¿El enemigo cercano es el más dañino o hay alguien aún más próximo y, por lo tanto, más mortífero? Foto: Oscar de la Borbolla

El enemigo, casi por definición, es quien está enfrentado a nosotros, no a nuestro lado, sino enfrente: afuera. Esta idea se acuñó en la época de los romanos cuando se pensaba “si no estas conmigo estás contra mí”. Sin embargo —y esta es la gran lección que nos lega Homero con el famoso Caballo de Troya—, no hay peor enemigo que quien se encuentra adentro, aquel a quien le abrimos los brazos para dejarlo entrar en nuestra intimidad, como los troyanos abrieron la muralla para meter el caballo. El enemigo cercano es más peligroso porque su proximidad le permite saber de nosotros; conocer dónde somos vulnerables y, justamente, por ahí atacarnos.

Con el enemigo externo no sabemos cuándo nos asestará el golpe, pero lo esperamos, es decir estamos prevenidos; con el enemigo cercano, en cambio, aquel que en apariencia está con nosotros, de nuestro lado: es amigo, no hay razones para sospechar y, en consecuencia, su traición siempre nos toma por sorpresa: de ahí su peligrosidad.

La pregunta interesante, sin embargo, es ¿el enemigo cercano es el más dañino o hay alguien aún más próximo y, por lo tanto, más mortífero? Por enemigo cercano entiendo a todos aquellos con quienes nos liga alguna clase de sentimiento: desde el amigo eventual hasta quien corona la cima de nuestro afecto, aquel que nos ama y al que amamos. Potencialmente son más peligrosos mientras más cercanos estén a nosotros. Pero reitero la pregunta que he denominado interesante: ¿habrá alguien más cercano a nosotros que nuestro ser más querido? La respuesta es sí: nosotros mismos. ¿Y podemos ser nuestros enemigos? Nuevamente la respuesta es sí. No voy a meterme en teorías psicoanalíticas que hablan del inconsciente que continuamente nos mete zancadillas, pues lo que tengo en mente es algo absolutamente consciente y que es lo que nos acarrea los peores perjuicios: nuestras certezas, el fanatismo con el que tomamos lo que consideramos verdadero, aquello que es evidente para nosotros y que todo parece corroborárnoslo: nuestras verdades más preciadas.

Si enemigo es aquel que quiere nuestro mal, quien conspira para dañarnos y busca destruirnos, revisemos las consecuencias de algunas de nuestras convicciones. Camus, alguna vez, llamó la atención sobre este asunto: “Una razón para vivir suele ser una espléndida razón para morir” (la cita está casi al comienzo de El mito de Sísifo). Nos matamos por aquello de lo que estamos convencidos. Pero no sólo el héroe que ofrece su vida por una causa o el artista que muere de hambre con tal de sacar adelante sus producciones o el atleta que revienta en la pista para alcanzar su meta mueren por aquello de lo que están convencidos, sino todos. Todos en la medida en la que hacemos nuestras vidas a imagen y semejanza de lo que tenemos como nuestra verdad. Podemos sufrir, abandonarnos en el abatimiento porque la idea de que las cosas son como las concebimos nos gobierna y nos impone esos actos.

Y aquí vale la pena recordar a Epicteto: “Al hombre no lo hacen sufrir las cosas, sino la idea que tiene de las cosas”; esta distinción resulta decisiva: lo que nos hace sufrir no son las cosas o los hechos, sino la apreciación, la idea, que nos hacemos de esas cosas y de esos hechos. La misma cosa no es valorada igual en todos los países ni en todas las épocas. Hace unos pocos años ni siquiera sospechábamos que en este primer tercio del siglo XXI la gente iba a sufrir o a sentirse feliz por la cantidad de likes que recibiera en una publicación virtual. Hoy entramos en manada tropezando con otra manada de personas para abordar un vagón de Metro y nadie se preocupa por su honor como en la antigüedad clásica cuando los amplios puentes no parecían suficientes para que cruzaran dos caballeros a la vez: es así como Edipo reta a muerte a un hombre, sin saber que se trata de su padre.

Nuestras ideas, las representaciones que nos formamos de las cosas o los hechos, son producto de factores culturales de época o, para decirlo de una forma liberadora, son modas (ya a nadie aqueja la moda decimonónica del spleen): hoy creemos que ser importantes es muy importante, que ser reconocidos, tener dinero, que alguien nos quiera son asuntos muy importantes… filtramos los hechos y las cosas a través de los lentes de moda y nos hieren o nos ponen contentos no las cosas mismas, no los hechos, sino su representación, las ideas que nosotros nos hacemos por aceptar el marco de valoración que está de moda. Suscribir esas modas es lo que nos convierte en nuestros propios enemigos, pues, sin pensar, adoptamos esos valores, esas apreciaciones de los hechos.

No tener amor, respeto, honor, dignidad son, en el fondo, apreciaciones que van y vienen en la historia y no sólo van y vienen en la historia, sino que también cambian a lo largo de nuestras vidas. Nuestras ideas nos convierten en nuestros enemigos, pues nos atan a la tristeza, a la culpa, al sentimiento de minusvalía; meras ideas volátiles que mudan en el tiempo, pero por suscribirlas rabiosamente pueden, en un momento determinado, orillarnos incluso al suicidio.

Habría que pensar, pensar una y otra vez, para percatarnos de que nada es lo que parece y que todo puede ser visto o apreciado de mil maneras distintas. Esta idea puede ser (sin duda lo es) otra moda, pero al menos tiene la ventaja de posibilitar una vida en la que uno mismo no es su peor enemigo.

Twitter @oscardelaborbol