Edward Hopper: a 130 años del natalicio del pintor de fachadas y su paso por el norte de México

22/07/2012 - 12:05 am

Hace 69 años, el desierto de Coahuila atrapó a uno de los grandes artistas plásticos del siglo XX. Edward Hopper, el célebre retratista de la soledad estadounidense, quedó fascinado con la luz de Saltillo, el perfil de sus fachadas y lo agreste de sus cerros. Volvió un par de veces más, para eternizar la ciudad con la melancolía de su pincel. Hoy, a 130 años de su natalicio, recordamos su indeleble paso por el norte de México.

Por Alejandro Pérez Cervantes

EL AMERICANO IMPASIBLE

Edward Hopper visitó Saltillo. Y no sólo eso.
Fascinado por su luz, el perfil agreste de sus cerros y las fachadas de nuestra ciudad, volvió de nuevo para eternizarla en la melancolía de su pincel.

Alguien mira a través de la ventana de un hotel y contempla los cerros al Oriente. El tráfico fluye lento sobre la calle Victoria. Es Saltillo, 1946. La fachada lateral de una casa vecina lo atrapa. Una construcción extraña que una vez más se vuelve el pretexto para hablar del adentro y el afuera en la pintura.
Se trata del pintor del espacio. El que hablaba de lo inmaterial a través de lo concreto: el viento entre las cortinas, habitaciones vacías. Edificios raros.
El que eternizó la extrañeza y la soledad de las ciudades.
Quien se refirió por primera vez a la presencia del enigmático pintor en la capital coahuilense a mediados del siglo pasado, fue la crítica Carla Rippey.
Así empezó la búsqueda en pos de la huella del primer artista americano en contraponer el regionalismo sentimentalista de los años treinta al realismo de calles vacías, casas solitarias, ciudades anónimas, gasolineras abandonadas. De los perfiles velados por la melancolía y el clima, de la también llamada american scene, un naturalismo frío e impersonal.
¿Qué encontró aquel pintor neoyorquino en esta ciudad en medio del desierto?

VERANO DEL 43

El extranjero siente fascinación por las azoteas. Un hombre que contadas veces ha salido de su país, con breves estancias en España, coloca un caballete. Maldice a la lluvia que amenaza interrumpirlo. Se trata de Edward Hopper en la azotea de un hotel de Saltillo, Coahuila.
Es el verano del 43, y el pintor de la melancolía urbana, el ubicuo crítico del american dream se solaza en el aire misterioso de esta ciudad al norte de México y demasiado al sur del sueño.
Y fue precisamente ahí, desde la azotea misma de la Casa de la Familia Guajardo, que el autor pintó algunas acuarelas, donde por medio del uso de transparencias y esfumados capturó la cualidad irreal de la luz del desierto.
Hopper mostró la América de la gran depresión, y, después, la del triunfo del capitalismo, pintando, inconscientemente, al hombre sin atributos, el ciudadano sin sueños, el ser humano sin horizontes, como el tedio infinito de los trasnochadores en Nighthawks, ensimismados en su propia soledad. Hopper quería pintarse a sí mismo, pero habló sin pretenderlo de la putrefacción del primer mundo, de la fragilidad del sueño americano encerrado en un frío restaurante o en una sórdida habitación de hotel.

CINEMA SOLEDAD

En un hecho inusitado en su trayectoria, un hombre reservado, que viajaba poco, visitó Saltillo regresando de un viaje hacia México. La ciudad lo atrapó.
Según la estudiosa americana Gail Levin, en su libro Hopper Places, el racionamiento de gasolina a causa de la guerra obligó al pintor a hacer su viaje en tren hacia la Capital, pasando algunos días entre Saltillo y Monterrey, cuya Catedral también pintó. Desde la azotea de Casa Guajardo en Saltillo (Aproximadamente donde se encuentran en la actualidad las oficinas de Sepomex en la Calle Victoria) realizó tres acuarelas: Sierra Madre at Saltillo (colección privada), Palms at Saltillo (Colección Bernstein), y Saltillo Mansion (Museo Metropolitano de Arte).
Hopper como artista no fue nunca un revolucionario; ni en su técnica pictórica, ni en su lenguaje artístico. Fue más bien un conservador, incluso un reaccionario; el concepto aplicado a su pintura, american scene painting, refleja a la perfección su mundo: un universo en el que no tenían cabida las rupturas de la abstracción y las inquietudes vanguardistas de la pintura europea. Sin embargo, aunque él mismo no lo supiese, lo que pintaba era un mundo sin salida, donde sus habitantes estaban atrapados. Todos sus cuadros parecen encerrarse en una impotencia tranquila, resignada, que fluye desde el rostro de las figuras solitarias o se disemina por las escenas urbanas.
En 1946 regresó una vez más a Saltillo. Se hospedó en el Hotel Arizpe Sáinz, sobre la calle de Victoria, donde incluso se le habilitó una habitación en la azotea, como lo atestigua una carta fechada el 7 de junio de aquel año, resguardada actualmente en el Instituto Smithsoniano; Jo Hopper, su esposa, notifica a su amiga Catherine Campbell: “…Llegamos aquí porque no tenemos gas para irnos… Han sido tres semanas en el Arizpe haciendo 3 acuarelas. Estoy contenta del cambio…”
Siendo uno de los pintores realistas más reconocidos a nivel mundial, y el gran artista americano del siglo XX, dio a sus escenas urbanas un tratamiento cinematográfico y explotó los contrastes de luz para aumentar el dramatismo de las escenas de desolación citadina, el neoyorquino tuvo otro vínculo mágico con esta ciudad: El Cine Palacio.
Ubicado en la esquina de las calles de Victoria y Acuña, que en una segunda visita Hopper pintó desde la azotea misma del Hotel Arizpe Sáinz. “El Palacio”, (1946) permanece ahora en las galerías del Museo Whitney de Arte Americano. Por otra parte, el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York resguarda las acuarelas “Saltillo Rooftops”(1943), así como Saltillo Mansion y Church of San Esteban.
Según testimonios de antiguos empleados del Cine Palacio y anfitriones de sus breves estancias, Hopper estableció una relación de amor odio con esta capital norteña. El ilustrador Federico Jordán, admirador irredento, afirma que “Le gustaba su arquitectura, pero no su clima y ciertos aspectos del carácter de su gente”. Temperamental, el artista y su esposa Jo abandonaron desilusionados Saltillo en otoño de 1946. Sin embargo, en 1951 regresó por tercera vez , aunque aparentemente no produjo obra. La verdad no se sabe.
En 1983, exactamente 40 años después de la primera visita del pintor, la biógrafa Gail Levin aventuró sus pasos hasta Saltillo para comprobar sorprendida que muchas de las escenas reproducidas apenas o casi nada habían cambiado a lo largo de las décadas, sobre todo la fachada de el Cine Palacio, que aún hasta nuestros días persiste en la proyección de sueños de celuloide, conservando su diseño original, stream line o barroco tardío, según el juicio del historiador en arquitectura Juan José Esparza.
La revaloración de la obra de Hopper comenzó a crecer verdaderamente a partir de su muerte en 1967, cuando empezó a ser reconocido como uno de los grandes maestros de su época y no sólo como un ejemplo de la pintura realista americana. Hasta ese momento, el apogeo del arte abstracto había nublado su genialidad.
Hay quien afirma que hubo más obra; varias versiones de El Cine Palacio y hasta una acuarela de la Catedral. Y los trabajos perdidos de su última visita en 1951.
Hoy se sabe que el azar, el racionamiento de gasolina a causa de la Gran Guerra y la luz del desierto se conjugaron para atrapar brevemente al más grande artista americano del siglo XX para pasearse y retratar con su visión plena de extrañeza y melancolía la tesitura irreal del corazón de Saltillo.

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Alejandro Pérez Cervantes
Es periodista y Narrador. Maestro en Diseño Gráfico Por La Universidad de Monterrey. Desde 1993 ha escrito para medios nacionales como Día Siete, Tierra Adentro, Casa del Tiempo de la UAM, Punto de Partida de la UNAM, El Universal, Los perros del alba, La Jornada Aguascalientes y Replicante. Con “Murania” obtuvo el Premio Nacional de Cuento Julio Torri en su edición 2006. Ha sido reconocido con el Premio Estatal de Periodismo en tres ocasiones. En 2008 y 2010 fue becario del Fondo Estatal Para La Cultura y las Artes de Coahuila en el área de Literatura. Actualmente, se desempeña Como Maestro Investigador en el área de Diseño, en la Escuela de Artes Plásticas “Rubén Herrera” de la UADEC, cuyo fondo editorial publicó en 2011 una recopilación de sus textos periodísticos titulada “El Muro y La Grieta”.

Redacción/SinEmbargo

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