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Alma Delia Murillo

15/10/2016 - 12:00 am

Tú no (pinche prieta)

                                No me mires con desprecio, si yo soy morena es porque el Sol me miró. Porque los hijos de mi madre se enojaron contra mí y me pusieron a guardar los viñedos Cantar de los Cantares 1:6  

¿Día de la raza? ¿Orgullo para celebrar? ¿Día de la hispanidad para mutilar el lenguaje y anestesiar nuestra conciencia posmoderna y pretenciosa? ¿De qué me hablan? ¿De qué carajos me hablan? Tomada de rotativo
¿Día de la raza? ¿Orgullo para celebrar? ¿Día de la hispanidad para mutilar el lenguaje y anestesiar nuestra conciencia posmoderna y pretenciosa? ¿De qué me hablan? ¿De qué carajos me hablan? Tomada de rotativo

                                No me mires con desprecio, si yo soy morena es porque el Sol me miró.

Porque los hijos de mi madre se enojaron contra mí y me pusieron a guardar los viñedos

Cantar de los Cantares 1:6

 

Desde niña lo tuve muy claro, las silabas de la felicidad son dos: tú sí.

Y las sílabas del infierno son también dos: tú no.

Mi primer “tú sí” —brevísimo poema— vino cuando gané en una fiesta infantil el derecho a concursar por una bicicleta saltando dentro de un costal que me raspaba las rodillas.

Tú sí salió de mi boca cuando le dije a Édgar, temblando de miedo hormonal, que lo aceptaba de “castigo” en el juego de verdad o reto que nos sacudía los huesos en aquellas fiestas adolescentes que nos quitaban el aliento. Ese “tú sí” nos concedió un minuto de paraíso, que realmente vivimos como infierno, encerrados en la recámara de la dueña de la casa para darnos unos besos inexpertos y babosos como los párvulos que éramos. Toda la escuela sabía que él y yo nos gustábamos.

Tú no, ese letal enunciado me lo ha dicho la vida muchas veces; algunas entiendo a la primera —las menos— y otras me doy contra la pared hasta que me rompo la cabeza (o el corazón) y termino por aceptarlo.

Édgar era de tez aceitunada y ojos ámbar, yo tan morena como soy. Y me ha venido a la memoria porque en la tragedia amorosa que nos montamos en aquellos años, él dividía su corazón entre el amor de otra chica y yo. Había corifeos apoyando un bando y el otro, supongo que a nadie sorprenderá que el argumento principal de la oposición era que yo les parecía muy morena, muy negra, muy pinche prieta (sic)

A los trece años tenía ya larga experiencia en recibir todo tipo de comentarios despectivos por el color de mi piel y no sólo en la escuela: en la casa, en la calle, con la familia y los amigos. Todo el mundo tuvo algo que decir al respecto. Siempre. Desde cariñosos “prietita” “chocolatito” hasta agresivos “pinche negra”, “pinche india prieta” y el rosario de etcéteras racistas que todos conocemos.

Como adolescencia y vulnerabilidad son sinónimos, mi sufrimiento entonces era mayúsculo pero, por fortuna, con el tiempo fui endureciendo esa piel morena y dejó de importarme la ordinaria opinión de quienes soltaban el inmamable “morenita pero bonita” del que estoy tan harta y que siempre me deja pensando que no se atreven a decirlo al revés: “bonita pero morenita”, eso pondría en su justo lugar al “pero” que les representa el color oscuro de mi piel y evidenciaría sin sutilezas sus prejuicios raciales.

Dos días atrás se conmemoró el día de la raza —otro dislate histórico que celebramos a lo puro pariente— y, oigan ustedes, qué cosa tan hilarante fue ponerme a leer las sesudas opiniones de quienes reducen la raza al pigmento de la epidermis. O sea, que la raza no es otra cosa que el color blanco, rosa, morado, negro, café, amarillo, con estrías o sin ellas, con vello o sin él, con lunares y sin ellos de la piel de las personas.

Una contempla los niveles de ignorancia milenarios, y se retuerce en la silla pensando que quizá seguimos bajo un régimen de castas, una quisiera ser optimista pero se da cuenta de que probablemente no hay nada que hacer contra la atávica necesidad simbólica —y retrógrada— de diferenciarse de la negra noche, de las comunidades esclavizadas que trabajan jornadas interminables bajo el rayo de un sol que les quema la piel hasta dejarla ennegrecida y brillante.

“Mejorar la raza” leí una y otra vez y no pude sino constatar que esos tuits y esos posteos en Facebook son el fiel reflejo del relato identitario que (con y sin medios digitales) hemos venido contándonos desde hace siglos. Porque mejorar la raza, al menos en México, significa buscar personas de piel más blanca para reproducirse, aunque sólo sea dos niveles más clara en el pantone de tonalidades variantes del café. Ay, mis hijos, dijera la Llorona. Chingao.

Tengo amigas que, con una ceguera rayana en la psicosis, alegan que lo sensato por hacer en esta vida es buscarse un europeo para mejorar la raza. Síndrome de Estocolmo y Síndrome de Malinche en uno. Digieran eso.

Y hay gente que amorosamente me llama “morenita” pero no dejan de filtrar cierta necesidad de confirmar que yo soy más oscura que ellos, y yo los miro y las miro de piel bronce y pelo castaño y me pregunto si tienen un espejo mágico que les devuelve destellos rubios cada mañana mientras se cepillan los dientes… Digo.

Ni qué decir de la discriminación laboral por el color de piel. En el mundo corporativo es un tema a pesar de que, en la empresa donde se paren, el 95% de las personas serán morenas y de pelo oscuro; nunca dejará de ser un valor agregado en el currículo tener la piel blanca y si el pelo es rubio ¡ya ganaste!

No se me olvida el comentario que me hizo una compañera en la empresa donde trabajé ocho años: estás muy morena para tener una gerencia en la industria de la moda. (Y miren que Jennifer Lopez, Zoe Saldaña y Salma Hayek han hecho lo suyo en posicionar la apariencia bronceada y latina. ¡Ja!)

Es más, y ya para tratar de terminar con lo interminable: en este mismo espacio, algún ofendido por las columnas insolentes que escribo, me dejó un airado comentario en el que decía que se notaba la pobreza de mi genética en mis rasgos indígenas. Me sorprendió por las profundas implicaciones que tiene; mi columna iba de otra cosa, del trasfondo de la infidelidad amorosa, creo, pero él decidió ejercer su superioridad epitelial para agredir no a la que escribe, sino a una comunidad entera.

Pues nada. Que esta es mi historia y estoy consciente de que es incluso frívolo lo que me ha tocado vivir. En este país hay genocidios movidos por el desprecio al origen, al color de la piel, a los rasgos indígenas; como el caso de los desaparecidos de Ayotzinapa y miles más que son considerados merma social porque a nadie le importan, porque sus muertes cuentan poco, porque son la pura raza, los jodidos. En este país y en otros de nuestra tan amada y tan odiosa América Latina la situación es la misma.

¿Día de la raza? ¿Orgullo para celebrar? ¿Día de la hispanidad para mutilar el lenguaje y anestesiar nuestra conciencia posmoderna y pretenciosa? ¿De qué me hablan? ¿De qué carajos me hablan?

 

@AlmaDeliaMC

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