Ciudad de México, 29 de mayo (SinEmbargo).- Ódiame más. Valiente y provocador slogan que sacó nike para definir al América. En unos años, la mercadotecnia hizo su trabajo y los aficionados sacaron el pecho luciendo arrogantes sus colores. Una arrogancia permitida por la cartera abierta de su equipo que juega en un coloso estadio mundialista que ha visto lo mejor del futbol mundial.
América es tan odiado como querido en un punto extremo de la consciencia. Es difícil comprender el aura que rodea a este equipo. Hecho millonario por una televisora, fue en la cancha donde la grandeza del futbol lo arropó con la fidelidad de una amante encaprichada. Los Azulcremas evolucionaron a Águilas en busca de altos vuelos.
Tan laureado como abucheado, los constantes vaivenes del futbol mexicano estuvieron vestidos de amarillo y azul. Era constante y deprimente ver como grandes jugadores se convertían en actores secundarios cuando fichaban por el equipo de Coapa. “Les queda grande la playera”, te decían los aficionados empedernidos en no aceptar ninguna culpa.
Para ser hay que parecer, dice el viejo dicho del argot futbolero. América es grande por sus campeonatos y por lo que arrastra. Pero se vuelve gigante cuando su gente se entrega a noventa minutos de fervor pasional mientras su equipo está en la cancha. La arrogancia hecha futbol supo pasar malos ratos mientras empleados de televisora se hacían presidentes del club y tomaban decisiones de campo.
Son la antítesis de lo correcto, de lo educado y de la caballerosidad. Los americanistas se la creen. Saben todo lo que el odio genera y no pierden oportunidad de restregar cualquier victoria. Es complicado saber si son los más ruidosos, los más fieles o los más conocedores, pero se la creen. En el campo, jugadores fueron y vinieron sin comprender lo que para un puñado de pueblo mexicano significan esos colores.
Estancado en diez estrellas, las Águilas contrataron a un tipo bajito que sabe vestir bien y que tiene la lengua larga. Miguel Herrera encajó perfecto con la filosofía americanista y con tono de desdén utilizó el micrófono de conferencias de prensa para criticar rivales, entrenadores y árbitros. El Piojo se sabía técnico del América y explotó la arrogancia permitida.
Tras dos sendos fracasos en semifinales, el América del Piojo volvió a llegar. Con mejores argumentos establecidos tomó vuelo y con los goles de Chucho llegó a la final del futbol mexicano frente a uno de sus clásicos rivales con la misma altura de grandeza. En ese momento, toda estrategia futbolística importó poco y la final tomó tintes simbólicos que nadie sabe explicar.
Cruz Azul llegó al Azteca en medio de una fuerte lluvia con más de 15 años sin ganar la liga mexicana pero con una ventaja mínima del partido de ida. Cuando Teófilo Gutiérrez anotó el 2-0 global, la Máquina Celeste entró a un terreno desconocido. Incapaces de aumentar el marcador, con un hombre de más, los seguidores de Cruz Azul terminaron coleccionado nuevas imágenes trágicas para el álbum maldito de fracasos rotundos. Los de la Noria han dejado de ser un equipo de futbol y se han convertido en una tragedia digna de escribirse.
Mientras el tiempo avanzaba, el mejor script que ha dado el futbol mexicano en los últimos años se iba formando. Nunca hubo tanta vibración en el Azteca desde la mano de dios de Diego Armando Maradona. El siempre fino de trajes caros y pelo sedoso, Miguel Herrera, desfiguró su rostro víctima de la pasión mientras el cabello embarrado en su frente le hacía un caótico juego al traje arruinado. Moisés Muñoz subió a rematar un tiro de esquina y cuando conectó la pelota se acordó del accidente automovilístico que sufrió, cuando entró la pelota la vida le pagó. El penal decisivo le tocó a Layun, un tipo criticado por sus limitaciones ofensivas. Miguel Layún anotó, le dio su onceava estrella y entró en la letras de oro del América.
La noche del 26 de mayo de 2013 quedará en la historia como una escena digna de lo inexplicable. Los americanistas aprovecharán para ser más arrogantes y agradecerán el halago de que todos los demás los aborrezcan más. La válvula de escape de muchos mexicanos estalló como nunca antes. Mientras algunos ven al futbol como distracción social, o como un fenómeno de gente inculta, el Estadio Azteca, casa del futbol mexicano, transformó por una noche ese absurdo deporte donde se patea una pelota en literatura. América es campeón de México, con el odio de muchos y el amor de otros que siempre se la creyeron.





