Por Britta Gürke
Londres (dpa) - "Vivo atrapado en una pesadilla. Necesito a alguien para todo", dijo el británico Tony Nicklinson. Para él, esa vida era "una tortura", a veces quería gritar de frustración, pero al final sólo le salían las lágrimas. A sus 58 años, sufría una parálisis completa de cuello para abajo -que en inglés se conoce como síndrome "locked-in"- y luchó hasta el final por su derecho a la eutanasia. La semana pasada, un tribunal se lo denegó, y su mirada incrédula al escuchar la sentencia conmovió a todo el país.
El miércoles pasado, Nicklinson murió de forma natural, pero el debate sobre el suicidio asistido no está ni mucho menos cerrado.
En Reino Unido, como en otros muchos países, el derecho a morir con la ayuda de terceros no está totalmente clarificado. El enfermo puede rechazar seguir recibiendo tratamiento, aunque eso signifique su muerte, pero pero para los médicos es "normalmente ilegal" (como reza en las declaraciones oficiales para los pacientes), suministrar un tratamiento que conduzca a la muerte o la acelere.
El año pasado hubo algunos casos excepcionales, pero el de Nicklinson llegó demasiado lejos para los tribunales. Debido a su parálisis, el enfermo no podía administrarse por sí sólo el veneno necesario para morir. Tendrían que haberlo hecho un médico o un familiar, y de esa manera podrían haber sido acusados de homicidio.
"La decisión de permitir esas condiciones tendría consecuencias mucho más allá de este caso particular", explicó el juez sobre su sentencia. Es el Parlamento quien debe decidir si hay que cambiar la legislación sobre la eutanasia y cuándo. Las organizaciones contrarias al derecho a morir y el sindicato de médicos (BMA) celebraron la decisión judicial. Que los médicos puedan terminar legalmente con la vida de sus pacientes no sería "lo que más interesa a la sociedad", señaló el BMA.
Sin embargo, quienes apoyaron a Nicklinson y defienden la eutanasia anunciaron ya el miércoles que continuarán con la lucha del fallecido. Pese al debate generado en los últimos años, el Parlamento británico parece claramente decidido a no tocar el tema para resolver la cuestión, sostiene la profesora de Derecho Penney Lewis, experta en deontología y legislación médica en el King's College de Londres.
"Uno de los motivos es la seguridad, ya que es un tema muy controvertido. Si uno es un diputado en la Cámara Baja, debe pensar en las próximas elecciones, y tomar postura sobre un tema tan polémico podría costar algunos votos", sostiene.
A Nicklinson la sentencia le partió el corazón, su espíritu luchador se esfumó, contó su esposa. El parapléjico británico tenía un miedo terrible al futuro, pues los médicos habían pronosticado que podría vivir aún otros 20 años o más. Al final, una pulmonía le trajo el ansiado final, aparte de que en los últimos días había rechazado la comida.
"Sencillamente, no puede ser que en el Reino Unido del siglo XXI se me niegue el derecho a quitarme la vida, sólo porque estoy físicamente impedido", dijo Nicklinson durante una extensa declaración sobre el proceso en junio. Podía comunicarse gracias a una pizarra electrónica.
"Todos somos personas, y cada persona se merece una solución individual para sus propias circunstancias", afirmó. Una solución para todos de más y mejor tratamiento, defendida por los contrarios a la eutanasia, no es una respuesta, claramente. Necesitamos la posibilidad de poder recibir asistencia para morir."







