Cuando el genio de los músicos se convierte en mal genio y en pesadilla para los que están cerca

06/10/2013 - 12:30 am

Al Di Meola en Uruguay (Foto: EFE)
Al Di Meola en Uruguay. Foto: EFE

Ciudad de México, 8 octubre (SinEmbargo).- La noticia esta semana de lo mal que se portó el célebre guitarrista de jazz Al Di Meola en Montevideo, Uruguay, reveló el mal genio y el despotismo de un músico a menudo considerado genial.

El guitarrista de Nueva Jersey, de 59 años, afrontó serios problemas técnicos al tratar de iniciar su concierto dedicado a Los Beatles en un teatro de la capital uruguaya y no tuvo mejor idea que comenzar a proferir insultos a los técnicos que intentaron arreglar el desperfecto.

“Se entiende que esto pase en Bolivia, pero no en Montevideo”, dijo Di Meola citado por el periódico uruguayo El País, intentando ser chistoso y sonando discriminador y ofensivo.

Se supo luego que el guitarrista no se presentó a la prueba de sonido para la que estaba citado antes del concierto, algo que sí hizo la banda telonera, Gabriel Estrada Quinteto, y que no tuvo ningún problema durante su performance.

La historia de la música tiene muchos episodios relacionados con el mal genio de artistas que haciendo gala de un divismo desmesurado hacen la vida de a cuadritos de quienes tienen la mala suerte de estar cerca cuando la tormenta estalla.

“Keith Jarrett: el genio y el mal genio” fue el título que eligió el crítico Ricardo Salton, del periódico argentino Ámbito Financiero, para describir la actuación del famoso pianista estadounidense en dicho país sudamericano.

Fue en 2011, cuando Jarrett se presentó en el Teatro Colón e hizo gala, además de cómo es esperable de su gran destreza pianística, del mal genio antológico que también lo define.

Keith Jarrett en Teatro Colón (Foto: EFE)
Keith Jarrett en Teatro Colón. Foto: EFE

“Si alguien todavía creía que el artista se debe a su público, Keith Jarrett se encargó anteanoche de destrozar ese pensamiento. Lo hizo a su manera, claro está, con una altísima carga de talento, que era lo que se esperaba de él, uno de los mejores pianistas de todos los tiempos, pero también con una inquietante dosis de mal humor y de desconsideración hacia la mayoría del público, que llenó como pocas veces el Teatro Colón, pagó entradas a un precio excesivo y lo ovacionó de pie, sin que le importaran las incomodidades que provocó este genio de mal carácter”, escribió el crítico Ricardo Carpena en La Nación.

Alterado por un espectador que no tuvo empacho en sacarle una foto con el teléfono celular a pesar de los reiterados anuncios que prohibían semejante desubicación, Jarrett ofreció una primera parte del concierto en estado de ira profundo, donde se quejó de todas las maneras posibles de lo que él consideraba un piano mal afinado.

LA TRAGEDIA DE LOS PROMOTORES

Siempre vistos como los mercaderes impiadosos de un negocio donde los músicos hacen todo por mostrarse como los buenos de la historia, los promotores también pagan con creces su cuota de dolor cuando les toca enfrentar a divos insoportables que piden las joyas de la corona y la corona también.

Y no hay que pensar que estos gestos de excentricidades que acuñaron el cliché del divismo musical se dan sólo en estrellas de la talla de la soprano Maria Callas o la Reina del Pop Madonna.

También músicos de quienes podría esperarse mayor sensibilidad por el tipo de arte que expresan y por las altas cotas de exquisitez autoral o interpretativa a la que han llegado, suelen dejar patitieso a su interlocutor de turno cuando se mandan con alguna extravagancia tendiente a dejar claro quién es el que manda.

A menudo esa imagen de déspota y de quien mira por encima del hombro a los seres humanos que no tienen su don y prestigio, queda entre bambalinas y no se traspasa al público.

Tal el caso del músico brasileño Egberto Gismonti, uno de los grandes compositores e intérpretes de aquel país y de hecho uno de los artistas más importantes del mundo del jazz, donde su destreza pianística y guitarrística, sumado a un talento inigualable como creador de piezas fundamentales para la música contemporánea, lo han convertido en un artista de gran prestigio, admirado.

Sin embargo, en el trato con los promotores y con la prensa, el autor de Dança Das Cabeças suele ser impiadoso, al punto de hacer esperar más de tres horas a una periodista con la que tenía pactada una entrevista para luego decidir que ya no tenía tiempo de cumplir con el compromiso.

También en el mundo del jazz fue proverbial el mal carácter del gran trompetista Miles Davis, lo que no le quita un ápice a su valor como uno de los músicos más geniales en la historia contemporánea.

Era conocido por tocar de espaldas al público, tenía actitudes racistas y a menudo le negaba reconocimiento a sus colegas sólo por ser blancos. Aficionado al boxeo, llegó a golpear en pleno concierto al baterista Max Roach, quien se encontraba perdido a causa de las drogas y el que luego del golpe siguió tocando como si nada.

El brasileño es dulce, pero también amargo (Foto: Especial)
El brasileño es dulce, pero también amargo. Foto: Especial

Miles tocaba la trompeta como un dios e insultaba a troche y moche, como un demonio. A menudo echaba la culpa a su mal genio a la falta de cocaína, una excusa que no lo disculpa y que a ninguno de los músicos que tocaron con él hará decir que era un buen tipo.

El actual ministro de Senegal y conocido artista de la world music, Yossou N'Dour, es la pesadilla de los promotores que lo contratan con los que no se comunica directamente, sino por intermedio de un vocero que habla en su nombre, puesto que la nobleza de su raza le impide tener trato directo con los comunes mortales.

El contrabajista Charlie Haden es capaz de cambiar tres veces o cuatro de hoteles, hasta que encuentra uno de su gusto, sobre todo cuando entra en la cocina y observa el trabajo de los chefs. Una vez que halla uno que lo convenza, se queda más o menos calmado.

El brasileño Djavan llega tarde o no llega a las pruebas de sonido y su divismo se contradice con las canciones sentimentales y dulces que compone e interpreta, pero lo cierto es que el mal carácter de los músicos y sus desplantes son moneda corriente, una situación mucho más común de lo que se piensa.

Egberto Gismonti, un tipo difícil (Foto: EFE)
Egberto Gismonti, un tipo difícil. Foto: EFE

En 2011, la Rolling Stones de España dedicó un reportaje a “los buenos músicos pero malas personas” del rock. En la lista no faltaron desde el “autoritario y dictador” Johnny Ramone, el “perverso” Vincen Neill, cantante de Mötley Crüe (de quien se cuenta una asquerosa anécdota con una chica a la que la banda le introdujo, con su consentimiento, un teléfono en la vagina), hasta el intimidante Lou Reed, quien llegó a dormirse en una conferencia de prensa en Barcelona.

Al lado de estas finísimas personas, el malhumorado Di Meola queda casi como un ángel, pero no exageremos, mejor escuchemos la música de nuestros artistas favoritos y no queramos indagar el lado oscuro de sus atrabiliarias personalidades.

Mónica Maristain

Mónica Maristain

Es editora, periodista y escritora. Nació en Argentina y desde el 2000 reside en México. Ha escrito para distintos medios nacionales e internacionales, entre ellos la revista Playboy, de la que fue editora en jefe para Latinoamérica. Actualmente es editora de Cultura y Espectáculos en SinEmbargo.mx. Tiene 12 libros publicados.

Lo dice el reportero