
–Si no se encuentra ese modelo de negocio, ¿los periodistas pasaríamos a ser una especie en extinción?
–Es buena pregunta. El concepto del periodista actual requiere una recreación del modelo. Establezco una diferencia entre el peligro y el riesgo. El peligro se relaciona con el pasado, tiene un sentido relacionado con la pérdida. El riesgo, me parece que está correlacionado con el futuro y plantea la posibilidad de ganar o de perder y lo que creo es que estamos frente a un riesgo.
–¿El PRI nunca aprenderá a tratar con los medios de comunicación?
–Lamentablemente creo que estableció una forma de relación con algunos medios, pero me parece que se ha fortalecido la participación y la atención social en los medios y esa sociedad es la que marca el límite y el alcance de la libertad de expresión. No es solamente una relación entre la fuente y el medio, sino también con el otro cargo del proceso de comunicación que es el receptor. Siempre digo, además, que el periodista es mala hierba, brota así sea en el campo de golf o en las dos junturas de una piedra. Cuando uno tiene ganas de informar, de criticar, encuentra las trincheras. Hay trincheras estrechas y hay otras grandes, espléndidas.
–¿Cómo evalúa el caso Aristegui?
–Lo evalúo positivamente, es decir, que la gente salga a defender el medio en el cual deposita su credibilidad es muy bueno, aunque creo que falta organización para lograr ese objetivo.
–¿Hace usted una diferencia entre el periodista y el medio?
–No, no creo en eso. El periodista tiene que tener muy claro el medio para el que trabaja, porque si no existe esa claridad se comienza a creer en los absolutos. La libertad de expresión no es un absoluto, es un derecho que si no se ejerce se pierde, se aumenta o se disminuye. Uno tiene que estar con los pies muy bien puestos en el medio donde se encuentra, allí se expresan la pluralidad y los intereses. El periodista que cree en los absolutos se puede dar más de un frentazo.
–Frente a un caso similar al de Carmen Aristegui/MVS, ¿usted se hubiera manejado de la misma manera?
–Mire, no estoy en sus zapatos. Creo que algunas cosas sí y otras no. A veces uno tiene que afrontar sus propios errores y a la vez reconocer su circunstancia. Esto es clave.
–¿Vienen tiempos más duros para México?
–Más duros. Hay gran disconformidad social y hay una clase política que en su conjunto que convirtió al ciudadano en el instrumento del Partido, en lugar de que el Partido sea un instrumento del ciudadano. Hay, además, un cuadro económico terrible, atroz. Estamos en tiempos duros y por lo que alcanzo a ver van a ser todavía más duros. Ojalá sepamos desempeñarnos frente a esa realidad.
–¿Qué siente cuando escucha la palabra México?
–Me desespera, porque siento que ha sido una transición prolongada y no veo la democracia. Me desespera que no sepamos construir cambios a una velocidad mayor de la que traemos.
–¿La falta de alternativa política no le resulta también desesperante?
–Ah, perdón, pero ahí siento que el PAN nos debe, ¿no? No hizo de la alternancia la alternativa. Los Partidos se limitan a cuestionar las cuotas del poder, pero no el sentido del poder. Sí el problema es el PRI, pero lo complementan muy bien el PAN y el PRD, qué bárbaros. Confunden las posiciones con las posturas.
–¿Estamos en un magnífico país donde siempre nos van a faltar 43?
–A ver, no son 43. Lamento que eso no acabe de entenderse. Los 43 no nos dejan ver los más de 20 mil y ese es el punto. Para mí, lo ocurrido en Iguala abre la fosa mayor, no es que se descubrió que hay una fosa, sino que ahí se destapó la Gran fosa. A veces sí me puede que se pretenda reducir a los desaparecidos a 43. Nos faltan muchísimos más.




